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Artículos etiquetados con: Gustavo Zalamea

Moby Dick, viajera

Martes 28 Junio 2016. En Blog, Lecturas, Sastrería

"La cacería", Gustavo Zalamea, colección Sorela.

Lecturas

Moby Dick. Herman Melville.
Leviatán o la ballena. Philip Hoare. Traducción Juan Eloi Roca. Atico de los libros.

Lo intrigante es por qué uno lee Moby Dick por tercera vez entera, casi setecientas páginas de las que por lo menos dos tercios son informes no del todo apasionantes sobre las ballenas, sus tipos y costumbres y su cacería en el siglo XIX. Y no solo eso sino también Leviatán o la ballena, el magnífico reportaje de quinientas páginas de Philip Hoare -todo aquí tiene dimensiones de cetáceo-, que viene a ser un Moby Dick pero sin la historia central de la persecución de una en particular. Aquí se cuenta la de muchas, y su exterminio, casi desaparición. En Leviatán, el testimonio de Ismael es sutituido por el de un reportero, también en primera persona, que actualiza la información sobre las ballenas y su propia relación con ellas como una suerte de tesis doctoral amena pero tampoco muy amena, salvo en un último capítulo, excepcional y emocionante, en el que cuenta lo que es nadar entre ballenas. Una tesis de las de antes, cuando había suerte.

     Pues eso: por qué.

     Adelantaré que la respuesta está quizá en la propia Moby Dick cuando propone: "Para escribir un gran libro debes elegir un gran tema", que de inmediato a mí me ha remitido a la idea de Stendhal según la cual para escribir una obra maestra hay que haber hecho antes una obra maestra de la propia vida. (Idea que, según escribí en mi libro de ensayos Dibujando la tormenta Stendhal no solo se aplicó a sí mismo sino que profetizó a Saint-Exupéry: una obra maestra de vida y escritura entrelazadas). Y que ilumina la propia Moby Dick: ¿Habría sido posible esta novela sin los viajes de juventud de Herman Melville a bordo de balleneros por los mares del sur? A mi modo de ver, no, de ninguna manera. Aunque es bastante probable que Melville se inspirase en un mendigo que vio en Londres junto a un cartel que resumía en palabras crudas la peripecia del capitán Ahab y exhibía la falta de una pierna como ilustración, y a leyendas y cuentos de marineros que narraban lo mismo, lo cierto es que su novela respira verdad, o lo que viene a ser algo emparentado, experiencia.

     Pero cada cual lee lo que lee y algo se me ha impuesto como una evidencia cegadora en esta tercera lectura de la novela... y del ensayo de Hoare: Moby Dick es una novela de viaje, y a cargo del mayor viajero conocido: las ballenas, que, según la especie, pueden llegar a recorrer 3.000 kilómetros en cincuenta días y darle una vuelta al mundo cada año.

     Y cosida a esa constatación, una pregunta. Así como no conozco ningún gran escritor que no haya sido un gran lector, ¿puede haber un gran escritor que no haya sido un gran viajero? Es sorprendente porque los nombres de escritores marcados por el viaje salen a chorros, de Herodoto a Stevenson, incluso en los lugares menos esperados: cierto que por ejemplo Flaubert fue una suerte de recluso toda su vida, sujeto a la galera de su exigente obra en su casa de Normandía... pero también lo es que hizo un viaje de meses por Oriente que sería la envidia de cualquier gran viajero de hoy, y de la que salió su Salambó. Lo mismo Faulkner... que viajó a París de joven en un viaje crucial para quedar marcado por el cubismo en su novela Mientras agonizo, o Hemingway, Scott Fitgerald, Dos Passos... que hicieron del viaje un sistema de vida, al igual que sus contemporáneos latinoamericanos Borges -juventud en el extranjero y vejez viajera hasta morir lejos-, Alfonso Reyes, Octavio Paz; su primer antecesor, Bernal Díaz del Castillo, magnífico cronista del viaje de Hernán Cortés; y los que vinieron más tarde: Fuentes, Cortázar, Vargas, Donoso, García Márquez... Para qué hablar de Cervantes, una suerte de nómada toda su vida, igual que su caballero andante (qué trabajo envidiable), o Shakespeare, sobre quien no se sabe nada pero se especula con que en los llamados "años oscuros", sobre los que se sabe menos que nada, no le quedó más remedio que viajar porque sabía cosas que solo puede saber un viajero (y tantas otras). Cierto que Balzac encargaba informes sobre la configuración de ciudades francesas que no tenía tiempo de ir a visitar -viajó al final de su vida, al ir a buscar a La Extranjera-, y que lo máximo que hizo Kafka fueron excursiones de domingo: Pero Kafka escribía en alemán en una Praga que no lo era y era por lo tanto un viajero del idioma, igual que Camus, en calidad de pied noir, forastero en su propia patria. Y así. Aunque los hay, Proust sería uno, es difícil encontrar un gran escritor que no sea un gran viajero, hasta el punto de que tienta pensar que la literatura, o es viaje o consecuencia de viaje, o no es.

      Y esa, junto al hecho de que se trata de un gran tema, es la razón por la que he leído Moby Dick por tercera vez.

El verano de hoy del 73

Miércoles 01 Agosto 2012. En Blog

Gerda Taro por Fred Stein. En "La maleta mexicana".

El verano del 73 fue el de mis primeras prácticas en periodismo, en Madrid, cuando decidí abandonar la profesión, y el verano en que fue derribado Salvador Allende, y se acabó, sin retórica, con el principal sueño de muchos de aquella época, o al menos de algunos de mis amigos americanos. Yo vivía en un ático de estudiantes cerca de la plaza de toros, y por las noches sacábamos los colchones a la terraza y nos dormíamos con el ruido de la ciudad, que se acostaba mucho más tarde que ahora. Aunque todavía no se hablaba ni de lejos de cambio climático, el calor era tremendo, y recuerdo que uno salía del metro sin aire acondicionado en la Gran Vía, sobre las tres de la tarde, y sentía fresco. Para escapar de una hora y media de transporte diario, yo me agarraba a la lectura afiebrada de clásicos, como El rey Lear, y así descubrí que usar los libros buenos como vía de escape de trenes abarrotados es uno de los métodos para no olvidarlos nunca.

      Por alguna razón tengo muchos recuerdos de ese verano de sólo tres meses, tal vez porque descubrí el trabajo -el trabajo, casi, en cadena-, y esa es una experiencia difícil de olvidar: al final del primer día sentí la garganta cerrada y los ojos casi húmedos. ¿Así va a ser mi vida, para siempre?, me pregunté. Ahora sé que mi agobio angustiado no venía tanto del trabajo, que cuando merece la pena no asusta ni se contabiliza como tal, sino de la situación de absurdo casi existencialista: había ido a parar a una agencia de noticias para hacer sobre todo prensa rosa, que no por ser bastante más liviana que la de ahora dejaba de ser, ya entonces, porno puro y duro. Una experiencia traumática: venir de la universidad y el debate permanente (y a menudo pedante) de grandes ideas, teatro en mi caso, y viajes, y de relaciones más bien estudiantiles y despreocupadas pero bastante sinceras, para verse inmerso en un mundo enano de tías buenas y cotilleos en el que un acontecimiento podía ser la inauguración de la discoteca de una presentadora de televisión. Bolas de luces y un intenso olor a colillas de Ducados y whisky, de garrafón muy a menudo. La era del Destape... y el cinismo: mi redactor jefe, en complicidad con un productor de cine con técnicas de traficante, era especialista en conseguir la publicación, en toda esa pléyade de revistas porno que en España leen las mamás y las amas de casa, de "reportajes" de chicas estupendas, como supuestas actrices, o cantantes... antes de que hubiesen participado en la primera película o cantado siquiera bajo la ducha. Supongo que él cobraba el impuesto revolucionario pero a menudo ese verano el que escribía el reportaje era yo. Mi jefe me alargaba una foto de la chica y decía: "Se llama Sylvia y es danesa. Tres folios". Y yo, en máquinas de escribir que hacían muy pesadas para que coléricos directores no se las pudiesen arrojar a los redactores que pedían sueldos más dignos, con papel cebolla y dos copias al carbón, escribía: "Su afición son las cucharillas de plata, que colecciona. También le gusta la hípica". Y así... Tres folios. Me hacía un par de esos reportajes o tres en una mañana. Lo juro.

     Al acabar el verano yo había decidido terminar la carrera, pues no tenía valor para decir en casa que abandonaba al cabo de dos años, pero no ejercerla jamás. Hubiese preferido esquilar ovejas. Y sin embargo, había hecho un trabajo paralelo que he vuelto a recordar en este verano, una vida después. Mi compañero Txema Alegre, mayor que yo y ya director de un grupo de revistas sectoriales, en este caso de la alimentación, me había ofrecido la oportunidad de escribir una serie de entrevistas con barmans y camareros. Las que yo quisiera: podía dejar un fondo preparado para que se fuesen publicando a lo largo del invierno, y el dinero que me pagaba me podía venir bien para juntar los meses.

      Y así lo hice: los fines de semana me recorría la ciudad de arriba abajo, en busca de camareros que quisiesen responder a mis entrevistas de principiante, para descubrir que las disfrutaba. Entonces el hecho me sorprendió y ahora me sorprende mi sorpresa: a fin de cuentas, eran entrevistas de verdad -yo tomaba también las fotos- con gente de verdad, y si uno sabe escuchar, eso casi nunca defrauda: todo el mundo termina por tener algo que decir. Además, a su través yo percibía una historia española que comenzaba a ser interesante. El fin de la dictadura se sentía en el aire: yo la dictadura la identifico no tanto con represión, que nunca me alcanzó, sino con algo parecido al aburrimiento, aunque riésemos bastante; un país congelado en un tiempo muy lento. Y alrededor comenzaban a pasar cosas: cierta inquietud en Portugal, por ejemplo, y una Europa todavía de arte e ideas y todavía no de marcas y banqueros horteras. Es posible que fuesen esas entrevistas a las que no di entonces importancia, y el contacto más tarde con un periodismo más real y estimulante en la Transición, las que me permitieran pese a todo seguir en la profesión al acabar la universidad. Y ya entonces, bastante suerte.

     En mi vida también pasaban cosas importantes. Comencé a salir con un grupo de chicas mayores que yo, por ejemplo, y por primera vez en mi vida me vi sopesado como hombre, no como estudiante. Es decir, no en función de mi simpatía o atractivo sino como posible compañero para toda una vida. Eso marca... e intimida. Ahora me hace gracia mi ingenuidad, con el tiempo me enteré de que había sido sopesado -y descartado- desde mucho antes. Sin enterarme, claro.

     Y el 11 de septiembre se produjo el golpe contra Allende, en Chile, donde se encontraban, entusiastas e intentando ayudar en lo que se pudiera a la primera revolución socialista y democrática del continente -por eso mismo se la cargaron, por su peligro de contagio- mi hermano Luis Xavier y varios compañeros de colegio: el pintor Gustavo Zalamea, Ramiro Mariño, Simón Meckler... Todos pudieron asilarse a tiempo en la embajada de Colombia, y allí mi hermano hizo de testigo de la boda de Gustavo con Elba. Gustavo, gran pintor del color y de la sugerencia  literaria, murió hace unos meses de una infección pulmonar remontando el Amazonas...

     Lo cuento porque el proyecto de Allende fue por así decir la guerra civil española de mi generación, el lugar de encuentro de los ideales de una época. Y estos días me lo ha recordado una vez más la proyección de La Maleta Mexicana, un sugerente documental (aunque con algún error grueso y las consabidas frases hechas de algunos acerca de la guerra civil) sobre los negativos que Robert Capa, Gerda Taro y David Seymour, Chim, los primeros y mejores fotógrafos de guerra que se han dado, hicieron en la guerra de España y también el primer exilio, el del cruce de los Pirineos, los terribles campos de Argelès-sur-mer y la travesía marítima hacia la salvación mexicana: Gracias a su generosidad y a la lucidez de su presidente, Lázaro Cárdenas, los mexicanos se ganaron a 50.000 exiliados de la guerra, muchos de ellos muy buenas cabezas, y cómo se nota en aquel país... y cómo se nota en España su ausencia. Por cierto que los negativos de Argelès a mí personalmente me abrieron los ojos sobre la extrema dureza de algo que podría sonar como vacaciones junto al mar, y son un formidable argumento contra la censura correcta y beata que se pretende imponer, y a menudo se impone, sobre las fotos de guerra. Además de otros muchos ejemplos que proporcionaría la guerra mundial, hoy no sabríamos de aquello de no ser por fotos como estas, que supo poner a salvo el chico del cuarto oscuro de Capa, Csiki Weisz, en unas cajas -la maleta- que son ingenio y arte en sí mismo.

    Otras cosas de este verano me han recordado aquel: el calor, sin duda, y también los Juegos Olímpicos. No hubo Olimpiadas aquel verano, pero recuerdo que, en mis entrevistas, una vez le pregunté a un camarero si no hacía ejercicio, en su tiempo libre. "¿Ejercicio?", recuerdo que me preguntó no sin sorna. "¿Tiempo libre? ¿Te parece poco ejercicio el que hago aquí tras la barra?". Y sí, recuerdo que lo calculé; una pequeña maratón todos los días.

    Me parece que desde entonces ya no me inspiran tanto respeto las proezas olímpicas... y, en esta época donde no parece haber muchas grandes causas a la vista, y menos aún grandes causas perdidas, o al menos muchos héroes que organicen su vida en torno a ellas, la usurera y previsible contabilidad de las medallas en función de las banderas me parece siempre bastante miope. Y antigua. 

La pintura de escritor de Gustavo Zalamea

Por: Pedro Sorela Noviembre 2011 En: Blog, Invitado

Me parece que el recuerdo más remoto que tengo de Gustavo es la vez que le vi leyendo un libro en el momento en que los demás regresábamos de bañarnos en el río. Y no era cualquier río. No recuerdo su nombre pero el que atravesaba San Luis, la finca de Carlos Schloss en los Llanos Orientales de Colombia, guardaba tembladores: un pez eléctrico; güios: la boa americana; y rayas, cuyo latigazo en el empeine podía hacer llorar de dolor a un vaquero curtido. Lo sé: lo vi una vez. Y el libro que leía Gustavo no era cualquier libro, al menos no a esa edad. Era, lo recuerdo muy bien, uno sobre la Revolución Francesa. Debíamos de tener unos doce o trece años y estudiábamos todos en el Liceo Francés de Bogotá. Y todos los demás eran amigos desde el jardín de infancia y yo, llegado no hacía mucho de España, era un novato en el sol del trópico, que abrasa sin avisar, emboscado en la calima. No sé si fue en esas vacaciones o en otras cuando me quemé la espalda de tal modo que el médico, en una capital fría encaramada en Los Andes a casi tres mil metros de altura, se creía apenas que eso lo pudiese haber hecho el sol. Guardo de San Luis el recuerdo deslumbrado por una América salvaje que hoy me parece casi un invento imposible de la memoria, del mismo modo que me parece imposible que Gustavo haya muerto en julio, a consecuencia de una infección pulmonar contraída mientras remontaba el Amazonas hacia Brasil, en un viaje largo tiempo deseado.

   Gustavo, que tenía la curiosidad elegida por los antiguos como la definición misma de la juventud; pero no la de la piel sino la del espíritu.

     O tal vez no fue ahí. Tal vez fue la vez en que la balsa-llanta de tractor en que atravesábamos un río crecido por el invierno volcó, la corriente arrastró con violencia la rueda y a todos nosotros agarrados a ella como la cola de una cometa, y el sacudón cuando se tensó la otra cuerda por el árbol a la que estaba amarrado ese pontón rudimentario no nos arrojó al agua para ahogarnos porque hay un Dios y estaba ahí. Así comienza Trampas para estrellas, una novela sólo en apariencia fantástica: con esa historia real.

   Luego los recuerdos dejan de ser de acción y se remansan en una de las aulas del colegio, en la 87 desde la 7ª, la calle más bella del mundo antes de que ahí llegara también la Internacional del Ladrillo, que está escrito llegará a todas partes. Eran unos años hoy tan inverosímiles, lentos y pacíficos que teníamos tiempo hasta para hacer mapas, y los de Gustavo eran sin duda los mejores: exactos, balanceados, no pistas para urbanizadores de montañas o rastreadores de ríos sino para colgar en la pared como paisajes. Eso debiera haber servido de aviso, pero no: con la pesada circunstancia de que era el nieto del poeta Jorge Zalamea, el autor de El sueño de las escalinatas pero también el traductor de Pájaros, de Saint-John Perse, e hijo y sobrino de escritores, en el país de los abolengos y dinastías gobernantes, dábamos por hecho que Gustavo sería escritor o no sería.

     Deberíamos habernos fijado en su letra. De escritor, sin duda, pero también de artista: de los que perduran. Estoy convencido de que un calígrafo neurótico y puntilloso sería capaz de detectar su influencia en la escritura a mano de casi toda la clase. En la mía, sin duda, y se lo agradezco. Según confesiones posteriores, le debo alguna que otra conquista de la época en que los hombres y las mujeres se escribían cartas. Cuando las muchachas me conocían se fugaban, asustadas por mi voz de ogro, pero al principio -estrategias de ogro- las seducía con mi letra.

     Luego Gustavo se volvió pintor y en una sola noche dejó a la ciudad con la boca abierta con sus primeros cuadros de ballenas varadas en el Centro, casi otra ciudad pero el barrio desangelado que él prefería, aunque sólo fuese para llevar la contraria. Nadie las había visto nunca pero los que tenían ojos para ver, y no sólo para confirmar, se dieron cuenta de que estaban ahí, o deberían haber estado desde siempre. Entonces todo el mundo recordó que era hijo de Marta Traba, la crítica de arte de ese momento en Colombia, pero yo no estoy tan seguro de esa causa. Y aquí no tiene que ver el hecho de que Marta me atribuyese la responsabilidad de ser el culpable de que su hijo se corriese la primera gran juerga de su vida. Esa que deja con un atónito guayabo, una descomunal resaca durante una semana y se recuerda toda la vida. Y sólo porque fue en mi casa, aprovechando una ausencia de mis padres, y luego acompañé a Gustavo a su casa, con otro amigo. Una trastada de chicos que por otra parte jamás repetí. Parece una mala película gringa pero de esas minucias está también llena la vida de los grandes. Bien: desde esa noche infausta fui para Marta la "mala influencia", una de esas que a las madres les encanta buscar para atribuirles hasta los suspensos de sus hijos en matemáticas.

     Yo por el contrario creo que la pintura de Gustavo proviene sobre todo de sus lecturas, y no sólo porque respire literatura por los cuatro puntos. Y digo "literatura" en el buen sentido de la palabra, no el de que "cuenta historias", que es lo que habitualmente se entiende por "pintura literaria" y los pintores con razón rechazan. Lo digo en el sentido de que muchos de los cuadros de Zalamea son sobre todo dramáticos y los valores que entran en juego son literarios -la ballena blanca, en este caso negra-, o si se prefiere, simbólicos. Prometo no meterme en la jeringonza habitual de la crítica de arte, el castigo que le envió Dios a los artistas para rebajarles la soberbia y alejarles a los admiradores, pero no deja de ser sintomático que muchos de los cuadros de Gustavo incorporasen a un sujeto visto de espaldas, con la característica mala postura de Gustavo desde niño, pintando sus cuadros como si los escribiera. Y así lo hacía, me parece, y no es casual que en muchos escribiese misteriosos mensajes con su escritura clara de maestro artista.

     Creo además que esa pintura de escritor se forjó sobre todo, no en su casa de poetas y pintores de visita, sino en el colegio. Por extraño que hoy resulte, era un colegio en gran medida literario, con maestros -Vasseur, la Boyé, Dubouillh, Restrepo- que nos marcaron para siempre con la lectura de autores que no perdonan, de Molière, Hugo y Defoe a Balzac, Stendhal y Camus, de Ionesco y Beckett a Saint-Exupéry, el otro, no sólo el del Pequeño Príncipe. Tengo una prueba, pequeña pero de autoridad. No sé si fue Vasseur o Lebot quien años después me dijo un día: "Tenía un buen termómetro: si Zalamea me prestaba atención, es que estaba diciendo algo. Si no, es que decía tonterías".

   Y tengo otra. En las conversaciones que mantuve con Gustavo a lo largo de los últimos cuarenta años en mis ocasionales viajes a Colombia -él era uno de los amigos cuya conversación me hacía cruzar el mar-, la charla era rara vez sobre sus cuadros y sí en cambio sobre mis libros, que conocía bien, incluso los herméticos por exceso de ensimismada ambición -Fin del viento lo leyó en manuscrito- a los que siempre encontraba algo interesante. Una habilidad que por lo general no señala tanto un buen libro sino que descubre a un buen lector. Y por sorprendente que pueda parecer, no hablaba tanto de arte, al menos conmigo -y además creo que tenía ideas para mí discutibles, como por ejemplo su retórica estima de Botero, mito de bulevar en cuya construcción su madre fue decisiva, aunque es verdad que al comienzo sí era interesante-, sino que hablaba de letras, imaginación e ideas -esto es, de literatura- con la suave autoridad de un maestro. Yo en todo caso le escuchaba con atención y a menudo me sorprendía su perspicacia. Y le escuchaba hablar, le interrogaba, sobre la situación en Colombia -un país fácil desde lejos y sumamente complejo y misterioso desde cerca-, y sus ideas no eran izquierdismo, como se suele creer, sino pura cultura política e histórica, sentido común, lucidez y compasión.

   Sin duda ayudaba el que las conversaciones fuesen siempre en su casa -siempre: eludía sin alharaca pero con tenacidad los barrios residenciales del Norte-, casi en el Centro, en la falda de la montaña, por los lados del Bosque Izquierdo. La casa de un artista, sin la menor duda: Había fundido dos o tres pequeñas casas. Gran jardín para dejar entrar la luz trágica de Bogotá a través de ventanales de dos plantas o más, y sin cortinas. Claro está, un frío del carajo por las noches, ruanas y algunas chimeneas, como en una finca de la Sabana. Toda la planta baja era diáfana, en varios niveles, con sus mejores cuadros a modo de mamparas. Y luego el resto de la casa estaba distribuido en apartamentos a razón de uno por cada miembro de la familia: quien quería salir a llevar vida comunal, lo hacía. Y quien no, pues no. Casi una fórmula patentable para mantener familias unidas. Al menos familias de artistas. Y por ahí circulaban varios perros y al menos un gato, todos recogidos en la calle y alguno peligroso tras una vida cruel, que él mantenía manso con su sola presencia.

     He querido mostrar uno de los cuadros que colgaban en el bufete de mi hermano Luis Xavier, que era uno de los dos grandes coleccionistas de Zalamea y se especializaba, muerto de risa pero también conmovido, en los cuadros más grandes y difíciles de colgar por su tamaño o por la delicadeza de los materiales. El cuadro amarillo vertical que Zalamea reproduce en el otro de colores naranja, rojo y gris cielo de Bogotá justo antes de la tormenta colgaba en la casa de mi hermano y está pintado sobre un papel casi transparente. Y lo he hecho no sólo porque ese cuadro de montañas verdes me hipnotiza, incluso con un océano de por medio, sino porque a ambos los unía una amistad peculiar y única: mi hermano fue testigo de la boda de Gustavo con Elba, cuando ambos se casaron, todos ellos refugiados en la embajada de Colombia en Santiago de Chile, en los días siguientes al golpe de estado contra Salvador Allende. También estaba presente Ramiro Mariño, a quien escribí para darle el pésame cuando supe de la muerte de Gustavo.

   Los otros cuadros que aquí muestro son todos los que me regaló a lo largo de los años, o le compré, por cierto que a precios decentes no sólo por ser yo: tenía una visión honrada del oficio de artista, alejado de los especuladores que tanto sabotean la comunicación entre los pintores y el público, a menudo cómplice porque, no sin ingenuidad, cree estar comprando oro. Y, aunque sin duda muy conocido -fue durante años profesor en Bellas Artes- y el presidente envió un avión militar a buscar su cuerpo en el Amazonas, tal vez la razón de que Zalamea no goce todavía en Colombia de la reputación de gran artista que se merece es que lo era.

  • Pedro Sorela

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