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"Los libros que escribimos tienen una vida misteriosa"

Pedro Sorela Miércoles, 23 Marzo 1994

John Berger, 1994

"Los libros que escribimos tienen una vida bastante misteriosa, que tiene poco que ver con nosotros", dice John Berger en el tercer año de su relación con España, cuando el club de seguidores que tiene en este país -pequeño pero entregado- crece a ojos vista. "Y digo escribimos", añade, "porque raro es el libro escrito por una sola persona; por lo general intervienen muchas más, empezando por quienes dieron pie a los personajes". Lo que ha sucedido con el libro Corkers freedom, una novela escrita hace treinta años bajo la influencia de Joyce, refleja bastante bien lo que ocurrió con el propio Berger. Aunque obtuvo buenas críticas en Inglaterra, no vendió más allá de unos 1.500 ejemplares, y parecía que había vivido su vida. Reeditada ahora en Estados Unidos, The New York Times y otros aseguran que se trata de una obra maestra, y ha iniciado entonces una segunda existencia. Algo similar ha sucedido con buena parte de la obra de Berger, londinense de 68 años, personaje de imposible catalogación, pintor, profesor de dibujo, crítico de arte (El sentido de la vista, Alianza Forma), poeta, novelista, ensayista, dramaturgo, guionista de cine (entre otras, de varias películas de Alain Tanner, como Jonás, que cumplirás 25 años en el año 2.000).

Quizá la explicación provenga de una observación que hizo el martes, en el museo del Prado, en su conferencia sobre Velázquez: "Al contrario de lo que se cree, arte y vida no son paralelos e infinitos", vino a decir. "En definitiva, la historia de la expresión artística es la de la lucha por encontrar nuevas formas que reflejen nuevas realidades".

G., por ejemplo, es una aproximación al mito de don Juan muy propia de nuestro tiempo. Y sin embargo, transcurre en Italia, antes de la Primera Guerra Mundial. "Es que en aquel tiempo y lugar se dieron condiciones al don Juan que no se repitieron luego: Las mujeres eran consideradas propiedad de los hombres, y el don Juan no puede vivir en una sociedad con la mujer libre. Existía una cierta paz en la vida cotidiana -elemento igualmente indispensable-, y la vida política se encontraba inmóvil".

Después, explica Berger, a lo largo del siglo se ha podido dar la figura de Casanova -alguien que da y sobre todo recibe placer-, pero no la del don Juan, mito a la vez trágico y liberador. Escrita a lo largo de ocho años, "de gran soledad", en París, el sur de Francia y Ginebra, en los años sesenta, G. emparenta con cierto tipo de experimentalismo y maneja la pausa, por ejemplo, el silencio, de una forma que anuncia ya la trilogía Puerca tierra, Una vez en Europa, Lila y Flag (Alfaguara).

"El silencio, es cierto, me preocupaba mucho durante la escritura de G. No es algo que sepa, sino que siento. Creo que los silencios en la escritura tienen que ver con el montaje cinematográfico, que es, con mucho, la parte más interesante del rodaje de una película." Y sigue: "Yo abandoné la pintura hacia los 25 años. Quería ser cineasta, pero para ello se necesita mucho dinero, o una capacidad para acercarse a gente con mucho dinero; y como eso es algo para lo que carezco de talento, y que detesto, lo dejé".

Tampoco está dotado para la redacción -o al menos eso dice-, y esa es la causa de que la mayor parte de sus páginas estén escritas cinco o seis veces. "Cuando terminé G. pensé que al fin había aprendido a escribir. Luego empecé mi obra sobre campesinos (Puerca tierra) y comprendí que mi supuesta habilidad no me servía de nada y tenía -que empezar de nuevo por el principio".

"Después de que el tema me ha elegido", dice, "tengo en la cabeza un esquema preverbal, que no tiene nada que ver con las palabras. Luego escribo en tensión permanente con esa cosa no verbal".

Residente desde hace tres décadas en un pueblo de la Alta Saboya -gracias a lo cual pudo relatar la experiencia de la muerte del campo en una sociedad industrial-, Berger tiene la intención de no moverse de allí en lo que le queda de vida. De momento trabaja en su próxima novela, To the wedding (Hacia la boda), y es incluso posible que esta vez el libro le tome solo tres años. "Rechazo la mayor parte de las invitaciones que recibo. Creo que hay que resistir la presión para que el escritor se convierta en un agente de su obra. Ese es un gran peligro".

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  • Pedro Sorela

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