joomla template

Herramientas
Buscar
Acceder

Pedro Sorela

EBOOKS

             el sol como disfraz       dibujando la_tormenta      historia de      ya vers      portada-aire-mar-gador 

             ladron de arboles      portada-viajes-niebla grande      portada-trampas-para-estrellas grande      portada cuentos_invisibles      portada-fin-viento med  

             portada-huellas-actor-peligro med      cuentamelo      lo-que-miran-los-vagos      banderas sorela      entrevistas sorela

 

cometario_gris

Artículos etiquetados con: Kafka

El caso de la testigo desjoyada

Miércoles 22 Noviembre 2017. En Blog, Sastrería

El efecto óptico de la columnata recta en el Partenón.

Sastrería / El novelista enfermero

Un amigo mío ha falseado una escena real para que, una vez llevada a una novela, resulte verosímil. La escena real fue que a cierta mujer citada como testigo en un juicio, que acudió al tribunal muy elegante y enjoyada, le decomisó sus joyas una quinqui en un ascensor de los tribunales, y sin que los dos policías presentes hicieran nada; al parecer no miraban en esa dirección. Mi amigo ha situado el robo en una celda de prevención, donde varios reclusos pueden convivir sin policías presentes. Considera que si lo cuenta como sucedió nadie le va creer. Y además no hay pruebas.

      Con lo cual pasa a engrosar el muy nutrido ejército de los escritores que se enfrentaron al mismo problema. Saint-Exupéry contaba que si escribía la altura real de una tormenta de arena, aquello resultaría por completo inverosímil, de modo que para que los lectores le creyesen, la rebajaba, me parece recordar, a una altura humana de diez o veinte metros. Si se piensa, una versión del truco de la columnata del Partenón, que fue construida en ligera curva para conseguir dar la impresión óptica de línea recta perfecta.

    Y no se piense que es algo propio de las novelas estrictamente realistas. Para conseguir la credibilidad en su particular estética (prefiero esquivar la  postalita multiusos de "realismo mágico"), García Márquez añadía ciertos elementos que, en efecto, aportaban el factor decisivo para hacerlos creíbles: si Remedios la Bella sube a los cielos, en Cien años de soledad, es porque sujeta una sábana. Si nos creemos que Mauricio Babilonia va perseguido por una nube de mariposas amarillas es porque la imagen de una mariposa real que se había infiltrado en la cocina de su abuela se quedó fijada para siempre en la memoria del futuro escritor. Si aceptamos las extravagantes relaciones entre humanos y animales en Tabú, la más reciente obra de Álvaro del Amo (Menoscuarto), es porque él hace que los humanos se comporten como animales y al revés, hasta unificarlo todo en su solo mundo sin fronteras atávicas. No recurriré al muy manido monstruoso insecto de La metamorfosis.

    Todo eso, como vemos, está muy estudiado. Es la historia misma de la novela y es probable que sea imposible encontrar una que no haga ese juego de manos en algún momento. Pero lo que me interesa aquí es por qué el novelista cambia la realidad para hacerla digerible, lo que se pone escandalosamente de manifiesto en la pandemia mundial de la corrección política, de la que, me temo, no estamos viendo más que el prólogo, y de un modo muy visible en la nueva moda de falsificar los cuentos infantiles clásicos para "evitarles traumas" a los niños. ¿Por qué no inventan sus propios cuentos correctos? Una estafa en toda regla, un fraude cultural, y con descorazonador éxito comercial y amparo político, además.

    ¿Es un cómplice, el novelista? ¿Un cómplice que falsifica la realidad para hacerla aceptable en un determinado momento de la historia? Sería lo que se desprende de una anécdota de Faulkner que siempre me dio que pensar: en cierta ocasión se incendió el teatro de Oxford, en Misisipí, y cuando llegaron los bomberos Faulkner comentó: "Para una vez que dan un buen espectáculo, nos lo van a estropear", o algo parecido. Desde la visión de un novelista, y Faulkner lo era en estado químicamente puro (no todos lo son), los bomberos venían a estropear una buena historia. A hacerla digerible, literalmente echarle agua y en realidad censurarla.

    En mis años de periodista fui descubriendo uno de los secretos mejor guardados de la profesión, y es algo que en la universidad digo a mis alumnos de cursos avanzados y un poco en voz baja, no vaya a ser que vivan la dolorosa tragedia de creérselo desde el comienzo: Quizá una de las misiones jamás formuladas del periodismo sea, no tanto reflejar la realidad, que para quien sabe mirar es siempre subversiva, como el incendio de Faulkner, sino amortiguarla. Hacerla digerible. Todas esas plantillas con las que se informa de los asesinatos de mujeres, los accidentes de tráfico, las guerras lejanas... Cualquiera de esas noticias, bien contada, como mínimo nos perturbaría el día, nos angustiaría, nos haría pensar. De modo que el periodista sería el enfermero encargado de amortiguar el golpe y, bajo la apariencia de informar, administrar sedantes para que la gente pueda aceptar una realidad incendiaria y dormirse a la hora prevista esa noche.

    Bien, ¿y el novelista? ¿Por qué acepta ese rol de enfermero? ¿No hay una ética del novelista, un mandato que le obligaría a reflejar con fidelidad los incendios que se va encontrando en su novela? Un incendio es fuego y no hay por qué disimularlo. Kafka decía que solo le interesaban las novelas que le derribaban con un gran puñetazo en el pecho. (Él lo consiguió con García Márquez, que lo contó después).

   No lo sé. Ha pasado mucho tiempo desde Kafka y, si existe esa ética, debe de estar de viaje porque hace tiempo no la veo.

Reflejar o buscar

Miércoles 21 Noviembre 2012. Blog, Sastrería

Reflejar o buscar

Kafka, el ejemplo mismo de "buscador". Dibujo p.S

Sastrería 

Un escritor puede tomar fotos o dibujar, es decir interpretar. La foto sólo reflejará lo que hay, nada más, y por mucho que se empeñe será difícil que él salga de algún modo en el retrato. Se habrá convertido en el disparador de su cámara o el cable de su micrófono. En tanto que si dibuja, el resultado podrá ser más o menos discutible pero inevitablemente saldrá él.

     La pregunta es: ¿Para qué tomar fotos de lo que ya existe? ¿Para qué añadir espejos? Puestos a añadir, ¿no es mejor añadir algo que no exista y que –ojalá, ese es el ideal- es único porque corresponde a su mirada y sólo a la suya?

    Urge aclarar que cuando hablo de tomar fotos no estoy hablando de novela realista, arte hiperrealista, ni etiquetas parecidas de las que le hacen la vida más fácil a profesores, periodistas y críticos. Cuando digo tomar fotos me refiero a la clonación del sonido ambiente. Y la expresión sonido ambiente podría leerse de muchas formas, pero es, sobre todo, no una imagen ni un ruido sino un modo de pensar. Mejor aún, de ver.

    Me parece que fue Klee quien dijo "quisiera trazar una línea, sólo una línea, pero que de no haber nacido yo no se hubiese podido trazar nunca". Tal vez no sea posible cumplir esa ambición pues nunca sabremos si otro hubiese podido nacer en nuestro lugar para escribir nuestros libros. Aunque yo no lo creo, hay quien dice que Marlowe habría sido un Shakespeare más grande de no haber muerto muy joven en una pelea de taberna, cuando se clavó su propio cuchillo en un ojo. O más conmovedoramente aún, que Shakespeare eran varios pues no es posible tanto talento en una sola persona. Pequeñas teorías de reportaje de domingo para un tiempo que esperemos no sea tan decadente como parece. En cualquier caso, sólo con su frase a Klee ya se le podría reconocer como artista, pues quizá esa sea su condición misma: la ambición más enloquecida. La búsqueda de una línea única y necesariamente suya.

     Sin ir tan lejos, o yendo a lo práctico, reflejar o buscar es exactamente lo que diferencia lo que llamo Periodismo Lluvia (hoy mayoritario, el de las ruedas de prensa e incluso sin preguntas (¡!), los premios pactados, las películas industriales, los rituales colectivos anuales, etc.), es decir, el periodismo que se limita a recoger lo que le cae encima, de lo que podríamos llamar Periodismo Minero, que es el que busca para destapar lo no evidente. O sea, Periodismo.

     Una de las preguntas de nuestro tiempo -de cualquier tiempo en realidad- es a cuántos les está reservado, no ya resolver el desafío, sino tan siquiera planteárselo. En el tiempo de las industrias culturales, a cuántos tan siquiera se les puede ocurrir. A unos y a otros les separa la misma diferencia que existe entre reflejar y buscar.

  • Pedro Sorela

    Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla