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Pedro Sorela

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La batalla sin fin entre el sol y el crepúsculo

Sábado 13 Agosto 2011. Blog, Sastrería

 

gachet

Sustantivo                                           Adjetivo 
El doctor Gachet (foto)                          El doctor Gachet por Van Gogh

Sastrería

Nombrar o calificar

Una de las primeras elecciones es la de decir: sol o decir crepúsculo. Es cierto que las dos son sustantivos pero no hay que fiarse: crepúsculo es un momento del sol, y un momento noble. Sol en cambio se refiere a algo muy concreto: una masa situada a 150 millones de kilómetros de distancia de la tierra, le quedan unos 5.000 millones de años de vida, tras haber vivido otros tantos, y su luz es un tanto perezosa: llega a la tierra tan sólo 8 minutos y 9 segundos después de haber salido de allí. Es lo que diferencia el día y la noche.

Digamos que en el momento de sentarse frente a la mesa, el escritor decide qué va a ser: un científico o un poeta. Es una decisión tan o más crucial que la del músico a la hora de elegir sus instrumentos. Decide escribir de forma objetiva, una entelequia en la que creemos más o menos desde el Siglo de las Luces (tomaría un libro describirlo), o subjetiva, corriente o fatalismo que asciende a los Románticos (otro).

Y parece una elección neutra, técnica, pero no lo es tanto. Por alguna razón hay épocas que imponen o demandan más una elección que otra. Hay tiempos calmados, propicios a tranquilas formulaciones matemáticas en tardes de verano, y hay épocas en que los adjetivos se atropellan en la manos de los escritores y luchan por salir. Esta época quizá sería una de ellas.

Los escritores novatos desconocen que un sustantivo solo no basta, y que la palabra sol no refleja ni reflejará nunca tan solo una masa de fuego o de luz. Que es una palabra cargada de significados muy complejos, y entre otros el tiempo. Más aún: que no se sabe si por sol entendemos más calor que luz que tiempo. O sea que cuidado con ella.

Y los que acuden a crepúsculo, poseídos por la fe, tienden a desconocer que un adjetivo solo no basta. Que son necesarias ciertas condiciones, meteorológicas y gramaticales, para que crepúsculo haga su efecto y no sea, simplemente, una postal. Y una palabra postal está aquejada de una enfermedad severa.

Sustantivos y adjetivos se encuentran inmersos sin fin en las tensiones propias del mercado ideológico, en el que unos y otros creen tener la razón desde el comienzo de la civilización, y que por principio no tiene ni tendrá fin. 

La invención de Agosto

Por: Pedro Sorela Miércoles 10 Agosto 2011. En Blog

p.S
Nubes del medio del mundo.

Durante muchos, muchos años creí que el tiempo inmóvil era un patrimonio de los países del medio del mundo, donde, como es sabido, para saber que el tiempo pasa hay que subir o bajar por las montañas. Sólo así se cambia de clima, y el cambio de clima es, como descubrí cuando fui a aquellos países muy joven, lo que demuestra que el tiempo pasa.

Sí, hay otros indicios, como el paso de las nubes -y el paso de las nubes en aquellos países puede ser alto, dramático y magnífico, al galope-, el paso de las nubes y las fiestas de cumpleaños. Pero en lo esencial, el tiempo no pasa. O pasa -no sé si me explico- menos.

Y así lo fui descubriendo en Bogotá, la ciudad de mi madre, donde pronto pude ver que las bodas, bautizos y entierros se sucedían, yo creía que para ir marcando el paso del tiempo, ya que el clima no cambiaba, pero en realidad para todo lo contrario: los hombres pasaban -nacían, se divorciaban y morían-, entre otras cosas como una forma de disimular una realidad desconcertante: el tiempo seguía igual. El mismo tiempo encapsulado en ciudades inmóviles, el mismo otoño perfecto en uno de los valles más bellos de la tierra, la Sabana de Bogotá, un valle grandísimo situado a 2.600 metros sobre el nivel del mar y un observatorio ideal para el paso de las nubes. El crecimiento demográfico y la conocida alianza de los políticos con las bandas del ladrillo ya se han encargado de condenar a muerte ese valle, permitiendo su urbanización a cualquier precio, y está claro que terminará siendo como el de Ciudad de México o El Cairo, ciudades sin más límites que el mar. Lo estoy viendo.

Aún así, el tiempo no pasa en Bogotá, según he comprobado en últimas visitas, después de años sin ir, y un visitante recién llegado, todavía no familiarizado con el paisaje conservador, puede comprobar el fenómeno leyendo El Tiempo, por ejemplo. El periódico más rico, cuyos titulares, tanto de política como de bodas, entierros y fiestas de noviazgo en clubes de golf, idílicos y encapsulados a su vez en píldoras de tiempo, repiten nombres y temas durante generaciones: son los mismos. Cómo será que incluso el presidente del país pertenece a la familia propietaria del periódico: Un presidente miembro de los Santos dueños de El Tiempo. ¿No es sugerente? No creo que se trate de plantillas ya escritas, que redactores perezosos van rellenando con los sucesivos nombres, sin siquiera cambiar los apellidos, mientras se mantienen impávidos y se diría que inmunes a uno de los cambios sociales más violentos y crueles que se pueden producir -me niego a llamarlo guerra ni revolución, es otra cosa-, y que a este país le han dado la vuelta casi por completo en dos o tres generaciones. Pero lo parece.

- Mamá, ¡las tiras cómicas de los periódicos no cambian nunca!, le dije a mi madre al comprobar, alarmado, que se repetían de un año para otro.

- No, y ya eran las mismas cuando yo era niña, me respondió mi madre.

Pero el tiempo va colocando las cosas en su sitio, todas las cosas, y he terminado por comprender que tampoco son los cambios de estación y de clima los que marcan su paso.

Y la prueba es agosto, que por lo general procuro evitar, yéndome lejos no tanto del calor como de lo agostioso, algo muy concreto que se produce este mes y que, al fin lo se, es lo que inventaron los dioses para demostrarnos, en estas tierras de verano, otoño, invierno, etcétera, que pese a esos disfraces de carnaval el tiempo tampoco pasa por aquí: qué os creíais. Y la prueba está en el cielo azul en donde no sucede nada.

En Agosto, redescubro con la fascinación hipnotizada que producen las culebras, por ejemplo, las ciudades parecen vacías, como es fama, pero se trata sólo de apariencia: en realidad los que se quedan se agrupan con los uniformes de reglamento para la temporada en las terrazas y los lugares de moda (léase "rebaño"), y sobre todo se agrupan, como las ovejas, rebajando sus exigencias intelectuales: la televisión de siempre, aunque simplificada en programas de nivel mental aún más límite, por difícil que parezca, a cargo de gente tatuada, con cadenas y bronceada para mostrar pureza de sangre, y periódicos todavía más simplificados por dos o tres pánicos globales, que de ser posible no entienda casi nadie: eso da mucho juego en las charlas de sobremesa. Montañas rusas en las Bolsas, por ejemplo. O algo que parece el título de una novela perversa: "Prima de riesgo". O asaltos de turbas enloquecidas de alcohol, crack y venganza en lugares civilizados e idílicos como Londres. (Que de idílico nada: hace ya tiempo que Londres ha sido tomado por una alianza de porno amarillo y prestamistas descendientes directos de los de Dickens, y que los bancos de las calles tienen un hierro en la mitad para que a los vagabundos o los amantes impacientes ni se les ocurra acostarse).

Y tampoco hay salvación fuera de las ciudades: Las muchedumbres se agolpan en toda la costa -cincuenta millones de turistas y unos cuantos millones de nacionales-, en un fenómeno ya muy descrito (yo hasta escribí un libro), pero cuyo misterio se mantiene e incluso aumenta: ¿Qué es lo que hace que millones de personas oliendo a aceite bronceador y sentándose en playas donde no se pueden estirar piensen que eso son vacaciones y pongan cara de sufrimiento cuando -un año más y hasta el final de los tiempos- los reporteros de televisión les pregunten qué sienten al volver? ¿Qué es lo que hace que esa gente crea que esas son vacaciones, lo más cercano a la felicidad en el mundo de las catorce pagas y no hace falta entrar en detalles tipo pizzas tóxicas, hoolligans dando alaridos y una cosa que llaman música hasta debajo del agua? ¿Mmm?

Es Agosto.

El tiempo que inventaron los dioses para bajar nuestras defensas.

Para hacernos creer que el tiempo no pasa sino que se diluye en un cielo de azul infinito donde no ocurre nada. O que pasa más despacio, no pesa. Un tiempo que no envejece. 

Cuando es evidente que sí pasa, basta mirarse a los ojos en el espejo -a solas, en silencio, a la sombra y lejos del azul engañoso del cielo-, y eso que vemos, si lo supiésemos todo el tiempo, crearía agitación y tumultos. El tiempo pasa y se dirige hacia no se sabe dónde. Aquí y allí.

Claro que pasa. 

Semprún reescribe lo imposible

Por: Pedro Sorela Jueves 04 Agosto 2011. En Entrevistas

p.S
-¿Estás hablando en serio?
- Por completo, dije, todavía extrañado por la pregunta.

 - ¿Estás hablando en serio?
- Por completo, le dije, todavía extrañado por la pregunta (ahora ya no).
- Pero si escribe en francés...
- ¿Y?, le dije.
- Y fue ministro de Felipe González...
En esta conversación, que mantuve un verano de hará unos veinte años en una cena en un jardín de Asturias con quien es hoy subdirector de un periódico nacional, se concretan los dos prejuicios que en vida relegaron a Jorge Semprún en España, pese a las apariencias, a un ostracismo literario no declarado. Y que me temo continuará cuando hayan terminado los Gloria y le hayan puesto alguna placa en una calle y su nombre a algún instituto. Pero hasta ahí. No creo que los prejuicios -esos prejuicios- vayan a cambiar como para liberar a Semprún de los clichés que ya le sofocaban en vida (no en Europa, donde ha sido un escritor de referencia, como los de antes), y le empiecen a enseñar en serio en aulas de cualquier nivel. Y no es probable que alguna biblioteca de Instituto Cervantes lleve su nombre: ya se perdió la oportunidad de premiar con el Cervantes al más cervantino, por universal, de los escritores españoles del último medio siglo. 

Pero... ¿a quién le importa? Si menciono los premios no es para recordar a estas alturas que la nobleza literaria tiene poco que ver con ellos sino para explicar que se prestase a ganar dos, entre otros -el primer Formentor o el Planeta,-, algo un tanto chocante en un escritor que parecía en las antípodas de la literatura de premio y todo lo que eso supone en España. Se explica un poco en las memorias de Carlos Barral: el Formentor (que conllevaba la publicación en varios idiomas) fue para darle músculo a El largo viaje justo cuando Semprún se disponía a irse de un Partido Comunista todavía soviético, algo que entonces, primeros sesenta, no se hacía impunemente. Y el Planeta (un montón de dinero) para respaldar las Memorias de Federico Sánchez, el libro en el que relata, justamente, su salida del PCE, y cuando éste todavía tenía el poder de colocar etiquetas no visibles, que son las que pesan.

Hasta aquí la crónica social. Pues a mí lo que me interesa es la música de Semprún, esa intuición genial, contemporánea como pocas (y cinematográfica) del vaivén de la memoria y el tiempo, del presente al pasado y al futuro, en El Largo viaje. Que además tuvo enorme influencia. Su talento de dramaturgo, y de pintor para contar con enorme visibilidad y simbolismo con trenes, palabras, ataúdes, números, chimeneas... Su ambición al no conformarse con menos que la lúgubre epopeya central del siglo, y otros temas decisivos en sus guiones. Una libertad en la escritura casi chocante, y adelantada tres o cuatro décadas, que se podía permitir por su conocimiento de las lenguas, literaturas y filosofías francesa y alemana, algo infrecuente en el paisaje español: siempre le recordaré, en una de las dos ocasiones en que le entrevisté, recitando a Aragon: "Mon bel amour, ma déchirure, je te porte en moi comme un oiseau blessé...", y neutralizando unos instantes la pompa burocrática en su despacho de ministro. Y por último pero en primer lugar, el hecho de haber sido, no sólo un escritor de acción -qué diablos, también se puede escribir de fútbol tras haberlo jugado-, sino haber participado en la peripecia central del siglo: los campos de exterminio. Aquella por la que el siglo XX será recordado para siempre, qué le vamos a hacer. Y no como testigo, como se dice, sino como actor: resistente, preso en Buchenwald, superviviente y escritor, y además intérprete a través de la creación: qué más acción que esa. Una experiencia tan fuerte que tuvo que esperar veinte años para que su recuerdo y escritura -un modo de vivirlo otra vez- no le devorase. A eso se refiere el título de su segundo gran libro.

Creo que de Semprún recordaremos El largo viaje y La escritura o la vida: no necesita de más. Ambos -como casi toda su obra- cuentan la misma historia. Igual que Primo Levi con Si esto es un hombre y Los hundidos y los salvados, tratan de lo mismo, fueron escritos con años de diferencia y el segundo con mayor profundidad, el primero con mayor frescura. Sobre los campos se ha escrito mucho, al igual que sobre el Gulag, pero a las obras de Semprún y de Levi se regresa. No porque revelen más sino por la solvencia con que lo hacen. ¿Cómo se puede hablar de lo innombrable, de lo indescriptible, de lo imposible sin estridencias y a la vez con una música que de algún modo reconocemos como verdadera? Ellos lo hacen, inventando casi esa escritura para aclarar una zona en penumbra del ser humano, de la que no teníamos noticia... o la habíamos olvidado en una remota zona de la Historia.

Por todo ello resulta casi pintoresco que se le reprochara escribir en francés o haber sido agitador o ministro. O que se le pida el pasaporte. Reproches de burócratas. De los que viven de las fronteras.

 

Primera versión de este texto en Letras Libres Nº 118. Julio 2011

  • Pedro Sorela

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