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Artículos etiquetados con: Faulkner

El caso de la testigo desjoyada

Miércoles 22 Noviembre 2017. En Blog, Sastrería

El efecto óptico de la columnata recta en el Partenón.

Sastrería / El novelista enfermero

Un amigo mío ha falseado una escena real para que, una vez llevada a una novela, resulte verosímil. La escena real fue que a cierta mujer citada como testigo en un juicio, que acudió al tribunal muy elegante y enjoyada, le decomisó sus joyas una quinqui en un ascensor de los tribunales, y sin que los dos policías presentes hicieran nada; al parecer no miraban en esa dirección. Mi amigo ha situado el robo en una celda de prevención, donde varios reclusos pueden convivir sin policías presentes. Considera que si lo cuenta como sucedió nadie le va creer. Y además no hay pruebas.

      Con lo cual pasa a engrosar el muy nutrido ejército de los escritores que se enfrentaron al mismo problema. Saint-Exupéry contaba que si escribía la altura real de una tormenta de arena, aquello resultaría por completo inverosímil, de modo que para que los lectores le creyesen, la rebajaba, me parece recordar, a una altura humana de diez o veinte metros. Si se piensa, una versión del truco de la columnata del Partenón, que fue construida en ligera curva para conseguir dar la impresión óptica de línea recta perfecta.

    Y no se piense que es algo propio de las novelas estrictamente realistas. Para conseguir la credibilidad en su particular estética (prefiero esquivar la  postalita multiusos de "realismo mágico"), García Márquez añadía ciertos elementos que, en efecto, aportaban el factor decisivo para hacerlos creíbles: si Remedios la Bella sube a los cielos, en Cien años de soledad, es porque sujeta una sábana. Si nos creemos que Mauricio Babilonia va perseguido por una nube de mariposas amarillas es porque la imagen de una mariposa real que se había infiltrado en la cocina de su abuela se quedó fijada para siempre en la memoria del futuro escritor. Si aceptamos las extravagantes relaciones entre humanos y animales en Tabú, la más reciente obra de Álvaro del Amo (Menoscuarto), es porque él hace que los humanos se comporten como animales y al revés, hasta unificarlo todo en su solo mundo sin fronteras atávicas. No recurriré al muy manido monstruoso insecto de La metamorfosis.

    Todo eso, como vemos, está muy estudiado. Es la historia misma de la novela y es probable que sea imposible encontrar una que no haga ese juego de manos en algún momento. Pero lo que me interesa aquí es por qué el novelista cambia la realidad para hacerla digerible, lo que se pone escandalosamente de manifiesto en la pandemia mundial de la corrección política, de la que, me temo, no estamos viendo más que el prólogo, y de un modo muy visible en la nueva moda de falsificar los cuentos infantiles clásicos para "evitarles traumas" a los niños. ¿Por qué no inventan sus propios cuentos correctos? Una estafa en toda regla, un fraude cultural, y con descorazonador éxito comercial y amparo político, además.

    ¿Es un cómplice, el novelista? ¿Un cómplice que falsifica la realidad para hacerla aceptable en un determinado momento de la historia? Sería lo que se desprende de una anécdota de Faulkner que siempre me dio que pensar: en cierta ocasión se incendió el teatro de Oxford, en Misisipí, y cuando llegaron los bomberos Faulkner comentó: "Para una vez que dan un buen espectáculo, nos lo van a estropear", o algo parecido. Desde la visión de un novelista, y Faulkner lo era en estado químicamente puro (no todos lo son), los bomberos venían a estropear una buena historia. A hacerla digerible, literalmente echarle agua y en realidad censurarla.

    En mis años de periodista fui descubriendo uno de los secretos mejor guardados de la profesión, y es algo que en la universidad digo a mis alumnos de cursos avanzados y un poco en voz baja, no vaya a ser que vivan la dolorosa tragedia de creérselo desde el comienzo: Quizá una de las misiones jamás formuladas del periodismo sea, no tanto reflejar la realidad, que para quien sabe mirar es siempre subversiva, como el incendio de Faulkner, sino amortiguarla. Hacerla digerible. Todas esas plantillas con las que se informa de los asesinatos de mujeres, los accidentes de tráfico, las guerras lejanas... Cualquiera de esas noticias, bien contada, como mínimo nos perturbaría el día, nos angustiaría, nos haría pensar. De modo que el periodista sería el enfermero encargado de amortiguar el golpe y, bajo la apariencia de informar, administrar sedantes para que la gente pueda aceptar una realidad incendiaria y dormirse a la hora prevista esa noche.

    Bien, ¿y el novelista? ¿Por qué acepta ese rol de enfermero? ¿No hay una ética del novelista, un mandato que le obligaría a reflejar con fidelidad los incendios que se va encontrando en su novela? Un incendio es fuego y no hay por qué disimularlo. Kafka decía que solo le interesaban las novelas que le derribaban con un gran puñetazo en el pecho. (Él lo consiguió con García Márquez, que lo contó después).

   No lo sé. Ha pasado mucho tiempo desde Kafka y, si existe esa ética, debe de estar de viaje porque hace tiempo no la veo.

Del cine encadenado y otras plagas

Jueves 23 Octubre 2014. En Sastrería

"...un vaquero que se baja de un tren en un lugar de viento polvoriento..." Kirk Douglas en "El último tren de Gun Hill ..."

Sastrería

El otro día, distraído, me topé en una película con una actriz norteamericana que evito -no consigo entender que el mundo entero se rinda a su sonrisa voraz y le paguen piscinas de dólares por películas inmediatamente olvidables-, y ese encuentro a traición me hizo caer en la cuenta de que he visto cientos, miles de películas tipo Hollywood (tipo Hollywood malo, que también lo hubo muy bueno) y todavía no sé muy bien lo que eso ha producido en mi cabeza y en mi alma.

     Lo que ha creado sin duda es una gran habilidad en detectar lo que Marguerite Duras, en su etapa de teórica del cine, llamaba las "cadenas de imágenes". Esto es, con una seguridad del 99%, saber lo que sigue a la imagen de un vaquero con el sombrero sobre los ojos y el revólver escurrido sobre el muslo que se baja de un tren en un lugar de viento polvoriento llamado Silver City. O lo que viene a continuación de la toma de una chica de falda estrecha encaramada en un taburete que mira hacia la puerta de un bar, donde se encuentra la cámara. Sí, esas son las cadenas de imágenes, y lo más descorazonador de jugar a las adivinanzas con ellas es descubrir que, de entrada, a los veinte años uno puede ser ya un gran campeón y sólo un poco más tarde deducir la película -toda la película- con solo ver el cartel. Eso es lo que sucede tras una educación a la sombra del mal cine de Hollywood, que hoy por hoy es universal.

    Lo siguiente que ha producido es un agostamiento de mi curiosidad por los Estados Unidos, los de las ciudades, no sus montañas y desiertos. Los Ángeles debe de ser la única ciudad del mundo, junto con las de los Emiratos, por la que no siento casi interés por asomarme a sus ventanas, y una vez que estuve muchas horas en su aeropuerto lleno de hamburgueserías no sentí ninguna tentación de salir: sospecho que ya la conozco, y que si entro en ella la realidad no va a sumar nada a lo que ya he visto N veces en películas y series que parecen la misma. Cuando fui por primera vez a Nueva York, con quince años, comprobé no sin desconcierto que la reconocía como si hubiese vivido años en ella, y sólo cierta experiencia viajera, y sus museos increíbles, me han hecho ver otras cosas en otras visitas.

    En paralelo inevitable, ha crecido de forma exponencial mi curiosidad por todos estos gigantescos territorios -el 94% del planeta, más o menos- en los que a Hollywood no se le ocurre filmar jamás una película. Y si allí se filma una interesante, compra los derechos para filmar lo mismo en Estados Unidos (¡!). (Ese hecho es casi más revelador que cualquier otro). Y si por casualidad la filma, la película, en esa inmensa parte del planeta, es para reducirla a los simplones estereotipos de Hollywood, fácilmente identificables por ese público adolescente al que al parecer van ahora dirigidos.

      Pero lo que sobre todo ha producido esa colonización masiva de cine encadenado es la progresiva certeza de que -en contra de una superstición generalizada, y tal como descubrieron tanto Faulkner como García Márquez en intensas e infelices experiencias con el cine-, la literatura es sobre todo algo que no se puede filmar (de ahí el nombre de mi libro Cuentos invisibles, dicho sea de paso). Y no sólo sigue siendo una de las artes sin las cuales no sería viable la vida tal como la conocemos, sino que comienza a ser herramienta indispensable para combatir la plaga de la literalidad. 

Dibujando la tormenta

Ensayo. Autor: Pedro Sorela Alianza Editorial, 2006. Páginas: 472. Portada: Ángel Uriarte. ISBN: 978-84-206-4559-9. 

Faulkner, Borges, Stendhal, Shakespeare, Saint-Exupéry. Inventores de la escritura moderna

Prólogo

Este libro debería pedir perdón por romper con algunas de las reglas del juego –la académica, la de la industria nacionalista, la de la correción política y otras-, pero no lo va a hacer pues, como se intenta contar, si de algo han sido víctimas los por otra parte irreductibles autores de los que aquí se habla es justo de esas etiquetas.

Su selección no responde más que al gusto personal de su autor y al único criterio de que el placer de su lectura no defrauda y por el contrario aumenta, a la par que sus enseñanzas decisivas sobre la escritura de nuestro tiempo. Y ello además de la progresiva certeza de que estas enseñanzas no serían posibles sin el conocimiento de las vidas de los autores, incluso en el caso del misterioso Shakespeare, que debemos adivinar entre líneas y legajos. Lo que sin duda discute el vasto malentendido según el cual la literatura es un asfixiante sistema ordenado en función de los más variopintos, no siempre convicentes y en ocasiones bromistas criterios, desde la patria hasta el sexo, o de que la literatura es sólo texto. Más aún, texto cuya principal razón para existir es la de ser interpretados y la interpretación es lo que importa. Como decía Borges, las “universidades crédulas” no hablan de literatura sino de historia de la literatura. A Faulkner, a su vez, no le extrañaba nada que pudiesen hacer los académicos. 

  • Pedro Sorela

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