joomla template

Herramientas
Buscar
Acceder

Pedro Sorela

EBOOKS

             el sol como disfraz       dibujando la_tormenta      historia de      ya vers      portada-aire-mar-gador 

             ladron de arboles      portada-viajes-niebla grande      portada-trampas-para-estrellas grande      portada cuentos_invisibles      portada-fin-viento med  

             portada-huellas-actor-peligro med      cuentamelo      lo-que-miran-los-vagos      banderas sorela      entrevistas sorela

 

cometario_gris

Artículos etiquetados con: Dino Buzzati

Colombia se rompe en archipiélago

Por: Pedro Sorela Jueves 01 Noviembre 2007. En Textos de viaje, Artículos, Viaje

Lugares todavía inocentes. p.S.

Mis amigos no me dejaron quedar mucho tiempo en Bogotá, tras participar en Cartagena en un curso sobre la Ruta Garciamarquiana que además la recorría por la costa Caribe, y al poco me metieron en un coche y me llevaron a la última Utopía.

¿Cómo llamar si no a un lugar en el que grandes pájaros blancos y de pico largo vuelan a ras de agua sobre pequeños lagos tranquilos e iguanas de plata se pasean por prados que parecen haber sido arreglados con máquinas de afeitar? Casas que desbordan el anticuado concepto de bungalow se dispersan por jardines sin límites –es decir de propiedad difusa, como el Paraíso, o acaso éste no pertenece a nadie, de ahí su nombre–, y el mundo en general parece ser un jardín nacido con el único objeto de permitir el crecimiento libre de los sámanos, un árbol que como es sabido por tamaño y belleza sólo puede crecer en el Edén. En nuestro mundo urbanizado no cabría ni en los parques.

Además –y ésa es otra característica paradisíaca, o si se prefiere, Utópica–, no había nadie. Quiere decirse que no se veía a nadie. Alguna vez debe de haber alguien pues los prados afeitados a navaja pueden ser en ocasiones pistas de golf, a veces se adivina alguien a lo lejos, invisible, inaudible e inodoro, y los trabajadores que mantenían todo como en un hotel de lujo lo hacían como en un hotel de verdadero lujo: no se les veía. Cuando pregunté cómo era posible que la piscina de nuestra casa se mantuviese inmaculada pese a tanta vecindad de aves y árboles del Paraíso, me contestaron: “¿No oyes al hombre que viene a limpiarla todos los días a las seis de la mañana?” Pues no, no lo escuchaba pese a que trabajaba a no más diez metros de mi almohada. Su silencio era pues angélico. Y cuando además se les veía, no ocupaban sitio, sabían misteriosamente lo que uno quería antes de pedirlo… y además eran guapos.

Artículos relacionados:

  • Bogotá vuelve a bailar
    • Pedro Sorela

      Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla