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Artículos etiquetados con: Ken Follett

Lo largo

Domingo 11 Octubre 2015. En Blog, Lecturas

      p.S
      James Agee y el Duque de Saint-Simon

Lecturas

Desde hace algún tiempo tiendo a leer libros largos o muy largos, por razones que aún se me escapan (y no es grave que sigan así). También voy alternando con lecturas más cortas, claro, como en una especie de respiración, pero lo que me secuestra más tiempo son esos mundos en los que uno se mete, como en un viaje, no otra cosa es un libro, con la diferencia que aquí uno espera que el viaje sea largo. O incluso, que no acabe. Eso me dijo Ken Follett la segunda vez que lo entrevisté para EL PAÍS, hace años: uno escribe largo porque, cuando aciertas, la gente quiere quedarse a vivir en tu libro.

     La trilogía de Follett sobre el Siglo XX (La caída de los dioses, El invierno del mundo...) es uno de los libros que leo ahora, y que alterno, entre otros, con El hambre, el mega reportaje de Martín Caparrós sobre esa intolerable cantidad de humanos que pasan hambre sin justificación posible, cuando en el mundo hay alimentos para todos. La obra del Duque de Saint-Simon, la descripción exhaustiva de la corte de Luis XIV... y una bomba de tiempo republicana, de la que leo una antología pues la obra completa en la Pléiade se acerca a los veinte volúmenes. La inacabable correspondencia de Flaubert (¿es una correspondencia una obra? Claro que sí). Y Proust, que leo página a página porque un profesor me enseñó que Proust no es tanto una lectura como una compañía para toda la vida. Eso, además de un par de desesperadas -desesperadas por imposibles- historias de las Ideas, de la filosofía (Russell), etcétera, que dejaré de lado porque juegan en otra dimensión.

     De momento con estas lecturas voy confirmando que en definitiva toda la obra de un autor es un solo libro, como se ha dicho infinidad de veces, y que la diferencia es que aquí esa ambición de totalidad ni se disimula. Eso es evidente en Proust -nueve volúmenes para un sólo título-, pero lo es también en La Comedia Humana, de Balzac, donde los personajes saltan de unos a otros libros para dibujar un solo mundo.  Una ambición inspirada en la Biblia, el libro total por definición, y a su vez impulsora de la obra de Faulkner, que conviene leer en orden porque salvo un par de libros son uno solo, tajado como un lomo de ternera por un carnicero para poderlo vender con mayor comodidad.

     Pero lo que me intriga en esta ocasión es, una vez dada esa ambición de totalidad -Capote también la tuvo en una obra sólo en apariencia más breve como A sangre fría, o uno de los empeños más delirantes que se conocen de agotar la realidad en escritura: Elogiemos ahora a hombres famosos, de James Agee- es qué tipo de totalidad buscan estos autores, o si se prefiere -y al margen de discusiones sobre jerarquías y calidad, que aquí interfieren más que aclaran- de qué instrumentos, de qué estrategias se sirven. Porque cambian.

     Daría para una tesis pero son llamativas las diferencias de estrategias entre unos y otros. El mega reportaje (¿?) de Martín Caparrós, por ejemplo, casi que se deja ir a la apariencia de una anarquía naturalista. Como buen nuevo cronista latinoamericano, una etiqueta industrial que ha hecho fortuna, Caparrós ordena y estructura su reportaje, pero menos, mucho menos de lo que hubiese hecho hace unos años: el resultado es que va alternando lenguajes (del argentino de la calle, al de las cifras del tecnócrata internacional e incluso al de la ideología directa, de conversación de amigos), con un resultado, si bien ágil y ameno, tal vez conveniente para el volumen sobre un tema tan arduo, también algo confuso.

    Lo contrario vendría a ser la trilogía de Ken Follett, el más pulcro y profesional escritor de best sellers de calidad que conozco. Parto de la idea de que el best seller es un género literario con reglas bastante fijas, y la primera de todas es el orden con ritmo, o si se prefiere, una cierta cadencia elegida en función de la eficacia narrativa: aquí, con el evidente trabajo de no pocos investigadores de campo, negros literarios, para convertir este libro en buena parte en un reportaje. La única diferencia con el reportaje ultra clásico europeo del XIX (el que luego unos listos denominaron Nuevo Periodismo), pariente cercano del manual de historia, es que se hace figurar a grupos de personajes (cinco, de diferentes países y clases que van hilando los libros en el  siglo) con los que -otra norma del género- el lector se pueda identificar. Sobre todo a través de sentimientos reconocibles (el patriotismo, por ejemplo, o ideologías correctas), conflictos muy estereotipados, y muy bien distribuidas escenas de sexo por lo menos tan caliente como el de la época de la publicación del libro (aún a costa de falsear el de la época de narración del libro; es el caso de Follett).

    Pero resulta llamativo hasta qué punto lo que hace este es volver a contar los episodios que todos conocemos de la primera y la segunda guerra mundiales -¡otra vez las trincheras con gas mostaza! ¡otra, Pearl Harbor!-, y de la Guerra Fría, aunque también busque escenarios menos conocidos como el del Proyecto Manhattan (la creación de la bomba atómica). Si consigue que lo sigamos leyendo es porque lo hace con solvencia realista, como un buen artesano... Lo que nos lleva hacia adelante es el ansia de información: más, más información. Detalles y mucha visibilidad, y destierro casi total de la metáfora, pues obliga a pensar. Como en una película.

   Y así. Adentrarse en el impulso de Saint-Simon o de Proust es más complejo, y en ambos casos el asombro y la intriga sobre cuál puede ser es casi obligatorio en sus lectores. ¿Qué es lo que pudo ordenar a ese aristócrata de lo más alto del escalafón (aunque él era bajito) a que realizara esa ultra realista descripción de la Corte del más poderoso y longevo rey de Francia y con quien no tenía mayor afinidad, y pese a ello, hacerlo con cierta ambición de lo que no hace tanto llamábamos objetividad? Pues según algunos, una tensión interior que tenía que ver con una suerte de hiper valoración del dato, antes de su consagración como la religión de Occidente... y que es posible lo redimiera, además, se me ocurre, del tedio de las pelucas arquitectónicas y los jardines geométricos de Versalles, donde por lo visto el más refinado privilegio consistía en alcanzarle las zapatillas al rey, cuando despertaba...

   En cuanto a Proust... no puedo dejar de asistir a su prosa como a una suerte de respiración. Proust hizo de su escritura la demostración, la prueba de que estaba vivo y además, pese a las apariencias, desplegaba una considerable libertad para conquistar su propia visión del mundo. Ahí es nada: imponer una forma de ver y escribir el mundo. Aparte de que en efecto parece LA prueba por definición, ¿cabe mayor ambición que esa?

Del escritor aplastado por la losa

Jueves, 07 Mayo 2015 En: Blog, Entrevistas

Ismail Kadaré.

Diálogos / La imagen previa

Sucede a veces que el escritor viene aplastado por una losa que es muy difícil levantar. Aunque también puede ocurrir que él sea el primero en no querer levantarla. Quién sabe. Ese en todo caso era el caso de Ismail Kadaré, a quien le tocó en suerte escribir libros con potentes metáforas en Albania, el país europeo más exótico de finales del siglo XX, y que pronto todo el mundo leyó como alegorías del régimen comunista allí existente, el más hermético de todos: había hasta un museo del ateísmo, y un misterioso tirano iluminado por fuerzas oscuras, Enver Hoxa. Albania era la Corea del Norte de entonces.

     El escritor con losa es muy difícil de entrevistar, pues la losa parece de cita indispensable, y es muy probable que vertebre y hasta se robe la entrevista. Es un problema de todo el periodismo, por lo demás: ¿Se informa de lo que ya se sabe, o se intenta descubrir algo nuevo incluso en la más rutinaria de las agendas informativas? Además, como ya se ha escrito en otra parte, muy a menudo el escritor es cómplice de su propia losa y quiere que le pregunten sobre ella, así sea para desmentirla, diciendo que él es un escritor libre y que allá los demás con sus interpretaciones. Un ejemplo es Kadaré, editado en España por Alianza Editorial y Mario Muchnik y traducido al español por el recordado Ramón Sánchez Lizarralde (premio Nacional por sus traducciones), personajes ambos tan o más interesantes que el propio Kadaré.

     Con este tipo de losa política pasa un poco como con el escritor de best sellers, a quien parece que resulta obligado presentar, al modo de un partido de fútbol, como el autor que ha vendido tantos y cuantos ejemplares y cuyos adelantos ascienden a esto y lo otro. ¿Serían estos datos prescindibles? ¿Qué ocurriría si entrevistásemos a Ken Follett, Stephen King o Pérez Reverte sin mencionar que han vendido tantas ediciones de sus libros y viven de este modo y aquel? A veces son ellos mismos los que intentan ocultarlo, como Ken Follet, que como he contado no permite al entrevistador acudir a su casa de época en las orillas del Tamesis y él mismo va a buscar al periodista (antiguo colega) a su hotel (Ver "Preguntas al escritor", en "Diálogos"). Pero eso, a la postre, sólo suma a la leyenda. Pues en caso de prescindir de todos esos datos lo más probable es que el previsible redactor jefe que edita la entrevista los reclame, al igual que la consabida lista de premios, las adaptaciones al cine, los apoyos políticos, caso de haberlos... en fin, lo que conforma la rutinaria plantilla de la entrevista perfil en la mayor parte de los medios.

     Lo que ocurre es que tal vez hablemos de cosas distintas: no porque dos personas escriban libros se dedican a lo mismo. Puede haber tantas diferencias entre ellos como entre un melón y una pelota de golf. La aclaración más eficaz la proporcionó Borges, precisamente en alguna entrevista. "Noo", vino a decir  cuando le preguntaron sobre cuántos ejemplares vendía y cuánto ganaba. "A las personas que les interesan el número de ejemplares vendidos y el dinero que se gana no les interesa la literatura".

http://elpais.com/diario/1995/04/04/cultura/796946406_850215.html

Preguntas al escritor

Martes 30 Octubre 2012. En Blog, Entrevistas

Hay on Wye, ciudad librería en Inglaterra.

Diálogos/Quién elige al entrevistado

 "¿Usted qué hace aquí?", me preguntó irónico pero cordial Ken Follett la segunda vez que lo fui a entrevistar. "¿No es su periódico un periódico serio? Yo soy un escritor de aeropuerto, hago entretenimiento. Los grandes periódicos no se ocupan de mí". En realidad, a su modo, Ken Follett estaba fishing for compliments, frase hecha inglesa que alude a quien busca mimitos:  Escandalizadas frases del periodista de periódico serio tranquilizándole: "No, hombre, no: usted es un gran escritor. De eso no hay duda En realidad no importa que venda cientos de miles de ejemplares"... Y en realidad no importa: Follett jamás ganará el premio Nobel, si es que esa quiniela le interesa a alguien, pero a su modo, en su estilo, Follett ha sido a menudo un estupendo escritor, sin tanto que ver como pareciera con el género del bestselerismo: entendiendo por buen escritor, como me comentaba una joven novelista amiga, que lectores nada analfabetos quieran llegar a casa para seguir leyéndole.

    Esa segunda entrevista era a propósito de Los pilares de la tierra, la peor de sus novelas entre las tres o cuatro suyas que he leído (y no estoy diciendo que sea mala, aunque eso aquí no venga al caso), o sea que todavía no había comenzado a vender como un record internacional -eso comenzó con Los pilares-, pero ya se acercaba al podio. Y, antiguo periodista de tabloide, conocía las estrategias en la administración de la imagen y se hacía el avaro con la suya... como le ocurre a los ex periodistas: véase García Márquez. Como se cuenta en la entrevista, tras concertar esta por vía indirecta, fue él quien me fue a buscar a mi hotel para llevarme a un banco de The Serpentine, que es a Hyde Park, en Londres, lo que el estanque de las barcas a El Retiro en Madrid. Y ahí se desarrolló la entrevista en un tibio día de septiembre, con él vestido como un joven   y arrojado banquero de la City, lo que a su modo tal vez fuera ya entonces: Pelo gris abundante y haciéndose el rebelde (toca la guitarra en un conjunto de pop, o rock, o algo), zapatos de lazo tan brillantes que parecían de charol, camisa a medida con cuello raro, corbata de seda gorda y nudo agresivo... etc. Un triunfador. Un hijo del pueblo que ha accedido al lujo, o lo que se entiende por tal, y no le remuerde ni esto pues se lo merece.

   En mis dos entrevistas con Follett y en la lectura de sus libros -no es obvio pero lo uno va o debiera ir con lo otro como el jamón serrano con el pan con tomate- confirmé que sí existe un modo de escritura anglosajona que se diferencia de la española: allí los escritores planean sus libros hasta el detalle antes de sentarse a escribirlos. Recuerdo que el también británico William Boyd, en otra entrevista, me mostró los sucesivos planos de una de sus novelas, y al penúltimo ya sólo faltaba ponerle unos cuantos adjetivos y puntos y aparte para quedar terminada. O sea que nada queda al azar: el colmo de la escritura deliberada, inaugurada según Borges por Poe y por Flaubert, y a su modo desarrollada por Henry James. Y también aprendí que un best seller suele tener las dimensiones de una catedral "porque cuando aciertas, la gente quiere mucho. Quiere quedarse a vivir en el libro". 

    Pero estos días me he acordado de Follett porque ¿cómo no hacerlo? Sería más rápido decir dónde no lo han entrevistado que dónde sí... como suele ocurrir con sus periódicas apariciones... y de gente como él. De todo el mundo, en realidad: hoy los contratos de edición incorporan la obligación del escritor a prestarse a la publicidad de la obra, y las posturas de intransigente discreción ante los medios de Faulkner, Beckett, Maurice Blanchot u otros (Salinger ni siquiera permitía que se hablara de él ni del libro en la contracubierta) resultan relatos de excéntricos de otro tiempo.

     Bien, allá los escritores con su actitud ante los medios... que a mi juicio contribuye no poco a retratarles. Pero ¿y los periodistas? ¿Los entrevistadores? ¿Por qué los periodistas (los redactores-jefe y directores), al menos en España, sienten la obligación de entrevistar al último premio, al último best-seller, al último Nombre que pasa por su ciudad, siempre y cuando no sea ni un sabio ni un viejo y esté respaldado por un potente gabinete de prensa? Y ello, en la cadena más que engrasada de una industria cultural que poco tiene que ver con la cultura, el interés del lector o la peculiaridad o mérito de la obra, y sólo para que el suplemento en cuestión coincida en tiempo y forma con la mesa de novedades de El Corte Inglés. (En cine, los productores se gastan más de la mitad del presupuesto en publicidad).

    Así las cosas, quizá no fuera tan irónica la observación de Follett de que por lo general los periódicos serios no se ocupan de él, o al menos no está previsto que lo hagan. Ello se debe a algo que en las redacciones llaman actualidad. Pero que casi siempre es desinformación y obediencia. 

  • Pedro Sorela

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