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Alegría digital

Por: Pedro Sorela Jueves 10 Enero 2013. En Blog

Es sabido que por alguna misteriosa razón que no termino de comprender los editores en español (los lectores) desconfían de los cuentos, y sólo los publican como una suerte de inversión en el autor, invitándole a un café a modo de honorarios, seducidos por él, como víctimas de un chantaje o a punta de pistola. Yo he tenido la suerte de poder publicar cuatro libros de cuentos, gracias a la irresponsabilidad de varias editoras y también amigas (esa sería otra motivación decisiva), y he de decir que la publicación de los cuatro ha sido motivo de gran alegría, precisamente porque se producía contra pronóstico. Al tiempo, desde que en Budapest hice un descubrimiento para mí crucial sobre la escritura del viaje, hace ya años, y que dio pie al primero de esos libros, Ladrón de árboles (descargable en esta página sin costo), me atrevo a confiar en que con ellos desarrollo también una poética algo novedosa, como creo que es -contra la cultura imperante del espejo-, la obligación de toda escritura literaria.

    La publicación digital del cuarto de esos libros, Historia de las despedidas, es para mí una vez más otro motivo de alegría, y no menor. A fin de cuentas, que el libro pueda ser descargado en una pantalla en cualquier parte del mundo, y por un precio que equivale a la mitad de una entrada de cine en España, lo que también digo con alegría, viene a ser como un posfacio coherente con lo que ahí se cuenta. Como tal vez se pueda ver en uno de los cuentos, que se puede leer a continuación, y que propongo, también, en recuerdo de mi amigo Ramón Urizar: "Banquero que ya casi no lo es, viajero a punto de detenerse, muchacha que no quiere ver".

Banquero que ya casi no lo es, viajero a punto de detenerse, muchacha que no quiere ver

Por: Pedro Sorela Domingo 06 Marzo 2005. En Cuentos, Viaje

Supongamos un instante en el Gran Canal, tal como hizo Canaletto en cualquiera de sus cientos de cuadros. Y tomemos por ejemplo a ese individuo, ya no tan joven pero tampoco viejo, que en una lancha-taxi se dirige a velocidad rigurosamente limitada al embarcadero de la Accademia Desde allí seguirá a pie hasta via Campo Santo Stefano, en cuyo Banco di Lavoro entrará con el ceño fruncido, aire ocupado y sin mirar el reloj: lógico, es el director, y sabe además que llega antes que casi todo el mundo. Esa generosidad con su tiempo ayuda a comprender que a sus 37 años sea el director de un banco en Venecia.

Se trata de un trabajo soñado, o al menos, del viaje diario soñado al trabajo sudoroso al que estamos condenados desde que Adán y Eva pecaron en el Jardín: a modo de metro, un vaporetto veneciano. En lugar de la oscuridad del metro en Milán (la ciudad donde nuestro banquero se ganó sus galones), las luces improbables del amanecer, en invierno, o rebotando en las fachadas de los palacios en primavera: Venecia es una de las pocas ciudades del mundo en la que por razones diversas brillan las piedras. Y como compañeros de viaje, venecianos tan convencidos de su linaje que lo exhiben en sus discretos modales de grandes señores, o turistas rindiendo sin fin pleitesía a la ciudad.

Pero algo falla, por decir algo, en este sereno cuadro al modo de Canaletto, y además en este preciso instante: Por ejemplo.¿por qué esta mañana Fabrizio va en taxi? (Se llama Fabrizio, un nombre que es más de héroe que de banquero). Aunque es cierto que dirige un banco y se puede pagar la tarifa de carruaje de los taxis venecianos, aún es temprano y no llega tarde –única remota posibilidad que justificaría el exceso-, y además se le ve cómodo en su asiento, brazos abiertos abrazando el mundo, disfrutando, se ve.

¿Acaso no era así, antes? ¿acaso no disfrutaba al remontar el Gran Canal?

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