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Artículos etiquetados con: Doblaje

El doblaje como síntoma

Miércoles 31 Enero 2018. En Blog, Sastrería

Donald Sinden y Grace Kelly, convertidos en hermanos incestuosos por el doblaje puritano.

Sastrería / El doblaje 

El otro día acepté romper una norma que me había fijado hace años, y es no ver una película doblada. La razón es que en esta ocasión no había cines en Madrid que la exhibieran en versión original y me interesaba ver la película: algo de época y de ideas, o sea una rareza, un exotismo. Y en efecto, volví a recuperar una vieja estupefacción, que me ha acompañado toda la vida: cómo es posible tal aberración cultural -personajes de una película hecha con ganas hablando con el acento monótono e igual de los dos o tres clanes que doblan el cine y la televisión en España con el mismo rutinario tedio con que fabricarían salchichón- a principios del siglo XXI y en mitad de Europa... o quizá en uno de sus extremos. Pues de eso se trata. ¿No es el doblaje uno de los síntomas más evidentes de nuestro aislamiento?

     De entrada, nadie lo reconoce. ¿De qué está hablando?, preguntarán muchos: este es el segundo país con más turistas en el mundo, en torno a ochenta millones de personas al año (¡!). Y siguiendo de cerca al primero (Francia), dicen con entusiasmo quienes han malbaratado una costa mediterránea sin recuperación posible, parece ser, aunque nuestros descendientes decidan tirar al mar los espeluznantes rascacielos de la especulación en Benidorm o en Lloret de Mar.

     Es también uno de los fenómenos viajeros más curiosos de la Historia: ¿Acaso ha habido alguna vez tamaña circulación de personas sin que los receptores, es decir nosotros, nos demos mínimamente por enterados? Haga una prueba: cuántos españoles conoce usted que se hayan hecho amigos de uno, dos o tres de esos turistas, o incluso extranjeros que no sean turistas, y tengan conversaciones con ellos que vayan más allá de si va a hacer sol o no. Entre otras cosas porque siempre hace sol, es aburridísimo (de ahí los ochenta millones). Y viceversa: cuántos extranjeros conoce usted, incluso propietarios de casas en el sur, que tengan algún contacto digno de ese nombre con los nativos. Por un azar tuve la oportunidad de conocer a unos cuantos británicos jubilados, propietarios de casas e instalados en pueblos de Málaga y Granada. Y también ellos se creían integrados porque más o menos podían comprar en español (a veces con la ayuda de una gestora hispano-británica, mi amiga), sus casas eran de estilo andaluz, tomaban jamón al aperitivo, diferenciaban entre Rioja y Ribera y se reclamaban expertos en vinos españoles, y los más osados hasta se atrevían a hacer una paella. Poco más. El telediario seguía siendo el de la BBC.

    En realidad el fenómeno no se queda ahí y no es más que la superficie de un aislamiento mucho más hondo. Se podrían elegir muchos terrenos -todos, en realidad-, pero el fenómeno más significativo es el de la universidad, que en España es casi lo contrario de lo que indicaría su nombre: baste indicar que hasta no hace tanto no fue posible instaurar el distrito único -esto es, el derecho de los estudiantes españoles a estudiar en la universidad pública que quisieran dentro de España, siempre que tuvieran la nota requerida-, a causa de la feroz oposición de los caciques de campanario que querían conservar el distrito autonómico, a menudo con universidades de boina y aldea, y en particular las autoridades catalanas. Aún hoy es muy difícil que un estudiante canario o extremeño pueda estudiar en Cataluña, aunque solo sea por la barrera lingüistica. Lo que no se produce a la inversa.

    No se trata ni mucho menos solo de estudiantes, que por cierto no es raro que vuelvan de Erasmus incontaminados por el país de destino pues se han conservado en la salmuera de sus compañeros españoles. ¿Sabía usted que las cátedras de literatura comparada, por ejemplo, no están ocupadas por profesores originarios de esa lengua -alemana, francesa, inglesa...- sino por los españoles que se consideran, como mínimo, con la misma autoridad? Puede ocurrir en algún caso, pero ¿todos? El segundo país más turístico del mundo es también uno de los que menos tienen profesores extranjeros.

    Todo eso, qué duda cabe, ayuda a explicar el inconcebible retraso español en idiomas -este debe de ser el único país del mundo en el que muchos políticos de cincuenta años no se defienden en inglés- que en contra de lo que piensan algunos no es algo racial e inherente al Spain is different, sino producto de un aislamiento deliberado. Cierto que el doblaje fue una forma de censura instaurada por el franquismo. Esa divertida aberración mediante la cual, en nombre del puritanismo de la época, cuánto más ingenuo que el feroz de hoy, los dos amantes de Mogambo quedaban convertidos en hermanos incestuosos.  Pero no se trata de unas preferencias por un idioma u otro -yo quiero ver con subtítulos las películas en finlandés, del que no sé una palabra- y en realidad parte de un analfabetismo básico: ignorar asombrosamente que una película se compone en un idioma de la misma manera que Chopin componía para piano y no para corno inglés, y suena en ese idioma igual que ha sido filmada en blanco y negro y no en technicolor.

    El equívoco parte de un aislamiento muy anterior, que evoca a Fernando VII y las caenas tras la patriótica victoria sobre los franceses y de paso la Ilustración, la Inquisición guardiana de la religión pero sobre todo de una identidad esculpida en piedra, la expulsión de los judíos y de los árabes... Cuesta remontar al origen. Cierto que a ello se contraponen los tres siglos de imperio español, uno de los menos reacios al mestizaje de todos los grandes imperios.

      La gran cuestión es si ese aislamiento se puede mantener. Y por extraño que parezca, de momento, parece que sí. Sí se puede. Pese a los ochenta millones.

El inglés como síntoma de subdesarrollo

Jueves 05 Junio 2014. En Blog

p.S
 

Si algo ha demostrado el paso del tiempo en Europa en las últimas décadas ha sido la progresiva implantación del inglés en todas partes. Hace treinta, cuarenta años el francés era todavía la lengua pasaporte en la mitad del continente -incluida Flandes, donde hoy es casi imposible que alguien acepte hablarlo-, en tanto que, salvo en Escandinavia, el inglés sólo lo hablaba una pequeña parte de la población, y nada mayoritaria en Alemania, Holanda o Francia, al menos según mi experiencia. Hoy hablan en inglés hasta los franceses -de hecho el francés "moderno" está contaminado de numerosos anglicismos inútiles por puro esnobismo de moda: quién te ha oído y quién te oye-, y el único país que mantiene un considerable y perjudicial retraso en su aprendizaje, como es sabido, es España: este es uno de los poquísimos países del mundo, incluidos muchos en vías de desarrollo, en el que la clase política no habla inglés, salvo la familia Real, Jordi Pujol, Esperanza Aguirre y alguno más, y uno de los más pocos todavía en el que gente alfabetizada y hasta con estudios se da media vuelta si llega al cine y descubre que la película se proyecta en versión original y con subtítulos. Muchos no saben que tal comportamiento es conocido en muchos sitios y se cita como uno de los pintoresquismos del país, igual que los toros, la sangría y el vicio de la siesta que según muchos extranjeros nos tiene enganchados a todos.

     Pues bien: en estas circunstancias los sindicatos de la enseñanza han levantado la bandera de la denuncia y la revuelta para protestar por la iniciativa de la Comunidad de Madrid (para algo que hacían bien en Educación) de contratar a unos cuantos cientos de profesores nativos como apoyo en la enseñanza del inglés en los colegios que han comenzado la experiencia del bilingüismo. Los sindicatos, con esa portentosa lógica que les caracteriza cuando se ponen, consideran que si a los profesores españoles que dan inglés se les pide que sepan los dos idiomas -y habría que ver el nivel de inglés que les piden-, a los profesores foráneos también hay que pedirles el mismo conocimiento. O sea, que sepan español.

     Me he puesto a hacer memoria y no logro recordar haberle escuchado una sola palabra de español a ninguna de las tres excelentes profesoras de inglés que recuerdo de mis colegios (cinco horas de inglés a la semana). Una era clara y orgullosamente escocesa, Miss Hinkley, y de otra nunca supimos si era o no de origen inglés (el acento era inconfundible), pues se llamaba Mrs. Lecaroz pero Lecaroz era su marido y ella, de soltera, se podía haber llamado White o Lansbury. Y queda claro que pedir un conocimiento igual del español a los profesores nativos es lo mismo que impedirles dar clase, siendo así que son los urgentes y necesarios en un déficit español con muchas más consecuencias de lo que se suele creer. Nadie ha cuantificado por ejemplo las pérdidas de los jóvenes españoles que no pueden acceder a trabajos en la Comisión Europea porque siempre están en déficit de idiomas, comparados sobre todo con los nórdicos.

      La petición de los sindicatos me parece tan corporativista y, sí, cerril, que habla por sí sola y no creo que merezca mayor comentario. Lo que, pese a una larga experiencia, me sigue pareciendo asombroso es que esos portavoces del absurdo sigan teniendo este tipo de poder, y que la sociedad española, como siempre ensimismada detrás de los Pirineos, permita que sigan perjudicando a sus jóvenes en aras de no sé qué derechos corporativistas.

     Me recuerda la creación de estudios de literaturas comparadas en algunas facultades. Lo suyo era que se hubiesen contratado profesores originarios de esos países para enseñar Literatura Francesa, Inglesa, Alemana y demás. Pues no: esas asignaturas las enseñan, en su práctica totalidad, profesores españoles. Seguramente formidables especialistas de reputación internacional, aunque yo no apostaría a ciegas por su conocimiento incluso del idioma, como no sea cierta capacidad de lectura en la lengua respectiva. Lo cual me recuerda a su vez, no sé por qué, a un estudiante de doctorado en Filología Española que me dijo que él no leía a Borges porque este era Latinoamericano y por lo tanto no entraba en su especialidad. Sí, un estudiante de doctorado. Y es probable que futuro docente.

Babel era un cine

Por: Pedro Sorela Miércoles 09 Febrero 2000. En Artículos, Cine

Uno de los misterios más inesperados de este tiempo enigmático es por qué no funciona el cine que se ha puesto a mezclar los diferentes acentos del español. No me refiero al lado comercial, que desconozco y que de todos modos no significaría gran cosa, sino a que no funciona en el oído y en el sexto sentido que guía a los buenos directores de teatro y a los cazadores de espías: aquello que pasaba en la Guerra Mundial, cuando pillaban a espías perfectos... por haber olvidado el detalle de fumar con el estilo de su nuevo pasaporte.

Algo falla entre los nuevos directores que al fin se han rendido a la evidencia de que a la postre las verdaderas fronteras, las culturales, se trazan a oído. Es una evidencia un tanto arriesgada pues si bien el oído une lo que parecía distante, también desune cuando chirría, aunque sea levemente. Y eso es lo que sucede cuando el mexicano Arturo Ripstein fuerza la presencia de una española, Marisa Paredes, en la inmóvil fábula de García Márquez El coronel no tiene quien le escriba; o en la chilena El entusiasmo, película-denuncia del nuevo yupismo chileno, donde la aparición de la sensual española Maribel Verdú sólo se sostiene en la endeble coartada de que su personaje es una azafata; o con la participación de españoles metidos con calzador en la película Golpe de estadio, del colombiano Sergio Cabrera (que había acertado con su primera película, de tono muy local), que trata de un asunto tan poco cosmopolita como la guerrilla en aquel país. Y así con otros muchos ejemplos como la casi-plaga de las películas de españoles en Cuba, favorecida por los bajos costos de producción, o Todo está oscuro, en la que la española Silvia Munt, en un viaje a la Colombia del secuestro y la droga para buscar a su hermano, desgrana una colección de tópicos y prejuicios que parecerían los de un folleto de advertencias de una agencia de viajes.

  • Pedro Sorela

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