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El escritor y su máscara

Miércoles 30 Abril 2014. En Blog, Entrevistas

El escritor y su máscara

José Saramago

Entrevista / La máscara

Existe una primera y gran dificultad cuando se entrevista a un escritor conocido, y es que no siempre es posible -y nunca fácil- sobreponerse a la máscara y llegar a la persona.

      En su día entrevisté a no pocos escritores y una de las conclusiones que fui sacando es que no muchos, si alguno, carecían de un personaje que se sobreponía a su verdadero retrato. Algo que se agravaba entre los veteranos. Incluso los que iban de todo lo contrario, incluso los que iban de venerables pero sencillos maestros anti sistema tenían su personaje... que era justamente ese. Recuerdo a tres y en particular a uno, que en público cumplía de Oscar con el papel de sabio de la tribu y luego en la distancia corta mostraba la capacidad de intriga para obtener premios y distribuir envidias que se atribuye con razón a ciertos cenáculos literarios, y luego en la cena era tan capaz de repetir chistes rijosos y hasta casposos como cualquier mortal.

     Todo ello se producía de forma tan inexorable que uno terminaba por preguntarse si es probable que un escritor que lleva años sobre la escena pueda no copiar a su personaje... lo que por supuesto tiene consecuencias cuando uno mismo responde a la cuarta entrevista en el lanzamiento de su propio libro, que tampoco es el primero. (Si es así, ¿cuál sería mi personaje?, me pregunto en las tardes lluviosas de domingo).

      Lo que interesa en todo caso es el problema que plantea: ¿El periodista está ahí para confirmar un personaje -que es, por otra parte, lo que espera una parte de su público-, o está ahí para comenzar a agrietar la máscara creada en vida y tratar de proponer una imagen más auténtica o por lo menos una faceta menos conocida del totem? Lo que, cuando se consigue, implica algún riesgo: a la gente no le gusta que le toquen a sus ídolos.

     Es una reflexión que me viene tras las más o menos recientes desapariciones de varios grandes escritores como Paz, Fuentes, Mutis, García Márquez o, un poco más alejada, Saramago, entre otros, que con sus respectivas muertes dieron pie a la misma disyuntiva: ¿Es la muerte una ocasión para buscar perspectivas inéditas sobre el muerto o es el momento de fijar en estatua todos los lugares comunes que (se) fueron construyendo a lo largo de la vida? No hace falta que sean escritores: véanse los casos muy visibles de Steve Jobs y Adolfo Suárez.

     El escritor construyendo y fijando su máscara para la posteridad es un clásico, y me remito a los conocidos casos de Byron en el laborioso proceso de construir su leyenda; de Goethe, que incluso reclutó a un amanuense, Eckermann, para que recogiera su pensamiento en conversaciones programadas en una suerte de panteón de palabras; y Chateaubriand, viviendo, tal vez, para unas memorias que todavía resultan irrebatibles porque son de ultratumba. (Además de magníficas).

     Sin duda que resultaba muy difícil entrevistar a personajes monumento como Tolstoi, Kipling o Hugo, y ahí están las entrevistas que nos han legado para atestiguarlo: entre otras cosas porque no parecía que los periodistas de esas épocas se propusieran más  objetivos que el de cinceladores de estatuas, afianzadores de mitos.

    El problema en nuestro tiempo es que no parece factible ser escritor sin haber cursado masters de mercadotecnia y publicidad, en los talleres y cursos de escritura, y que el más tonto se ha dibujado un disfraz de estrella del rock. Y ello, con la ayuda de agentes literarios, gabinetes de prensa y amigos haciendo de asesores de imagen que les han convencido de que ningún paño se vende hoy en el baúl y que no sólo es preciso sacarlo sino, además, venderlo. Vender es una de las palabras clave de la jerga del oficio y la gente se quedaría sorprendida de saber hasta qué punto es de uso común en las redacciones de los periódicos y en el mercado artístico. Y no sólo como intercambio pecuniario sino como proceso de convencimiento, seducción. Quien seduce, vende, y al revés. Y sólo seduce quien se pone una máscara. O sea que el entrevistador lo tiene difícil.

     Todo ello no sería más que una nota a pie de página en el proceloso volumen de la vanidad humana de no ser porque plantea un problema al entrevistador, ya intimidado por la figura del Autor, sobre todo si es uno ya veterano y reconocido. Pues el Autor tiende a esperar que le pregunten en determinado sentido estatuesco, de la misma forma que casi todos los futbolistas esperan que les pidan opiniones sobre fútbol y no sobre ópera. Sucede que el escritor no es tan especializado. Más aún, es o debiera ser lo contrario de lo especializado pues no existe o no debiera existir algo más abierto que un libro, más sujeto a preguntas diversas y hasta inesperadas. ¿Cómo sobreponerse al pedestal, el gran premio, las cifras de ventas, las coronas de laurel, la Academia y los jefes de prensa que conducen en coro a la pregunta: "Háblenos por favor de lo grande que es usted"?

     Lo que no saben esos entrevistadores es que los escritores más interesantes agradecen las preguntas que les sacan de su personaje. Aunque se arriesguen a vender menos.

  • Pedro Sorela

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