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Artículos etiquetados con: Crítica

Gran artista busca que le digan la verdad

Jueves 26 Diciembre 2013. En Blog, Sastrería

p.S
¿Qué habría sido de Flaubert de no haber recibido una crítica tajante de sus íntimos...?

Sastrería / Crítica


Este gran artista está buscando a alguien, pero no un alguien cualquiera sino alguien que le diga la verdad.

    Es una de las cosas que le hace pensar que el tiempo no pasa, y si pasa, hay cosas que pese a todo no cambian: cuando era joven y empezaba también pretendía que la gente le diese una opinión sobre sus obras. Y lo hacían, no era difícil. Pero ya entonces le costaba mucho que alguien lo hiciese con sinceridad. Cuando no mentían sin pudor pues ni siquiera se habían leído el libro, casi siempre se guardaban la opinión verdadera, y ello en el caso de que una opinión, y más si verdadera, sea algo al alcance de todo el mundo, lo que no está claro. Al parecer los que sí la habían alcanzado temían herirle. Interrumpir en plena juventud su proceso creativo, cuando es vulnerable. Y en eso se equivocaban pues nadie puede interrumpir a un artista, cuando empieza, si de verdad lo es. Nada, y mucho menos una crítica, por radical que sea. Me atrevería a decir que al contrario, que una crítica severa y sobre todo miope lo que hace es reforzar al artista.

     Lo cual no quiere decir que no necesitase de esas críticas. Según indicios, todo el mundo las necesita, o las recibe de modo indirecto, como Shakespeare, empresario teatral que podía recoger de forma muy gráfica en taquilla el resultado de sus obras, por lo demás casi siempre indiscutible. ¿Y qué habría sido de Flaubert de no haber recibido una crítica tajante de sus íntimos Maxime Du Camp y Louis Bouilhet tras la legendaria lectura en voz alta de Las tentaciones de San Antonio en la casa de Flaubert, a lo largo de días? Cuando estos buenos amigos le dieron una opinión catástrofe (sobre una obra de la que Faulkner, un siglo después, se mostraría entusiasmado), Flaubert optó por cambiar de rumbo 180 grados y emprendió la creación de Madame Bovary para, no contar la historia de un ama de casa trastornada, como asombrosamente leen algunas críticas contemporáneas, sino transformar la escritura moderna.

     Pero bueno: el caso es que este gran escritor, este inmenso artista que nos ocupa busca que alguien le diga la verdad. Y ahora sí que es difícil. A estas alturas ha ganado muchos premios y ha vendido muchos libros, es numerario de un par de Reales Academias y doctor honorífico de media docena, le señalan disimuladamente con el dedo en los restaurantes y la gente le pide autógrafos en las servilletas, y nadie se atreve a toserle. Y mucho menos a criticarle. ¡Por Dios! ¿Qué sentido podría tener criticar  a alguien que escribe los libros de los que todo el mundo se siente obligado a tener una opinión?: "¿Ya has leído el último de...?"

     Ahí está: que las opiniones son siempre a favor. No ocurre como con Shakespeare -de quien no recuerdo quién decía que resulta inabarcable y a lo más que se podía aspirar era a equivocarse sobre él con cierta originalidad-, pero algo parecido. Además, los comentarios un poco largos y a menudo herméticos de la crítica consagrada, llenos de largos excursos y citas eruditas, están siendo sustituidos por los Me gusta, los retuit o la estrella de Favorito de las redes sociales, y ahora los suplementos literarios languidecen, menguan, cierran o pasan a la otra vida fantasmal de la Red, y ya las Grandes Opiniones tienen que medirse con las pequeñas y no pesan tanto. Ahora el peso de los escritores se mide por el número de megusta y de retuits que son capaces de provocar, y cada uno de esos impactos pesa lo mismo, por más que esté por demostrar que sean capaces de provocar la compra y mucho menos la lectura de los libros. Y en todo ese maremágnum, que además va a toda pastilla, es muy difícil encontrar una opinión sincera y, más difícil aún, armada.

      Parecerá una anécdota pero lo cierto es que el artista la necesita. Con independencia de que vaya a vender muchos libros o le den un premio, otro, que seguro se lo darán, el escritor está metido en una encrucijada. No sabe si ciertas decisiones estratégicas son una genialidad que le meterá en la historia de la literatura, o al menos en un pie de página, o una metedura de pata de las que hunden una biografía. Necesita una opinión sincera. Pero lo único que recibe son sonrisas, palmaditas en la espalda, aplausos, entusiasmos. No es que se sienta solo. Es que lo está.

 

El calificador

Miércoles 04 Diciembre 2013. En Blog, Sastrería

p.S Cartelera
"...es el que escribe el tututú de la década sobre 
las películas de gran presupuesto..."

Sastrería

Usted debiera saber muy bien quién es pero no le conoce. Todos los días es su víctima, y ni lo imagina. Ha llegado al virtuosismo del crimen: cometerlo sin que nadie lo reconozca.

      Se trata de un entusiasta. El que escribe "magnífica", "inolvidable", "el tututú de la década" (trompetas en la lejanía) en las críticas de películas de gran presupuesto que han sido diseñadas por ordenador para romper las taquillas, ganar óscares, colonizar el mundo. Es el que descubre como mínimo una "obra maestra" en el magullado panorama literario -y más rápido cuanto más golpeado-, y le adjudica lo de "genial" a cualquier escritor que gane un premio pactado, y en cualquier caso a los ganadores del premio Nobel. Condición que en su caso es de cita obligada como segundo apellido: Fulano de tal, premio-Nobel-de-Literatura, entre otras cosas porque ese apellido, como el de los príncipes, antes, ennoblece incluso a quien lo pronuncia.

     Como un atleta, come sano y se entrena todas las mañanas leyendo mala poesía y canciones optimistas. Lee también autoayuda, los libros obligatorios de la temporada (una vez tuve un jefecillo que no se creyó nunca que yo no hubiese leído la novela del jefazo), y a Maquiavelo. Puede ser un mandarín cultural o uno de los millones de ciudadano-eco, que se pueden encontrar en cualquier parte. 

    Es el que decide cuáles son los cuarenta principales, y luego, con la complicidad de un ejército de pinchadiscos infiltrados, sordos y crueles, programa ese sucedáneo de música durante horas y horas y en cientos de FMs para arruinar para muchos años el gusto de los jóvenes. Pues el mal gusto de la gente es rentable: abarata prodigiosamente los costos de producción de la música. Y si no lo cree, haga una prueba muy sencilla: ¿Puede alguien tener la capacidad tan siquiera de diferenciar  un clarinete de un saxofón después de haber escuchado durante toda una adolescencia Los cuarenta principales? Es más barato programar música con mesa de mezclas y sin clarinetes y saxofones.

     La gran pregunta es si se trata de un personaje ingenuo o corrupto. Esos artistas que cargan con una mochila de adjetivos y lugares comunes más grande que ellos, como el Papa Noel, ¿de verdad piensan lo que dicen, o simplemente mienten a cambio de un sueldo, casi sueldo mínimo la mayor parte de las veces?

      Vamos a ponernos en que mienten y lo saben (aunque puede que no lo sepan: la capacidad de autoengaño de la vanidad es infinita): ¿Cómo pueden aguantarlo? ¿No les espera así una vejez atiborrada de Prozac para poderlo resistir? ¿Existe un remordimiento del mal gusto o el mal gusto termina por adormecer la conciencia, volver a la gente estúpida? Aquí es donde nadie debe repetir lo de "sobre gustos no hay nada escrito" (cuesta hasta escribirlo). Claro que lo hay, escrito, y mucho. Pero hay que haberlo leído, y los tiempos son alérgicos a la lectura.

     Sospecho que nada lo compensa, ni siquiera el dinero. Imagino que lo que lo compensa es ir creyendo que eso que uno dice es cierto, y que de verdad incide en la realidad y la va modificando. Que esos adjetivos y lugares comunes sí acarrean público a las salas de cine o hacen que más gente descargue canciones, películas, y ahora también libros, e influyen para más en el público de la música de lata y ascensor. Que son ellos los que establecen las jerarquías, al menos en algunos titulares, en los anuncios de las películas y en las contracubiertas de los libros; una minúscula inmortalidad, cierto, pero algo es algo.

     Un viejo espejismo: que es el adjetivo y no el sustantivo el que construye la verdad.

 

Escucha la música de lo invisible

Por: Pedro Sorela Jueves 07 Julio 2011. En Blog

"Una cancha de baloncesto no es el lugar adecuado
para San Francisco, para Messiaen y sus composiciones
a partir de trinos de pájaros..."

El dramaturgo Alfonso Armada, editor de Frontera D,
exhausto en un banco, después, seguro, de dictar la
crónica de la ópera de un amante de los pájaros
en la que el teatro no existe.

Álvaro del Amo, crítico de El Mundo -y él sí que sabe-
víctima también de la crítica de urgencia.

Será sobre la medianoche cuando Andrés de Ávila, crítico de Mensajero, sale de la representación de San Francisco de Asís, en la Arena de Madrid, mira la noche con afán, y jura.

Un juramento está compuesto de muchos mimbres pero, en lo esencial, el juramento de Andrés es contra sí mismo. Tiene 55 años y todavía no sabe que no hay que fiarse de la gente de prensa. Nunca. Bajo ningún concepto: Le dijeron que en Arena habría teléfonos a su disposición y, por supuesto, ahí no hay ni postes de teléfono. Y podría tener un móvil pero no lo tiene: él es un hombre libre. Un hombre libre y tonto: le dijeron que habría teléfonos y él aún se fía de los periodistas.

Y él no es periodista... aunque esa noche, bien a su pesar, se comporte como tal. Una vez más le asalta la duda: un crítico... ¿es un periodista?

Sanabria cree que sí. Sanabria es un joven redactor jefe convencido de que la sección de Cultura es periodismo como el que más, y está dispuesto a demostrarlo. Así espera que le devuelvan a Política, de donde salió exiliado por exigencias de un ministro. La historia es larga (aunque deducible) y no cabe aquí.

- Cultura o la calle, le dijo el director. Y matizó: "O la tele".

- ¿Comentar la tele?, preguntó ilusionado Sanabria. Todo el mundo odia la tele pero en el fondo aspira al trabajo de comentarla en zapatillas. Eso le garantizaría una audiencia de mareo para un cualquier periodista, la gente lee periódicos en los horarios bajos de la tele.

-No, le cortó el director: la cartelera. Ajustar la programación.

O sea, un clásico de la defenestración periodística, y esa es la razón de que Andrés de Ávila, llevado por las urgencias periodísticas de Sanabria, esté buscando un teléfono, a la salida de Arena, por la Casa de Campo. Y no sólo no hay teléfonos. Es que, a medida que se aleja, hay menos gente.

Gente exhausta, además, por las seis horas de representación de la ópera de Messiaen que el nuevo rector del Teatro Real, un sujeto dispuesto a que se hable de él a cualquier precio -aunque a ser posible que sea caro-, se ha empeñado en montar en la Arena: un lugar pensado para partidos de baloncesto, tenis, peleas de gallos o pases de modelos, incluso modelos anoréxicas. Pero no para una ópera íntima y extrema en la que Messiaen, católico, músico y ornitólogo, y no forzosamente por ese orden, quiso mostrar los movimientos en el alma de San Francisco de Asís.

"El alma de los santos no debiera ser confiada a empresarios de conciertos de rock ", piensa dictar Andrés de Ávila (cuando encuentre un teléfono). "Una cancha de baloncesto no es el lugar adecuado para San Francisco, para Messiaen y sus composiciones a partir de trinos de pájaros, ni siquiera para servir al último director del Teatro Real en su afán de impresionar. ¿Para eso nos gastamos 40.000 millones de pesetas (250 millones de euros) en hacer del Teatro Real el teatro de ópera más grande del mundo? (con la ópera de Sidney). No hace veinte años de eso. ¿Para sacar la ópera a un lugar en el campo donde no hay teléfonos? Hacerse el interesante se llamaba a eso cuando yo era niño. Showing off, dicen los ingleses. Épater la bourgeoisie, decían los dramaturgos clásicos. Pero ellos al menos, eran dramaturgos. Ahora se trata más de un gesto de especulador en bolsa intentando llamar la atención".

Andrés de Ávila está furioso, como se ve, y no sólo porque haga calor, no haya teléfonos, le duela una pierna por los muy incómodos asientos, pensados para gente que está de pie, dando botes por el rock, y sobre todo porque le obliguen a hablar de Messiaen como si se tratara de un crimen, un terremoto o la fuga de un almirante de la Armada en una patera. Está furioso porque el tiempo se le echa encima y él ya ha visto a sus competidores tomando notas afanosamente: Álvaro del Amo, de El Mundo -y él sí que sabe, aunque sólo sea porque es novelista, dramaturgo y cineasta, o sea un experto en ópera- en uno de los descansos cuando debería estar tomando una copita de champán en el comedor de "Protocolo" para los enchufados: hasta en eso la horterada y el novoriquismo se han desbordado sin control. O el dramaturgo Alfonso Armada, editor de Frontera D, exhausto en un banco, después, seguro, de dictar la crónica de la ópera de un amante de los pájaros. Reconvertida por los de "marketing" en gran pretexto para que los periodistas de Cultura se relaman con las palabras grandilocuentes tan propias de esas páginas: "Histórico", "Acontecimiento", "Era" (como "Era Geológica" pero aplicado a un manager), etcétera.

Y como todo aquel a quien le acosa el tiempo, A de A está furioso porque este se le echa encima. Ya es casi la una y él, como Cenicienta, le han dicho -la imaginación de muchos  periodistas es previsible como un telediario- no debe transmitir más tarde de la una y media.

- Bajo ningún concepto, le ha dicho Sanabria.

- Y qué pasa si me paso.

- Pues que plantaremos una plancha de publicidad y el director se suele poner de muy mal humor por publicar publicidad que no paga. Además ya sabes que es muy aficionado.

Cierto. El director de Mensajero, al igual que los de casi todos los demás periódicos. Va con el sueldo, el rango, el prestigio, la aureola. A partir de cierto nivel ya no es posible ser aficionado al fútbol, a las gambas y ni siquiera al cine con subtítulos, y hay que ir a la ópera. Qué es lo que hace que los banqueros, los grandes notarios del Reino y los directores de periódico se traguen El anillo de los nibelungos con cara de ensimismada felicidad, siendo así que muchos no sabrían ni reconocer Para Elisa en el piano y también baten palmas en el concierto de Año Nuevo que transmiten desde Viena, es algo que aún no ha sido explicado de forma satisfactoria, pese a que dura ya un par de siglos.

Por si acaso, A de A, crítico cenicienta, no quiere averiguar qué es lo que pasa si no llega a tiempo.

- Oiga, le dice a una mujer que anda por ahí y que no parece tener prisa por huir de nada. ¿Me podría prestar su teléfono? Es para dictar una crónica.

- ¿Una qué?    

- Una crónica, una crítica de ópera. Es que... y más o menos A de A se lo explica. Y cosas que suceden -quizá es julio, quizá el calor, tal vez una inversión-, la mujer va y se lo presta. Es una mujer bastante distinta de las ya un poco calcinadas por el sol y perfumadas que, con vestidos de boda veraniega, han escuchado impávidas las seis horas de ópera mística que suponen como una suerte de consagración social. Como veranear en barco. Nada que ver con la Casta Diva.

Señor, Señor,

Música y poesía

Me han conducido hasta ti...

Escucha la música de lo invisible, canta San Francisco

La mujer del móvil tiene una falda que parece un cinturón, unos zapatos que si se cae de ellos se mata y un sujetador más grande que su top, pero en el fondo no es tan distinta. Como las señoras de la función, su interés cultural es genuino. Siempre quiso saber qué era eso de la ópera, a qué sonaba, y qué diablos, de todas las cosas raras que le han pedido, esta es la más rara. Y sólo tiene que prestar su teléfono. Es aerodinámico, fucsia y rosa, y de fondo de pantalla tiene el retrato de un niño, del que no habla nunca. Pero funciona.

O sea que la mujer escucha. Escucha a Andrés de Ávila dictando la crónica, y a su través algo pilla. De lo que es la ópera y del alma de San Francisco, y de Messiaen cuando viajaba al otro extremo del mundo para escuchar melodías de pájaros desconocidas hasta por los santos.

  • Pedro Sorela

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