joomla template

Herramientas
Buscar
Acceder

Pedro Sorela

EBOOKS

             el sol como disfraz       dibujando la_tormenta      historia de      ya vers      portada-aire-mar-gador 

             ladron de arboles      portada-viajes-niebla grande      portada-trampas-para-estrellas grande      portada cuentos_invisibles      portada-fin-viento med  

             portada-huellas-actor-peligro med      cuentamelo      lo-que-miran-los-vagos      banderas sorela      entrevistas sorela

 

cometario_gris

Artículos etiquetados con: Italia

Escribir hispanoamérica

Por: Pedro Sorela Martes 27 Febrero 2007. En Conferencias

Instituto Cervantes de Palermo, 2007

El primer pedazo de América que pude ver con mis propios ojos fue la luna, la luna de junio, que es viajera y más amarilla. Colgaba sobre el puerto de Barcelona y yo la estuve mirando con gran intensidad, creo que por primera vez en mi vida, en la conciencia de que, aunque aéreo y como indiferente, era el último pedazo de Europa que vería en quién sabe cuanto tiempo, y que la próxima vez que la viera llena, rebosante y amarilla de puras ganas de decir algo, sería en América. Ya sería una luna americana.

Pero no fue así. Cuando dos semanas después el Americo Vespucio, el barco italiano en el que emigrábamos se acercó a Cartagena de Indias a través del archipiélago de las Islas del Rosario, el espectáculo hizo que se agotaran, no ya los carretes de fotografía, sino las cámaras en la muy cara tienda del barco de la que hasta el momento los pasajeros habían procurado mantenerse alejados. Y puede que el espectáculo con que se hizo anunciar, lleno de morados y de nubes, fuese fantástico. Pero la luna que sucedió a ese atardecer estruendoso no era la misma.

Y no porque ya no estuviese llena o vacía, o que se le hubiese aclarado el amarillo como en un programa de lavadora equivocado: es que claramente algo le habían hecho durante la travesía del Atlántico, algo que sólo aparecía, que sólo se descubría ya en destino, en América. Si es que América era en realidad mi destino. Ese cambio de la luna me hizo dudarlo.

Banquero que ya casi no lo es, viajero a punto de detenerse, muchacha que no quiere ver

Por: Pedro Sorela Domingo 06 Marzo 2005. En Cuentos, Viaje

Supongamos un instante en el Gran Canal, tal como hizo Canaletto en cualquiera de sus cientos de cuadros. Y tomemos por ejemplo a ese individuo, ya no tan joven pero tampoco viejo, que en una lancha-taxi se dirige a velocidad rigurosamente limitada al embarcadero de la Accademia Desde allí seguirá a pie hasta via Campo Santo Stefano, en cuyo Banco di Lavoro entrará con el ceño fruncido, aire ocupado y sin mirar el reloj: lógico, es el director, y sabe además que llega antes que casi todo el mundo. Esa generosidad con su tiempo ayuda a comprender que a sus 37 años sea el director de un banco en Venecia.

Se trata de un trabajo soñado, o al menos, del viaje diario soñado al trabajo sudoroso al que estamos condenados desde que Adán y Eva pecaron en el Jardín: a modo de metro, un vaporetto veneciano. En lugar de la oscuridad del metro en Milán (la ciudad donde nuestro banquero se ganó sus galones), las luces improbables del amanecer, en invierno, o rebotando en las fachadas de los palacios en primavera: Venecia es una de las pocas ciudades del mundo en la que por razones diversas brillan las piedras. Y como compañeros de viaje, venecianos tan convencidos de su linaje que lo exhiben en sus discretos modales de grandes señores, o turistas rindiendo sin fin pleitesía a la ciudad.

Pero algo falla, por decir algo, en este sereno cuadro al modo de Canaletto, y además en este preciso instante: Por ejemplo.¿por qué esta mañana Fabrizio va en taxi? (Se llama Fabrizio, un nombre que es más de héroe que de banquero). Aunque es cierto que dirige un banco y se puede pagar la tarifa de carruaje de los taxis venecianos, aún es temprano y no llega tarde –única remota posibilidad que justificaría el exceso-, y además se le ve cómodo en su asiento, brazos abiertos abrazando el mundo, disfrutando, se ve.

¿Acaso no era así, antes? ¿acaso no disfrutaba al remontar el Gran Canal?

Artículos relacionados:

  • Historia de las despedidas
    • Pedro Sorela

      Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla