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Artículos etiquetados con: Jóvenes

Sin rebeldes

Martes 17 Febrero 2015. En Blog, Sastrería

p.S
Rimbaud, que todavía adolescente cambió la poesía moderna.

Sastrería / La rebeldía

De tarde en tarde se me cruza un cable y les pido a mis alumnos de Redacción que escriban algo y que ese algo sea lo que quieran: un cuento, una noticia, un ensayo, un poema... o algo menos convencional: pueden escribir en otros idiomas o inventar uno. Escribir fórmulas matemáticas y ni siquiera es necesario que cuadren. Pueden intentar algo híbrido, hacer historieta con dibujos, e incluso contar algo con olores, o colores, o pasos de baile, si son capaces, o contarlo todo con dos o tres palabras. En fin: literalmente lo que quieran.

     Pues bien: ya no me sorprendo, pues hace años que ocurre, al comprobar que lo que entregan son invariablemente ortodoxos ejercicios de estilo, mejor o peor realizados pero concebidos según las normas más tradicionales: como si mis alumnos, de dieciocho a veinticinco años, y por lo general listos, como suele corresponder a la juventud, fuesen ya notarios, o periodistas ya muy amansados por la plantilla, o poetas de premio, o escribidores de cartas de amor por encargo y peticiones al alcalde en la plaza del pueblo.

     Lo cual plantea muchas preguntas y desasosiegos, pero sobre todo una: ¿Qué ha sucedido? ¿Qué ha sucedido para que los jóvenes se hayan vuelto, pese a las apariencias, tan conservadores? Reconozco que la razón puede tener que ver con lo inesperado del encargo (que un encargo así sea inesperado también habla mucho del sistema educativo), pero sin ánimo de caer en las consabidas ensoñaciones del abuelo sobre sus "tiempos", no creo estar idealizando nada si digo que hace unos años eso no sucedía. Hace unos años -para qué entrar en polémica sobre cuántos-, uno, dos o varios jóvenes se habrían arrojado sobre la ocasión, planteada también por sorpresa, para escribir algo que rompiera el orden establecido y dejara claro que con ellos no se podía contar para "perpetuar el sistema pequeño burgués caduco" en vigencia, o alguna rebeldía semejante. Más o menos como Rimbaud, que todavía adolescente cambió la poesía moderna con "Le bateau ivre". (Poema que, según compruebo una vez más, me sigue costando no poco comprender).

     Con toda la intención de evitar el pedagogismo, paternalismo, buenismo y demás ismos propios de esta época (y tan distintos de los clásicos de las vanguardias), habrá que reconocer que de los jóvenes es como máximo una pequeña parte de la culpa, y que algo tendremos que ver los adultos en este sistema sin rebeldes: parecería que han triunfado las teorías más de orden, para llamarlas de algún modo, y que la universidad no es ya más que el último eslabón de la cadena de montaje en la que se crean los ciudadanos de provecho. Lo cual está muy bien pero resulta un poco melancólico. ¿No hace falta algo?

     Sería como mínimo pretencioso intentar localizar en un pequeño apunte un problema tan complejo que merecería una novela. Pero poco a poco se me han ido imponiendo algunas posibles causas por encima de otras: Primero, que nos han dado un cambiazo; visto que la experimentación, la búsqueda y el ansia de vanguardia es inherente al hombre, o yo así lo creo, nos han hecho creer que está en los nuevos aparatitos que consumen buena parte de nuestro tiempo, la publicidad, las aplicaciones, las pantallas, y que en última instancia ayudan a modelar receptores pasivos y rebotadores de mensajes, no creadores. Y segundo: la nueva superstición dominante de la eficacia a cualquier precio. Qué experimentación puede haber en carreras de tres años y másteres de pago como las que pretenden imponernos (y me temo que nos impondrán), en las que sólo hay espacio para Lo Útil. Igual sucede en el cine, la novela y hasta en la poesía, donde se premia la "que conecte con todo el mundo".

     ¿Será necesario repetir que si el mundo se ha movido hacia alguna parte ha sido siempre -siempre- porque a alguien se le ocurrió en primer lugar una extravagancia? No por ello creo que el fenómeno sea "igual que siempre", aunque lo parezca. Todo lo cual, más que inquietante, resulta directamente miedoso.

Cambio de amigos

Juvenil. Autor: Pedro Sorela Alfaguara Juvenil, 2005. Páginas: 144. ISBN: 9788420467382

cambio_de_amigos

Irse de la propia ciudad suele ser una experiencia fuerte. Y por razones que no puedo explicar aquí, debería ser obligatorio, aunque sea solo un tiempo. Seguro que se acabarían algunas guerras, que suelen ser discusiones vecinales de ombligos.

Regresar a esa ciudad de la que se partió un día suele ser más fuerte aún. De eso trata La Odisea. Porque se haga lo que se haga, la ciudad ha cambiado. Creemos que volvemos pero en realidad seguimos yendo. Se comprende que mucha gente sea reacia a todo ese tráfico por los mares y los aeropuertos.

Visto que yo he migrado varias veces en mi vida, y eso desde los seis meses de edad, "mi" ciudad es una compuesta por otras varias, no forzosamente cercanas y ni siquiera en el mismo idioma, y además va modificándose -quiero que se modifique- a medida que descubro otras en las que me siento cómodo. Tal vez lo que más me gusta de Madrid, donde vivo desde hace tiempo, es la facilidad con que deja que te marches (vivo a diez minutos del aeropuerto)... y la generosidad sin aspavientos con que te recibe al regreso.

Y no, no debe de ser fácil esa generosa fluidez, a juzgar por la fuerza con que la gente se agarra a otras ciudades, que tampoco se lo ponen fácil para marcharse. Todo eso le ocurre al héroe de este libro, un muchacho que regresa de Barcelona a Madrid, su ciudad, para descubrir que esta ha cambiado. Y él también.

Cuéntamelo de nuevo

Juvenil. Autor: Pedro Sorela SM El Barco de Vapor, 2003. Páginas: 156. ISBN: 9788434895119

Esta novela se desarrolla en la isla más extrema de Europa, por el lado de las Canarias, y es a la vez una isla y, claro está, una memoria, una nostalgia: La de los veranos que, padre divorciado, pasé en playas y casas de campo con mi hija Inés cuando era niña. Y la de mis propios veraneos eternos, de niño, en las costas de Cataluña y Mallorca, antes de su destrucción por la codicia, la ignorancia y el mal gusto -acaso todo ello es lo mismo- quién sabe si para siempre. Es pues una costa bellísima y áspera, una isla tranquila, como suelen serlo, pero al lado de las simas habitadas por los monstruos. 

Y luego la novela tiene que ver con la única ideología en la que fui educado en mi vida: el odio al racismo. Y no hacía falta que nos educaran pues de alguna forma mi hermano y yo (mi hermano era mucho más político que yo) reaccionábamos contra él de una forma natural desde niños. ¿Sería genético? No sin cierta sorpresa genuina, con el tiempo me fui enterando de que desciendo de Juan del Corral, un dictador decisivo en la liberación de los esclavos en Colombia, y de que mi abuelo, explorador de Guinea y jefe de una de las últimas grandes expediciones de España en África, que bajó hasta el río Níger, dedicó buena parte de su vida y su fortuna a la creación de la Sociedad Antiesclavista Europea, con la escritura de varios libros sobre el tema y un triunfo que, sin retórica, me parece el mayor de la familia: consiguió que los países aún esclavistas -había nacido un siglo antes que yo- prohibieran los latigazos como castigo.

  • Pedro Sorela

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