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Drama en la portería

Por: Pedro Sorela Martes 28 Marzo 1995.

Drama en la portería

En un edificio residencial cercano al Auditorio sobrelleva el aburrimiento un portero que ya no se resigna a soñar con hacer teatro y, desde hace cierto tiempo, l0 hace: inventa personajes y les pone a hacer cosas en escena. O mejor dicho, sobre personajes ya creados, que son los vecinos del inmueble (profesionales ricachones y un poco aburridos, la verdad), les propone nuevas identidades, y con ellas, nuevas responsabilidades, y luego les manda a la ciudad a interpretar sus nuevos destinos en la vida. Nada de esto sería posible sin el aburrimiento, claro está. El aburrimiento y la soledad son el padre, la madre y hasta el abuelo del arte al comienzo: como después de limpiar el vestíbulo y repartir el correo Paco no encontraba el sentido de la vida ni en la prensa deportiva (ni siquiera los lunes), ni en la del corazón rosa que desechaban las señoras del inmueble, sucedió un día que, sobre el escenario que miraba sin pausa –un vestíbulo de mármol, grabados baratos de bergantines, sofás imitación Chesterfield–, comenzaron a pasar cosas.

Quiere decirse que Paco comenzó a imaginar. Inevitablemente. La primera de sus creaciones no tiene ni siquiera mérito, vista su obviedad y casi se podría decir que necesidad: como en el segundo piso vive una azafata guapa e insolente que no para de recibir los mensajes de amor afiebrado de las victimas que va haciendo en sus viajes transoceánicos en aviones de dos pisos, Paco no encontró inconveniente en reconducir parte e esas misivas –las más tiernas, las más correctas y consideradas­– hacia el cuarto. Allí, en un apartamento lleno de Chopin, vive una de esas mujeres que, pese a reunirlo todo, se van quedando incomprensiblemente solas.

Ni qué decir tiene que Paco está un poco enamorado de ella –y también, un poquito, de la del segundo, aunque ésta no se lo merezca–, y como ni siquiera se le pasa por la imaginación decírselo, lo que hace es intentar aportar un poco de alegría a una existencia cómoda, sin duda, pero previsible. Y en efecto, quizá sean imaginaciones de Paco (que como todos los dramaturgos las tiene visionarias), pero lo cierto es que parece que en la vida de la chica del segundo hay novedades.

Para empezar, el sábado ya se la vio venir, no con una planta verde, como las de siempre, sino roja. Luego resulta que en el tercero vive uno de esos sujetos repelentes a cuyo lado la azafata parece melocotón en almíbar. Uno de esos tíos que se creen que el derecho a ser borde es uno de los extras que van con su BMW con sillones de piel de tigre, y por eso, una vez colmado el vaso, a Paco no le ha quedado más remedio que reconducir parte de la correspondencia que recibe el pobre hombre del quinto, un sujeto que usa sombrero tirolés y es víctima de su pasión por los perros y su corazón generoso: casi no puede ver un perro abandonado sin recogerlo y una ONG sin apuntarse.

El resultado es que su pensión de catedrático de Historia de la Música, en su día suficiente, ya no le basta. No para de recibir oficios amenazantes, convocatorias a juzgados, suspensiones de pagos, reclamaciones y gritos por escrito, algunos de ellos francamente descorteses y humillantes. Justo esos son los que selecciona Paco. Los desprende con cuidado de los sobres originales, recorta si es preciso el nombre si viene en la misiva, y los introduce con cuidado en otros sobres dirigidos al borde junto con toda esa correspondencia inútil que como todos los ricos recibe sin descanso. Y el resultado es espectacular: hace ya un tiempo que la bordez se le ha hundido y empalidecido claramente, en tanto que el del quinto parece un poco menos abrumado. Se diría que siente que la mala racha va pasando. Tiene esperanzas.

Y así va de momento la obra. Dramaturgo concienzudo, Paco observa una y otra vez las escenas, a medida que las arma, y repasa cuidadosamente los efectos. Pule y abrillanta, y suprime si es necesario, en una búsqueda sin pausa de lo que debiera ser y no es, pero alguna vez será. Está tocado por el duende de la escena, el foco, la sombra del público, el teatro y, una vez tocado, ya no hay salvación.

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