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Artículos etiquetados con: Libros

Más lejos que nunca

Por: Pedro Sorela Miércoles 09 Mayo 2012. En Blog

jG-R. "Guggenheim". 
"Cada día descubro una nueva red
o una nueva forma de editar una foto o un dibujo"

Cuando comencé a escribir en el mejor regalo que me han hecho nunca -esta página-, y hablé de la extrema sensación de libertad que me producía, no imaginé que, un año después, esa sensación se iba a multiplicar.

   Aunque ahora no me estoy refiriendo sólo a esta página, con todas sus posibilidades, a las que no veo todavía los límites, sino a ese mundo invisible que de pronto ha ocupado nuestras vidas para traernos, aquí y ahora, el futuro. Y digo de pronto porque no hace un lustro yo todavía miraba por la esquina del ojo las pantallas, pese a nadar con soltura en ellas tras mis veinte años en el periodismo -yo soy de la generación de jinetes que cambió de máquina de escribir a ordenador en mitad de la carrera-, y repetía el conocido mantra de que no hay nada como el olor de un libro. Cierto: el olor de un (buen) libro es magnífico -¡y su tacto!-... pero el suave resplandor de una (buena) pantalla también. ¡Y lo lejos que nos puede llevar! Ahí es nada, más lejos que nunca...

   Un año después me atrevo a afirmar lo que en el fondo intuí siempre: este mundo invisible no supone ni supondrá el final de la literatura. ¿Acaso podría? La literatura, la narración, es una de las manifestaciones del tiempo, uno de sus sinónimos e incluso una de sus posibles demostraciones, y no hay nada que pueda con el tiempo. Nada: ni las pantallas, ni Internet. Así nos enteraremos de que se ha acabado todo: No cuando se acabe el azul del cielo, ni el amor, ni el agua, ni las patrias y la industria de las banderas, ni nuestras ideas de Dios. Será cuando se acabe el tiempo.

   Lo que sí puede suceder es que cambie nuestra manera de contar, de leer y de escribir, y de hecho yo comienzo a notar esos cambios. Pero de momento sin miedo y sí con mucho disfrute, como la primera vez que volé en un Ala Delta.

   En primer lugar, me cuesta quedarme en un solo sitio y tiendo a irme a lugares que no conozco. Bien es cierto que eso podría tener que ver con la tendencia al viaje, una suerte de segunda naturaleza pues viaje es sinónimo de curiosidad, de búsqueda, y esta es también un rasgo definitorio de nuestra especie, indestructible mientras duremos. Puede tener también que ver con la facilidad de viajar por la pantalla, algo tan casual y valsístico que lo llamamos navegar: un nombre prestigioso, acaso bastante exacto, que tiene que ver con el hecho indiscutible de que los nuevos medios están más relacionados que nunca con cierto ritmo. Y se podría escribir la historia de la cultura a partir de cómo se ha relacionado con este. Lo que siempre tuvo éxito -no éxito de ventas sino el que importa- fue lo que acertó con el sonido, la cadencia de la época, y Saint-Exupéry consideraba más grave una falta de ritmo que una falta de francés.

   Y por último, puede ser que, de una forma inconsciente o no tan inconsciente nos libremos al extraordinario placer de los nuevos medios, que estamos inventando entre todos. Eso es lo que me ha ocurrido a mí y me ocurre: no pasan demasiados días sin que descubra un nuevo recurso, una nueva red, una nueva forma de editar una foto o un dibujo... o una forma de llegar lejos. Muy lejos. Lo más lejos posible.

     Eso es lo que me tiene más impresionado. Hasta el momento yo había sido un escritor de los de antes, esto es como todos. Quiero decir que, llegada la publicación de un libro, pactaba con mi editor los derechos según áreas geográficas o idiomas, y luego hacía fuerza para que llevasen doscientos o trescientos ejemplares a esta o aquella feria o a ese país con cincuenta o cien millones de personas.

   Y todo eso, descubro ahora con la publicación de El sol como disfraz, se ha terminado. Ahora, descubro ciertamente deslumbrado, mi libro ha estado accesible para mis amigos de Taiwán, Jordania, México, Francia o Colombia desde el mismo instante en que entraban los primeros volúmenes en las principales librerías de Madrid o de Córdoba. Puede que los universitarios de hoy miren un hecho semejante con tanta naturalidad como que la luz se encienda o que la fiebre baje con una aspirina. Para quien nació en el siglo XX, es algo tan deslumbrante o más que para los que vieron por primera vez un avión surcar el cielo, no hace tanto: yo escuché a mi abuela contarlo, divertida con nuestro asombro por el relato del suyo.

     El avión fue profetizado por Julio Verne y otros, al igual que la conquista de la luna o el fondo del mar. Que yo recuerde, la simultaneidad de lectura en el mundo, no. Y en estos tiempos en que asistimos al final de ciertos capítulos industriales de la cultura escrita -que no de la escritura ni de las ideas, por supuesto, como parecería por ciertas discusiones de la  industria- sí sería conveniente que lo sepan los jóvenes a quienes agobiamos todos los días con los signos del Apocalipsis que leemos en los posos del café, la subida imparable de la banalidad televisiva y el cierre de algunas librerías.

   Tal vez ese futuro no sea tan oscuro, después de todo. Tal vez estemos, por el contrario, tan sólo en el comienzo de unas posibilidades a las que de momento cuesta ver el fin. La prueba es que este texto se podrá leer -en todo el mundo, que se dice pronto- en el mismo instante en que quien lo escribe ponga un punto y le de a una tecla.

     Para comprobar en un contador, y eso es lo más impresionante, que siempre hay en Taiwán o en Melbourne alguien que te está leyendo.

Felicidad y libros

Por: Pedro Sorela Miércoles 04 Septiembre 2002. En Literatura, Artículos

Dibujo: p.S.

Quizá la más alta medalla que yo haya recibido nunca, y en todo caso una de las más profundas satisfacciones, fue la vez en que un antiguo estudiante se detuvo a saludarme en un camino del campus de mi universidad. El hecho no tendría nada de extraordinario de no ser porque ese estudiante había sido un tímido en una época más bien caradura. Vestía siempre de negro, caminaba mirando hacia abajo y pertenecía a lo que yo llamaba el ala cinematográfico-leninista de la clase, aquella conformada por los estudiantes que sólo parecían vivir por y para el cine, y desde la que de vez en cuando se desgajaba alguno, encendido de entusiasmo -nunca él-, y con voz de conjurado me recomendaba una oscura película de madrugada que en algún cine heroico y sin palomitas luchaba contra la marea, el maremoto de las películas de plástico.

- Quisiera agradecerle los libros que usted nos hizo leer -me dijo mi estudiante-. Yo no sabía que se podía leer así. Desde entonces me he convertido en un adicto. Quería que lo supiera.

   No tuve apenas tiempo de darle las gracias y precisar mejor porque, hundiendo de nuevo la mirada entre sus hombros negros, que siempre parecían encogidos por el frío o por la timidez, el estudiante siguió su camino y desapareció. Y porque la vanidad me pierde, como a todo el mundo, y mi estupidez me conduce a valorar primero lo que brilla, sólo con el tiempo me fui dando cuenta del extraordinario valor que, más allá de los rubores de mi ego, encerraban sus sencillos elogios.

Los libros como inyección

Por: Pedro Sorela Jueves 16 Agosto 2001. En Literatura, Artículos

Como las marcas que hacía mi madre en la puerta del cuarto de baño para ver cuánto habíamos crecido, una de las señales con las que voy comprobando el paso del tiempo es la selección de lecturas anuales para mis alumnos en la universidad de Madrid. Uno creería que, una vez elegidos los libros, ahí se quedarían para siempre, como los clásicos inexcusables de las bibliotecas de nuestros abuelos: Robinson CrusoeLos tres mosqueterosMiguel Strogoff,Guerra y paz. Pero no. La lista evoluciona y por causas diversas: porque algún libro se queda viejo (rara vez), porque deseo compartir con urgencia un nuevo hallazgo (desde hace unos años me ocurre con Primo Levi, por ejemplo) y porque, simplemente, algún libro ha ido a parar a una especie de Purgatorio al que mis alumnos ya no pueden seguirle. Se lo crean o no, eso es lo que ha pasado con Cortázar. ¿Se ha quedado viejo? ¿Lo ha jubilado un discípulo? No. Para decirlo con claridad, lo que ocurre es que no pocos alumnos ¡no lo entienden! (Otros no, claro: para otros Cortázar —de quien he oído que en realidad era un extraterrestre— sigue siendo el terremoto bueno de siempre).

Creí haber oído mal cuando algunos alumnos se quejaron de Borges, por hermético. ¿Borges? ¿difícil? Pues yo no escogería a otro escritor para explicar lo que es la claridad. Luego he ido comprendiendo que la dificultad no está tanto en la prosa como en el sistema de referencias que lleva consigo todo escritor. Y Borges, como es sabido, aunque es la antítesis misma de lo pedante, viene a ser como el último destilado de la Biblioteca de Alejandría.

Y eso es lo que ocurre. Mi lista de libros evoluciona porque mis alumnos van perdiendo la capacidad de comprenderlos. ¿Son tontos, quizá? En modo alguno: por el contrario, como casi siempre ocurre con los jóvenes, son listos y aprenden rápido, y ese es uno de los grandes placeres de ser profesor (el otro es que a la mayor parte aún no se le ha retorcido el colmillo). Pero son infinitamente ignorantes. O mejor, víctimas.

  • Pedro Sorela

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