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Artículos etiquetados con: Imaginación

Novela... y algo más

Miércoles 14 Marzo 2018. En Blog, Sastrería

Stendhal (p.S)
Cortázar (Sonia Facio, fragmento)
 

Sastrería / Novela e imaginación


No es la primera vez que alguien me lo dice, ni la quinta, por lo que comienzo a creer que algo hay: novelar con libertad ya no es suficiente. El lector, muchos lectores, quieren además otra cosa. No les basta una historia. Quieren más. "Quiero aprender", me dijo uno de ellos. Y los demás, algo parecido.

    No es algo fácil de matizar pues reprocharle el realismo a la novela -el realismo sería una forma básica de aprendizaje, la información: esto es, así fue- supondría algo como reprocharle a las gaviotas que disfruten con el viento. ¿Acaso no dijo Stendhal que "la novela es un espejo al borde del camino?" (Perdón por esta cita que compite para ganar en la Olimpiada de los lugares comunes). Cuánta hipoteca no habrá tenido que pagar la novela a esa frase de alguien de intuiciones deslumbrantes. (Y mi deuda con él queda clara y agradecida en mi ensayo Dibujando la tormenta. Inventores de la Escritura moderna (Alianza).

    Es en todo caso el concepto que sigue triunfando a comienzos de este milenio. Baste comparar la situación con lo que ocurría, digamos, el siglo pasado, cuando los que guiaban la novela en el mundo no eran novelistas "que buscaban algo más", sino Faulkner, con novelas cubistas y hallazgos como "Mientras agonizo", filosóficas como Camus con "El extranjero", de juego como la "Rayuela" de Cortázar al igual que otras de Ítalo Calvino, la novela-poesía "Cien años de soledad" de García Márquez, y así sucesivamente hasta llegar a los callejones sin casi salida del Nouveau Roman, contra el que reaccionó, y con particular violencia en España, la narratividad más clásica.

    No puede ser más reveladora la fórmula utilizada en su última trilogía por Ken Follett, el novelista popular de calidad más vendido en el mundo: Sobre un escenario bien documentado de los principales acontecimientos del siglo XX, unos cuantos personajes ficticios pero en extremo arquetípicos desarrollan tramas muy, muy reconocibles. Esto es, el último escalón en que un libro se puede reclamar novela antes de entrar en el periodismo o la crónica histórica. No se trata de que nos cuenten una historia. Se trata de que, con el pretexto de unas cuantas historias más bien reconocibles, nos cuenten cómo fue el bloqueo de Berlín, tras la guerra, o la crisis de los misiles de Cuba, que los nuevos lectores desconocen y los demás quizá queramos recordar. La historia más o menos común del siglo XX, o lo que es lo mismo, una versión internacional de Cuéntame lo que pasó.

    ¿Y no es reveladora la evolución de Vargas Llosa, uno de los escritores de calidad de mayor referencia en castellano? Sus últimos libros son en su casi totalidad recreaciones y ambientaciones históricas, lejos no solo de sus primeros libros, La casa verde, por ejemplo, sino de los de los escritores en castellano que en su generación resucitaron una novela, una narración, que ya por entonces se decía agonizante. De verdad que me pregunto sin retórica qué haría hoy Cortázar y sus cuentos jugadores y poliédricos. O Borges (bueno: aunque evolucionó varias veces en su vida, Borges seguiría escribiendo Borges, no creo que pudiese evitarlo).

    Si la constatación se limitara a eso, no daría mucho más de sí que certificar una vez más algo que sabemos desde el principio: la novela, el espejo, el camino, etcétera. Lo que motiva estas líneas es la intuición de que a lo mejor ahora estamos yendo todavía un poco más allá. Pues si la creación, la creación no útil y cuantificable ya no se encuentra más que en círculos cada vez más pequeños de la novela y la narración -porque sí: todavía existen algunos de esos autores literarios que buscan escribir narración por la narración misma-, ¿dónde se refugia la creación? Siempre he creído que la creación no solo es indispensable al hombre sino, en buena parte, lo que lo define. Hombre es hombre creador.

      La casuística es infinita y puede abarcar todos los terrenos, desde el cine -¿dónde podría hacer hoy Fellini sus películas?-, hasta la poesía, donde medra la "poesía de la experiencia" o la pretensión de que la poesía le diga a la gente algo "que pueda reconocer", o fórmulas parecidas. El recuento podría ser muy vasto.

      A mí me parece en particular significativo, por inesperado y hasta inimaginable no hace tanto, lo que sucede en la universidad, en las antiguas facultades "De Humanidades·" o "Ciencias Sociales", en donde el viejo pensamiento humanista, basado en la palabra, la disertación, la Historia y el recuerdo de los clásicos -basado en buena parte en la creación en un muy amplio sentido: el ensayo- tiene que luchar con mayor fuerza cada día para defender, ya no privilegios, sino el simple derecho a la existencia frente a una oleada cada vez más imparable de estadísticos y sociólogos armados de curvas y esquemas. Argumentan con fuerza que sus sumas y restas son útiles porque son lo que demanda la industria. Y ya ni siquiera es necesario informar de que la industria es la que ha comenzado a mandar en la universidad. Todo está relacionado.

     Aún así, la orfandad permanece.

     ¿Donde se ha refugiado el derecho a imaginar, a imaginar porque sí? Y sobre todo: ¿Puede desaparecer o irse a la irrelevancia? En cuyo caso, ¿qué ocurrirá?

 

Curiosidad y exilio de la imaginación

Miércoles 26 Octubre 2016. En Blog, Sastrería

p.S
Svetlana Alexievich.

Sastrería

Entre los ruidos de fondo que me acompañan hay uno que he venido escuchando más en los últimos tiempos, y es la sensación de que el realismo ha crecido. O si se prefiere, escucho un suave lamento apenas perceptible por la marcha de la imaginación: Si es así, ¿adónde se ha ido?

   No se trata solo de cada vez más un mayor ruido ambiental, o de una presencia más agresiva del matón de la fealdad -que también-, sino de infinidad de pequeños detalles, tendencias, escuelas literarias o sucedáneos que obligan a pensar en la extensión de una consigna: fuera de la clave realista no hay salvación.

     Y no, no es una prolongación en el tiempo del realismo con el que Flaubert y otros muchos escritores del XIX pusieron coto a los excesos, también muchos, del Romanticismo, en una más de la habitual oscilación del arte entre subjetividad y objetividad, o si se prefiere, rebelión o clasicismo, ruptura o norma. Se diría que se trata de algo más. Detalles como por ejemplo la consagración de la periodista Svetlana Alexievich con el premio Nobel de Literatura, un premio revolucionario en esta ocasión, donde los haya, porque por primera vez se reconocía como literatura, no el Ensayo, sino la crónica realista, sin la más mínima pretensión de invención. (Crónica sin duda magnífica).

    O detalles como la tendencia, que ya tiene unos años, de que "lo real" sea la condición indispensable de las nuevas "creaciones": ya sea porque la historia que se cuenta intenta reproducir un suceso real -no es necesario que sea la vieja novela histórica, puede ser una historia sin mayor trascendencia-. Ya sea porque reproduce arquetipos más que reconocibles: novelas de policías, de profesores, de divorciados, de homosexuales, pronto de jubilados, de mujeres decepcionadas, de nuestros vecinos casi identificables con nombres propios. Ya sea porque podemos inventar con supuesta libertad pero a condición de que el personaje central sea real, al menos en el nombre: Puede tratarse de un personaje más o menos reconocible en fotos, por ejemplo Limonov, de Emmanuel Carrère (un secundario de la transición soviética), o los personajes de Sebald, que a veces llevan foto, o el reciente libro sobre los supuestos últimos días de Adelaida García Morales, o la verdadera avalancha que dura ya años de la auto ficción. La serie más longeva y vista de la historia de la televisión española podría llamarse Espejo. Salvo los indestructibles super héroes, ya un género, hasta el comic ha emprendido una vía ultra realista. O sea el apogeo del "Yo", del "nosotros", de "nuestra identidad", como en otras épocas, pero en esta ocasión con barra libre para mentir un poco... verbo moral que no le va bien a una discusión sobre arte pero que es lo bastante gráfico. Y todo ello, sobra decir, con el correspondiente éxito entre lectores y críticos.

     Pero no me interesan tanto los aspectos industriales del fenómeno sino el reverso de la moneda. ¿A qué se debe la persecución, destierro, olvido, marginación, exilio o llámese como se quiera de la imaginación? Aunque al parecer es una de las corrientes visibles del cuento contemporáneo, que la imaginación está ausente en España me parece de una obviedad palmaria y podría citar infinidad de ejemplos, pero me cansa. Baste hacer la prueba con el primero que asome por la esquina y acercar la lupa para comprobar su capacidad de imaginar otra cosa que sus referencias más evidentes. Ni que decir tiene que la ausencia de imaginación temática se corresponde con otra en la forma. Si ha habido una época que castiga la experimentación formal y la búsqueda de nuevos caminos para decir las cosas es esta.

     La intrigante pregunta es ¿por qué?

     Y aquí es cuando recuerdo a una vieja amiga editora francesa que, al cabo de once años de intensa relación de amor con España -Barcelona y Madrid-, se marchó un tanto descorazonada. Y cuando le pedí que me diera el titular de sus conclusiones, me dijo: "España es un país sin curiosidad". Hace años de esto, pero esa frase, desde entonces, me persigue.

     No puedo por menos que pensar que esta ausencia de curiosidad, también evidente, tiene algo que ver con la religión realista y el exilio de la imaginación. La siguiente intriga es saber qué fue lo que ocurrió. Porque no siempre fue así.

Imaginación... o variación

Miércoles 20 Julio 2016. En Blog, Sastrería

Sastrería

Pocos artistas como El Bosco plantean con tanta nitidez la disyuntiva: imaginación... o variación.

    Es fácil de verlo en muchos artistas, más en los pintores que, por ejemplo, en los escritores, es posible que porque los plásticos dependan aún más de la recepción y el mercado que los segundos. Un artista realiza un hallazgo con el que conecta, por ejemplo los delgados (Giacometti), los obesos (Botero), o lo fantástico (Max Ernst), y ya no se mueve de ahí. Y cuanto más insista en esa línea, mejor será recibido, aunque sea con mucho retraso, como Van Gogh. Los ejemplos son numerosos e ilustran la reflexión de Umberto Eco según la cual la mayor parte de los humanos tenemos una o dos ideas en la vida. Los grandes, como Picasso, pueden llegar a tener tres o cuatro.

    Se da en todas las artes, y puede que no solo en ellas. García Márquez, por ejemplo, quiso salirse de la órbita creada por Cien años de soledad, casi un agujero negro que chupaba todo lo que pasase cerca y amenazaba con chuparle a él, e intentó romperla en El otoño del patriarca, ese admirable fracaso. Pero la escasa comprensión de un mundo que esperaba Doscientos años de soledad le obligó a volver a la senda, no del realismo mágico, etiqueta que solo sirve para hacerle la vida fácil a críticos, profesores y periodistas, sino de la claridad narrativa, la prosa transparente que caracterizó todos sus demás libros. ¿Podría Graham Greene haberse salido de Greeneland, el característico territorio de sus obras? Elija casi cualquier autor... seguro que existe pero es difícil encontrar alguno que haya conseguido salir de esos colores con los que logró conectar con su público, y ello, en busca simplemente de la pura creación. Sólo algunos de los más grandes clásicos carecen de colores propios y encuentran los más adecuados a cada obra.

    Es una duda que acompaña al visitante de la antológica de El Bosco en el Prado, siempre y cuando se pueda abstraer del mucho público que le acompaña. (¿Por qué nos dejan pasar a tantos al mismo tiempo, pese a las cuotas y la entrada con hora prefijada? Y ya puestos, ¿por qué tiene el público que aguantar los walkie-talkies prehistóricos de los guardianes?). De siempre los espectadores de El Bosco se preguntan qué había tomado o fumado este antes de pintar sus cuadros, o si un congreso de psicoanalistas no sería el lugar más apropiado para debatirle. Es posible pero ¿no lo sería también que todo El Bosco interesante (lo hay menos interesante) viniera de un simple quiebro de la normalidad, la convención realista? Un surrealista avant la lettre. ¿Por qué no? Sin perder de vista que el artista apenas estaba conquistando con el Renacimiento tal categoría, esto es, alguien con autonomía para pintar otras cosas que los temas establecidos. Que en el aire estaba ese mundo torturado -o lleno de humor- es evidente; véanse algunos contemporáneos, como por ejemplo Patinir o Brueghel, además de sus múltiples seguidores... O La Divina Comedia: aunque Dante antecedió un par de siglos a El Bosco, no es posible no acordarse de él en el recorrido de los varios trípticos de paraísos e infiernos y días del juicio final de este. Lo que explica que alguien tan establecido como Felipe II -¿qué más establecido que un rey?- disfrutara con sus cuadros, y por eso tenemos varios en El Prado.

     ¿Y de qué disfrutaba tanto el rey? Sin ninguna prueba, sospecho que de lo mismo que disfruta el público de hoy: de la anécdota. De las mil pequeñas historias que cuentan los cuadros de El Bosco, patrón de los dibujantes de historieta, y que por un lado tan ancladas están pese a todo en la realidad -condición para que lo fantástico triunfe, según García Márquez-, y por el otro constituyen el hallazgo de El Bosco para atraer al público. Anécdota, por otra parte, que es de la que intentó huir la pintura moderna al crear lo abstracto.

    Sea como fuere, esa es la disyuntiva a la que se habrá de enfrentar todo artista después de haber encontrado eso que llaman su voz. Seguirla... o seguir buscando. Pues podría ocurrir que el arte está más definido por la búsqueda que por el hallazgo.

  • Pedro Sorela

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