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El silencio como táctica de la mezquindad

Jueves 12 Julio 2012. En Blog

El silencio como táctica de la mezquindad

Giacometi quiso
reflejar a
los invisibles,
víctimas, también,
del silencio.

Manuel, 47, canoso, dos hijos y en días más felices aficionado a la pesca de la trucha con mosca, abre el buzón de su casa y, entre nueve papelitos fotocopiados de pintores, fontaneros y señoras serias que se ofrecen para cuidar niños o ancianos, "o lo que sea necesario", ve una carta con su nombre escrito a máquina. Al principio ni reconoce lo que es y luego, al intuirlo, se toma el trabajo de entrar en la casa, apartar la publicidad, y sentarse para abrirlo. Siente su corazón. Y en efecto, un papel encabezado con "Estimado señor" y seguido de "sentimos comunicarle" le notifica que no le pueden contratar. "Necesidades cubiertas", "difícil situación del mercado", etc. Y sin embargo, esa noche Manuel le da un beso a su mujer como los de antes y le hace el amor por primera vez en semanas, si no meses. Y cuando Almudena le hace notar en la charla de después que está más alegre, o menos deprimido, responde: "Hombre, al menos hoy me ha contestado alguien. Y con mi nombre en el sobre. Alguien se ha dado por enterado de que estoy vivo".

   Tres manzanas y media hacia el Este, Rebeca, 34 años y en tensión, ha estado consultando durante todo el día su móvil cada hora, al principio, y luego cada diez minutos, y ha comprobado que el pestillo de silencio no estaba puesto en rojo. Mira en los "WhatsApp" paralelos a ver si se ha comido algún mensaje que recuerde. Pero no: ninguno. Al fin su novio la llama sobre las once, y encima lento y desganado. Y ella, que es una cerilla y se siente en una frontera, no puede más y le pregunta. "Oye: ¿me estás queriendo decir algo con todos esos silencios?" Y él no sabe cómo rellenar con dignidad el que se crea en la línea.

     Y eso que el novio tiene un amigo dramaturgo, gran promesa de la escena, como lo llamó la prensa con su primera obra. Luego estrenó otras dos y ahora se especializa en silencio: "Es fascinante", dice con ojos ya un poco extraviados: "No me contestan. Envío manuscritos al Centro Dramático Nacional y a los teatros del Canal, y no sólo no me contestan sino que los directivos, que hace unos años me animaban a darles cosas para el otoño siguiente, ahora cruzan la calle cuando me ven".

     Más hacia el Este, entrando en los jardines de los ricos, e incluso muy ricos -y no tan evidentes como en otras partes pues en España la exhibición de riqueza sólo se lleva entre los traficantes e intermediarios recién llegados-, un jerarca, un poderoso, le dice (en inglés) a su doncella filipina: "Dígale que no estoy".

   - ¿Y no le puedes decir que estás cenando?, le dice su mujer, saturadita ya un poco de estos "no estoy" que se vienen prolongando desde la luna de miel.

   - No: esa sí que es una impertinencia... Y además tendría que llamarle después.

   Su mujer se pregunta si el jerarca sabe todavía marcar un teléfono, pues al menos delante de ella no lo hace nunca. Siempre es ella la que llama, incluso si es para una reserva o para citar al sastre a que vaya a tomar medidas.

   -¿Cuántas veces no has estado hoy para alguien?, le pregunta su mujer. Es uno de esos días en que viejas dudas deciden pedir al fin una respuesta.

   Y su marido se queda interrupto un instante. "No sé", termina por reconocer, distraído, con la mente ya en alguna gran movida más importante. "Habría que preguntarle a Encarnita". Pues es uno de esos poderosos que llaman a su secretaria con diminutivo... para pedirle cosas que ellos no se atreven a hacer. Como por ejemplo decirle "no" a alguien". O "tal vez". O "quién sabe", o lo que sea. Hablar supone no sólo un esfuerzo sino una merma del poder. El jerarca lleva escrito en las células que, en España, entre las obligaciones de toda persona que asciende, aunque sólo sea a jefe de negociado, a profesor titular, a teniente de tráfico o a rector, figura la de administrar a su antojo el silencio. Cuestión de hacer sentir quién manda.

   Y no está mal elegido como moneda de cambio. Pues el silencio es mucho más valioso que la sal, la seda, la pimienta, el oro o el dólar, y no digamos la heroína. Es una extraordinaria posibilidad: ¿Qué sería de nosotros sin silencio? Seríamos amebas, con todas las enfermedades de las discotecas, que son surtidas y pueden llegar a graves.

   El jerarca y en general el que asciende creen también que de él dependen muchas cosas de otra forma inmanejables. Entre otras, que se descubra lo mediocre que puede llegar a ser. No siempre lo es, cierto, pero ¿y si lo es el día que le da un pronto y decide responder a alguien? No tanto para ganarse el sueldo que le pagan -que a estas alturas él siente le deben por el simple hecho de existir-, sino porque sí. Porque se aburre, como ocurre con frecuencia en los despachos de las grandes jerarquías, donde no suele haber mucho que hacer.

     El hombre siente que su poder va estrechamente relacionado con él, y en eso lleva razón, el silencio es la forma más obvia y fácil de ejercerlo: no se calla quien quiere sino quien puede, así sea arrojando su silencio como un arma contra un parado, una novia indefensa, un artista, cualquier solicitante, para convertir a estos en invisibles como esculturas de Giacometti, que quiso reflejar con ellas a este ejército numeroso de víctimas, también, del silencio. Invisibles porque se les puede responder con silencio. Como ya no hay guerras a tiros y lo de la lucha de clases no está de moda, muchos, ayudados además por las nuevas tecnologías que banalizan cualquier correo y lo convierten en prescindible, muchos se callan porque es su única forma de convertir su importancia en algo que se pueda tocar: una forma rápida, cómoda, indolora y sobre todo inaudible. Nadie pide nunca cuentas por la respuesta hoy más oída en España. No está previsto.

  • Pedro Sorela

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