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Artículos etiquetados con: Librerías

Espejismos en un mundo no tan globalizado

Miércoles 06 Julio 2016. En Blog, Lecturas

   Michael Hunicwicz
   Librería Lello, Oporto.

Uno de los mayores espejismos de nuestro tiempo es el de que vivimos en un mundo globalizado. Habría que especificar en qué porque en el campo cultural es más que dudoso: nunca como ahora en mi vida había sido tan difícil conseguir ciertos libros en ediciones de papel, o ver ciertas películas y escuchar determinadas músicas de una forma legal, sin recurrir al robo más que tolerado a través de Internet.

     Es muy fácil hacer la prueba y los resultados son alarmantes. En mi caso los ejemplos más recientes son la búsqueda de ciertos libros de Virginia Woolf o Dostoievski -o sea, dos maestros de referencia permanente-, con el resultado de encontrar tan solo, y en varias ediciones, Una habitación propia, el libro de teoría feminista de Woolf, y ninguna de sus novelas maestras, y no poder encontrar Demonios, el libro de Dostoievski que al parecer supone un estudio insuperado sobre el terrorismo, y que vengo persiguiendo desde que en Inglaterra vi cómo una cuarta traducción, hace algunos años, se convertía en un acontecimiento cultural. Pero varias librerías de fondo madrileñas no consideran que sea necesario mantener en oferta el libro de nuevo traducido y publicado por Alba, una editorial nada insignificante especializada en clásicos, hace muy poco tiempo. El empleado de una de ellas, que no menciono no vaya a ser que tenga problemas con su contrato temporal, me explicó que seguramente habían tenido los dos ejemplares de rigor en el momento de la publicación, y que una vez vendidos había que pedirlos cada vez, con el engorro insuperable de tener que volver a esa librería, al otro extremo de mi ciudad. Ese era el precio de no tener una distribuidora que pagase por el privilegio de estar en exhibición permanente. La librería en cuestión fue en su día el lugar para encontrar un libro.

     Pero es que lo mismo pasa con el cine. Exceptuados los heroicos esfuerzos de la Filmoteca, pese a pintorescos ciclos como el de las películas premiadas con Goya de los últimos años, del Cìrculo de Bellas Artes y alguna otra pantalla, a menudo subvencionadas por las agregadurías culturales de embajadas, ¿donde se puede ver buen cine y sobre todo si es histórico? Quiero decir, cine italiano neorrealista, mexicano de la edad de oro, ruso, los maestros japoneses, alemán expresionista... incluso norteamericano de la gran época, y eso que está rebozado en parte de oscares, que al parecer es el único criterio. A diferencia de otras épocas, la 2 se centra casi exclusivamente en cine contemporáneo, otras cadenas de cinemateca no terminan de serlo del todo y es mejor no visitar las tiendas de video que todavía quedan, si es que queda alguna. Mi mejor suministrador es ¡un quiosco de prensa! más o menos especializado en el que a veces se encuentran cosas, con precios altos. Ni siquiera sé si es posible bajar esas películas a través de los robos tolerados de Internet. Lo dudo... por falta de clics y de megustas.

      Y para qué hablar de música, como no sea refugiándose en los nostálgicos mercadillos del vinilo, y eso solo para escuchar una y otra vez las grabaciones históricas, como sucede con la música clásica pero también con el jazz.

     Ni que decir tiene que esto no ocurre solo en Madrid. Piénsese tan solo en lo que eran las librerías de Londres hace medio siglo, y cómo han sido sustituidas en masa por los clones de tres o cuatro franquicias.

     Era algo que ya sucedía habitualmente con los libros que estudio y hago leer en la universidad. Son muy, muy pocos los que se consiguen en las librerías y la mayor parte de ellos viven en las bibliotecas, y eso que muchos de ellos son clásicos, y en algún caso ni eso y he tenido que dejar de pedirlos a mis estudiantes pues no los encontraban ni allí: es el caso de Martin Luis Guzmán, Alfonso Reyes, Simon Shama en su faceta de novelista, Roberto Walsh y hasta el Saint-Exupéry más interesante (¡!). Y no es raro que ya me ocurra con libros de lectura que debiera ser fácil y accesible. Igual que hace muchos años, me he encontrado comentando a una amiga que tendría que pedir por correo la mejor edición de Madame Bovary, pues el ejemplar de mi biblioteca, de una colección de bolsillo, ya está acartonado y amarillento (y ese sería otro tema), y en todo Madrid no se consigue esa edición, que pertenece a, con toda probabilidad, la mejor colección literaria del mundo: La Pléiade. Y mi amiga me ha dicho: "Bueno, si vas a Francia lo podrás comprar allí".

     Como entonces, cuando íbamos a Francia a comprar libros y ver películas, no forzosamente las pornográficas.

Libros e ignorancia eficaz

Jueves 23 Abril 2015. En Blog, Lecturas

La librería Lello e Irmao, en Oporto

Una de las afirmaciones más sorprendentes para cualquiera que trate con libros u otras obras de Cultura es la de que vivimos en la más abierta de las sociedades, que la libertad preside nuestra vida cultural y la censura pertenece a épocas bárbaras y pretéritas, o a sociedades subdesarrolladas.

     Podría elegir muchos ejemplos como la vez en que, al cabo de varios días, me sorprendí de no ver ni una sola librería en las calles de Albuquerque, capital del estado de Nuevo México, en Estados Unidos. Y me dijeron: "No: sí que hay una. Y es muy grande". Y en efecto, en el corazón de un centro comercial gigantesco del que luego me costó salir, me encontré la típica librería-supermercado que se comienza a ver en muchos sitios, en donde está garantizado el hallazgo de los libros más vendidos de la temporada, e incluso en varios formatos, pero en modo alguno los de unos meses antes, y mejor no preguntar por libros algo más sofisticados, distintos, o "clásicos" que no sean los obligatorios en las aulas, cada vez menos, parecidos y políticamente correctos.

     En algún momento nos han metido el gol del siglo, que es el de hacernos creer que vivimos en una sociedad libre, sujeta a las leyes de la oferta y la demanda. Quizá esté sujeta a esas leyes (y hasta eso es discutible, aunque no lo discutiré aquí), pero si la libertad consiste en que no puedo acceder a ciertos libros, películas o músicas de valía indiscutible -y tampoco en los nuevos formatos- simplemente porque no las solicita un número suficiente y rentable de personas, en una sociedad en el que la ignorancia parece un nuevo valor, entonces tendré que preguntarme si es esa libertad realmente la que quiero. Antes existían las librerías de fondo y las bibliotecas públicas. Todavía quedan pero ya pertenecen casi más al recuerdo que a la realidad. Uno podía buscar ciertos títulos durante años, y también encargarlos.

    Y no hace falta irse muy lejos: intente usted buscar en vídeo la inmensa mayor parte de los clásicos del cine, o ejemplares de los de la literatura, incluso la supuestamente consagrada. Intente usted buscar por ejemplo El último día de un condenado, de Víctor Hugo (la primera novela del autor, en la que ya se oponía a la pena de muerte), o Los endemoniados, de Dostoievski. No le será fácil encontrarlos. Como tampoco Esta noche la libertad, de Lapierre y Collins, que en su día fue un éxito mundial, ni... Da igual, los ejemplos son innumerables, y se pueden leer en muchos sentidos. Como por ejemplo la extravagante imposibilidad, en el mundo hispano, de encontrar en un país los clásicos del país de al lado, en una suerte de división del mercado en nichos en la que se reconoce sin duda la mano de la ignorante eficacia económica.

Problemas del náufrago

Miércoles 16 Octubre 2013. Blog

Problemas del náufrago
p.S
"...parecen feos que no se atreven a invitar a una chica guapa a bailar..."

Tengo el problema del náufrago: me he acostumbrado a la soledad, aunque al tiempo sé que por culpa de ella no es fácil que alguien venga a rescatarme. Me gustan las deshilachadas mañanas del paseo de Recoletos pero dudo mucho de que me salve cualquiera de estos jubilados que nos tantean con manos olorosas a descafeinado. De vez en cuando preguntan cuánto valemos con voz esperanzada... y luego rara vez pagan el rescate por uno de nosotros. Muy pocas veces nos liberan de esta soledad de polvo, esta prisión de celofán con que nos envuelven para alargar nuestra juventud o, más sencillo, evitar que amarillemos. 

    En el celofán escriben nuestro precio: 5, 10, 30... ¡60! En serio: Por dos volúmenes de la obra de H.G. Wells, bien sujetos con plástico para que no los pueda ojear nadie, piden 60 euros. Visto que casi todos esos textos están en otras muchas editoriales y también en la red (no: todavía no está todo el mundo en la red, ni siquiera una mayoría), he llegado a la conclusión de que el librero está enamorado de Wells y de sus mundos de ciencia ficción; que los guarda como pura poesía personal y no quiere deshacerse de esos libros; o que está esperando al pardillo convencido de que porque un libro cuesta mucho, vale. A no ser que el librero los exhiba como quien lleva un Rolls o un título de marqués: Mirad qué chulo soy, que ofrezco dos volúmenes de Wells  por sesenta euros aunque la traducción tenga más goteras que el congreso de los Diputados, sólo porque está encuadernada en cuero viejo de sofá usado, y además sin que nadie pueda comprobar la mercancía, calibrar el índice y las traducciones.

    En cada caseta de esta feria no parecemos libros “viejos y antiguos”, como se nos anuncia, sino más bien flores de invernadero. Mi situación y la de mis colegas me recuerda a los mercados de esclavos: allí tampoco se les dejaba sobar la mercancía y tenían que fiarse de la palabra del traficante.

  Sospecho que los mercados de esclavos, incluso al final, tenían más clientela. Nosotros somos los últimos custodios de autores que en su mayor parte ya no están para defenderse. Estamos viejos, padecemos de polvo, una enfermedad muy tenaz que da mucho trabajo, desde hace años sufrimos artritis y las páginas se nos resquebrajan con facilidad, y sobre todo le tenemos pánico a la soledad y a la muerte. Como todo el mundo pero sobre todo como estos ancianos que vienen a ojearnos con timidez y ocasionalmente a preguntar nuestro precio. Parecen feos que no se atreven a invitar a una chica guapa al cine y mucho menos a bailar. No saben que nosotros estaríamos encantados de bailar con ellos -bailar con cualquiera que venga a proponérnoslo-, si bien para ello tendríamos antes que obtener el permiso de nuestros guardianes. Que ellos no dan y, a modo de llave, ponen precios absurdos. Pagar quince o veinte euros por un libro viejo y acartonado no tendría ningún sentido en los bouquinistes de París o en las librerías de viejo de Charing Cross, en Londres, según dijo un cliente enfadado que sí parecía tener interés. Nada: asustados como nosotros o más, los libreros se abrigan en “la crisis” para subir los precios y cercarnos con un plástico que nos impide respirar. No han leído a Emerson, quien dijo que los libros están habitados por espíritus que viven cuando se abren sus páginas. Creen que con esos métodos comerciales para adolescentes picarán la curiosidad de los transeúntes y harán que alguien caiga y nos compre. Aunque no es seguro, es posible que alguien, entonces, nos lea.

      Pero no muchos transeúntes caen. Los jubilados no tienen dinero y a veces vista para leer nuestra letra esa sí antigua, demasiado pequeña. Los turistas disminuyen y además no muchos hablan castellano. Y algunos otros paseantes, que sí podrían pagar y leer, están demasiado ocupados en escapar del Café Gijón, aquí cerca, donde los escritores bohemios que allí tomaron café durante más de un siglo han sido expulsados por unos especuladores que se agazapan a la espera de algún incauto que esté dispuesto a pagar el café como si en el fondo de la taza esperase a veces una perla negra. Viven de esos ocasionales asaltos, como algunos taxistas del aeropuerto. 

     En cuanto a los jóvenes que aciertan a pasar por allí e incluso a curiosear, pobres, son víctimas de planes educativos infiltrados por el enemigo y, aunque en teoría saben leer, no lo hacen. Por qué lo habrían de hacer si no saben quiénes somos, quién nos escribió, qué es lo que podemos hacer para reparar la libertad de los lectores, magullada por tanta literalidad, o ayudarles a pensar. Ellos serían el público natural de estas librerías, pero a otro precio, claro. Y además van demasiado embebidos en sus teléfonos y mensajes, y no es fácil que puedan ver otra cosa.

  • Pedro Sorela

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