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Pedro Sorela

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Parabólicas de adosados

Por: Pedro Sorela Domingo 10 Febrero 1991.

En una cualquiera de las urbanizaciones de adosados que adelantan el futuro de Madrid. El marido llega, se quita la corbata, echa un vistazo al telediario, jura contra el gobierno, se avergüenza de la oposición, apaga antes de que lleguen las noticias de guerras y de hambrientos, se dirige a la cocina, mas que l echar una mano, para comerse una patata frita. Entonces descubre el último monda-patatas que se ha comprado su mujer, seducida a traición en un programa de madrugada: un monda-patatas realmente extraordinario que no requiere el más ligero esfuerzo y además –explica ella con el entusiasmo con que le ha comprado también al vendedor justamente para circunstancias como ésta–, con una sola palanquita se puede reciclar como linterna para el coche y cepillo anticaries para el perro.

Bronca.

Dos o tres horas después. Ella se está limpiando el cutis y, a través del espejo del tocador, observa a su marido quitarse la camisa para ponerse la chaqueta del pijama. “¿Qué has decidido?”, pregunta con la voz aterciopelada de las preguntas a mala idea. “Qué he decidido de qué”, responde él, que lo sabe muy bien porque es el tema que suele surgir cuando él permite que se le vea la panza de la felicidad. Desgraciada curva que a ella le trae a la memoria atléticos profesores de tenis seduciendo a amas de casa en los telefilmes de la hora de la siesta. “Qué has decidido respecto al gimnasio” dice ella. Puede ocurrir que entonces él decida aplazar la guerra y diga: “el lunes” memoriaon en el asiento trasero traseroa de insistir los hom:res de estas urbanizaciones se hacen atasco'a la altura de su rei; balones fuera. O puede ocurrir que ese día el atasco haya sido particularmente malo y le conteste: “Iré , gimnasio cuando tú estés como Jacqueline Bisset, que tiene tu edad”.

Y en este caso, bronca.

Noche de sábado, cualquier hora después de medianoche, tiempo semanal que los habitantes de los chalés adosados reservan para su bíblica ración de felicidad y a la vez coger carrerilla. Esta noche han procurado ser amables el uno con el otro y han evitado hablar de política, ya sea de la familia política, ya sea de la política vecina: una diputada a Cortes con traje de chaqueta, peinado salvaje, ojos de metal y mandíbula geométrica. Él se ha moderado con las copas, ella fríamente, no. Cuando finalmente han cubierto el primer capítulo de ritos –desde que empezaron en el asiento trasero los han ido depurando hasta poderlos repetir a ciegas y de memoria–, ella se levanta de pronto, sin avisar, llama por teléfono a su amiga Arantxa y le habla a gritos. O va a la cocina a a poner el lavaplatos, que por la noche es más barato y también le habla a gritos. O rebusca en el botiquín y se corta también le habla a gritos. O rebusca en el botiquín y se corta un padrastro.

Esta escena se produce a menudo en todo tipo de chalé adosados: el tipo A, el tipo B, el tipo C, e incluso el tipo D. Con tresillo de tres plazas o de cuatro. Con televisores de 24 pulgadas o de 30. Entre votantes del PSOE o del PP. Ingenieros, abogados o funcionarios. En invierno como en verano. Gritos en el medio, como en un ritual salvaje y primitivo. Hasta que los mandos, astutos y solidarios como sólo ellos saben ser, averiguan con la ayuda de expertos, sondeos y estadísticas, que ese peculiar comportamiento de sus parejas no es otra cosa que la pausa de la publicidad.

No hay que preocuparse, no es particularmente peligroso. Es lo que ocurre si se ve mucha televisión, que sus ritmos más profundos se meten en los huesos y terminan por gobernarlos. Ése es el fenómeno que los sicólogos (conductistas) han terminado por reconocer con el nombre de Síndrome del detergente, un nombre machista, sin duda, toda vez que dude a los detergentes de lavadora que insisten en comprar las señoras. El Síndrome no alude en cambio al tono de entrenador de fútbol dando excusas el domingo por la noche que adoptan los maridos cuando esa misma madrugada no han estado a la altura de su reiterada circunstancia.

Lo cual se produce con preocupante insistencia. Mas es discutible que ello se deba a la televisión. Puede que el secreto se encuentre en los atascos. A fuerza de insistir los hombres de estas urbanizaciones se hacen atasco-adictos.

  • Pedro Sorela

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