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El nuevo becario que vale por doce

Miércoles 16 Julio 2014. En Blog

El nuevo becario que vale por doce

"Yo quiero más. quiero hacer lo que no incluye el casi".

Coincidió con el inicio del verano y me presentaron como un becario más: "Se llama Borja y viene para ayudarnos. O sea que portaros con él como buenos compañeros".

     Con los días me fui enterando de que no era cierto: yo no era un becario más. De hecho, todos los años contrataban a veinte estudiantes, y este año habían contratado a doce, además de mí, de modo que si me equivoco esperaban que yo hiciese el trabajo de ocho. Y como cada becario sustituye en verano a un redactor y medio, se puede decir que esperaban de mí el trabajo de doce periodistas.

        Calcularon mal.

     Al principio, lo confieso, me costó algo. No entendía que las primeras dos horas en el periódico se fueran en leerlo, comentar el partido del día anterior, hablar por teléfono con los amigos, y retuitear o poner "me gusta" en los posts de algunos tuits o entradas de Facebook pues yo ya venía tuiteado y gustado de casa. Y luego no terminaba de entender que las noticias que me confiaban para escribir fueran a la postre versiones alargadas o resumidas de lo que ya aparecía en alguna parte. Además de alguna llamada ocasional -y la mayor parte de las veces con interlocutores automáticos-, mi trabajo consistía en cortar, pegar, hinchar el perro un poco (alargar) o comprimir, según el espacio.

     - ¿Esto es el periodismo?, le pregunté pues a Diana, mi redactora jefa, como un millón de becarios antes que yo.

     Se me quedó mirando.

     - Sí. Casi siempre.

     - Pues yo quiero más. Quiero hacer lo que no incluye el "casi".

     Noté que en principio no le gustaba la idea. No me pregunten cómo, esas cosas se saben.

     - Pero es que eso supone salir a la calle...

     - Bueno, en la calle están las noticias, ¿no?

     - Cada vez menos. Y de todas formas: ¿quién haría tu trabajo?

     Aquí es preciso decir que Diana, la redactora jefa, sentía cierta debilidad por mí. Está mal que yo lo diga, me doy cuenta, pero no me han programado con modestia -la modestia es inútil conmigo, si es que es útil con alguien-, y sí en cambio me diseñaron como el común denominador de los guapos que salen en las revistas tontas. Si se hacía abstracción de mi apellido, yo era el príncipe que esperan las suegras, el inteligente aventurero con que sueñan las periodistas.

     O sea que Diana terminó por acceder. Trajo de vuelta a la base a los pocos becarios que habían salido -no protestaron, les alegró volver cerca de las pantallas grandes para navegar a gusto- y les puso a hacer lo que antes hacían siempre: cortar y pegar, trasladar y comprimir. Y a mí me envió a la calle, en busca de noticias, en la convicción acreditada en muchos años de que las noticias suelen encontrarse en los mismos caladeros -la llegada del calor, las fiestas de los pueblos, las corruptelas del concejal de urbanismo, los muertos en la carretera, los grandes amores del verano-, y muchas veces no hace falta ni alargar o cortar las del año pasado. O sea que yo Robot, cronista.

 

  • Pedro Sorela

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