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El ladrón de mejillones (búscase cronista)

Por: Pedro Sorela Viernes 01 Abril 2011. En Blog

El ladrón de mejillones (búscase cronista)

Resúmenes del mundo.

Editor de páginas en la Red, cocinero para ositos Panda, aspirante a becas PC (políticamente correctas), censor y Nuevo Inquisidor, diagnosticador del estado y peligrosidad de los campos de fútbol... todas estas nuevas profesiones, que levantan pasiones, no incluyen la de informador de la Crisis. Quién lo diría...

Quiero decir, nos dan la brasa todo el día con la inacabable mala obra teatro en que se esclerotizan los periódicos, y no dejan entrar a escena al que debiera ser el primer personaje de una crisis: el cronista. Con él empiezan a menudo las obras de Shakespeare y del Siglo de Oro, y con ellos estuvieron hechos alguna vez los periódicos. Quizá por eso se hayan dejado de vender: los periódicos están ocupados hoy por banqueros presentados como héroes, cuando sólo son ricos, igual que en la época de Mario Conde: de eso se asombraba ya en los ochenta un periodista perseguido, asilado en España... ¡y era de derechas! Junto a ellos el reparto incluye a lejanos dictadores sin imaginación ni grandeza; reporteros que escriben de las guerras contra ellos... desde lejos; y políticos que no dejan de repetir lo mismo, una y otra vez, como actores de doblaje que no saben improvisar: sólo repetir frases hasta que ya no digan nada. Ah, y opinadores profesionales que reducen a Liz Taylor a dos oscares, ocho maridos y unos ojos violeta, y luego se niegan a dimitir. Como Gadafi.

El otro día me enteré de que un hombre había sido condenado a pagar sesenta euros por haber robado un puñado de mejillones, y comprendí que he oído hablar mucho de la crisis, que también me afecta, como a todo el mundo, pero nadie me ha informado de ella. Hasta ese día no me había enterado de lo que de verdad puede suponer: pues hay que estar muy desesperado para robar un puñado de mejillones y salir corriendo. No es hambre, no es dinero, sólo angustia. ¿No es esa la misma historia de Jean Valjean? La anécdota de un hombre que roba un pedazo de pan para darle de comer a sus hermanos le sirvió a Victor Hugo para escribir Los miserables, un libro (nada que ver con el cursi musical con el que pretendieron desactivar la obra), que le tomó diecisiete años y es muy probable que influyera para siempre en lo que entendemos por justicia y, sobre todo, en nuestras ideas contra la pena de muerte... como era su propósito. El mismo, por cierto, que inspiró su primer libro, el estupendo reportaje de Nuevo Periodismo El último día de un condenado. Y sin embargo, algo falla porque de momento no hay victorhugos que nos informen -deben de estar exiliados en lejanas islas, mejorando sus manuscritos-, y tuve que enterarme de esa historia tremenda a través de los escritos de dos estudiantes, que habían asistido a una sesión de juicios rápidos para practicar como futuras cronistas judiciales. Esa era la única posibilidad de que alguien escribiera sobre un hombre en el límite, que agarra un puñado de mejillones y se echa a correr.

Esperemos que no. Esperemos que para cuando esas chicas sean periodistas de tribunales algo haya pasado, tendrá que ser algo gordo, me temo, y esas cronistas se fijen en algo más de lo que les marcan los supergabinetes de prensa, las carteras de publicidad de los periódicos y sobre todo muchas horas frente al televisor viendo postalitas de lo que es o deja de ser un criminal.

Por supuesto que no estoy llevando a primera página un robo de mejillones, con la consiguiente multa de sesenta euros. Pero no es menos cierto que, presos de los estereotipos, de los viajes organizados, de la publicidad y las consignas, estamos postergando casi todo lo humano. Lo realmente humano: ¿cuántas historias conocemos de los japoneses gaseados? ¿de los árabes levantados contra tiranos inverosímiles a cuyo lado los de Roa Bastos, Valle, Márquez, Asturias y LLosa parecen opositores? Estamos a punto de que la ceguera se nos vuelva crónica: ya nos creemos que el estado de un campo de fútbol en Lituania es materia de debate nacional durante tres días.

Lo que más me hipnotiza es la impavidez con que los cronistas hablan de ello, la falta de escrúpulos con que los directores les dan espacio.

  • Pedro Sorela

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