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La alegría de Carlos Pellicer

Por: Pedro Sorela Jueves 05 Mayo 2011. En Blog

Carlos Pellicer, "Tarde inesperada". 2005

En casa de Carlos Pellicer, en el D.F., me aguardaba una de las aventuras más extraordinarias de todo un año de viajes: Aprovechando que los demás amigos invitados no llegaban, por alguna de las muchas razones que tal cosa puede suceder en una ciudad océano, me dediqué a buscar algo feo... sin encontrarlo. Ni siquiera feo: algo que no fuese armónico. ¿No es extraordinario? Haga usted la prueba: verá que no puede dar tres pasos ni girar la cabeza más de diez grados sin que lo feo le salga al encuentro como un impuesto por, simplemente, vivir. Lo feo, más quizá que el trabajo con el sudor de la frente, es una parte considerable del castigo impuesto tras la expulsión del Paraíso.

La aventura comenzó nada más bajarme del taxi, en Las Lomas de Chapultepec, y cruzar la verja: ahí sobre la hierba, depositados como al descuido por algún rayo de los muchos que caen sobre la ciudad cuando le da, se encontraban lo que parecían dos piedras, y lo eran, sólo que talladas por los toltecas, hace mucho, con ese don que tenían para la escultura moderna.

Y se desarrolló más tarde -bendita ciudad de México, que siguió reteniendo a los otros invitados durante horas- en el estudio de Carlos, que es como el ideal del cualquier pintor: en una remota esquina de la casa, toda una pared de ventanal inclinado mete en la casa el cielo de la ciudad, que ese día era americanamente gris y amenazaba tormenta. Nada que ver con el cielo marrón que por razones inconfesables tenía amenazada a la ciudad no hace tanto. Pero sí el mismo cielo atormentado que se puede encontrar en toda América, y hasta donde yo sé, sólo en América, que me recordaba los cielos bogotanos en los cuadros de mi también amigo Gustavo Zalamea (tengo uno que me alivia del deslumbramiento a partir de mayo en Madrid), y que desde siempre presta la mejor luz para mirar cuadros. Y esa mañana Carlos me los mostró, uno a uno, comentando algo de vez en cuando pero la mayor parte del tiempo en silencio: otra propiedad del Paraíso que ya casi no recordamos.

Unas obras que de un modo misterioso dialogaban con ese y otros paisajes de México, y tan extraordinarias como las que le he pedido a Carlos para inaugurar la galería de esta página que hace parte, sin duda, de "Diálogos".

En aras de la verdad, he de decir que sí encontré algo un poquito chirriante en la casa de Carlos. Pero fue al final del día y tras rebuscar mucho: una pequeña escultura de Botero que representaba a un marinero, todavía no gordo del todo pero ya apuntando banalidad. El hecho me alivió, pues significaba que Carlos y Julia siguen siendo humanos, y les alcanzan las modas, así sea en una esculturita. Aunque todavía, pese a años de amistad, no conozco el color de los ojos de Julia: Siempre está sonriendo y sus ojos son dos rayitas. Siempre. Su sonrisa hace parte de una alegría que se desprende de toda la casa, tal vez un poco contagiada por los cuadros. O al revés.

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    Por: Pedro Sorela Domingo 01 Mayo 2011. En Blog

    A esas alturas un pensador, más que escritor,
    obsesionado por la deshumanización del hombre

    Recuerdo que cuando volví de entrevistar a Ernesto Sábato por primera vez, mi compañero en El País Carlos Tarsitano, de origen argentino, me preguntó: "¿Y te habló de esto, aquello y lo de más allá?" Carlos, entonces periodista de Internacional y ahora bloguero a caballo entre Madrid y Buenos Aires, había sido reportero de cultura del periódico La Opinión entre los años duros 1970 y 1973. Le dije que sí, y Carlos comentó: "Es de lo que habla desde hace treinta años".

    Esto era al final de los años ochenta, por entonces Sábato se acercaba a los ochenta años y todavía no había firmado el Informe conocido por su nombre, sobre la dictadura argentina. Y en efecto, en la entrevista me había dado esa sensación de estar repitiendo conceptos e ideas ya muy fijas, y también profundas (no siempre es el caso). Es uno de los temores del periodista -del periodista que no busca confirmar ideas previas sino buscar otras-, pues uno de los efectos es que el entrevistador queda convertido en magnetófono, y sus preguntas, en la charla con sonido apenas audible de un matrimonio ya desgastado. Durante mucho tiempo pensé que era una propiedad de los entrevistados mayores, ya sin energía para inventar nuevos enfoques. El caso más espectacular era Cela, que pese a su evidente agudeza daba la impresión de contestar ciertas frases retumbantes le preguntasen lo que le preguntasen. Y el menos, John Berger, que siempre pone una pausa de intensa concentración entre la pregunta y su respuesta, con lo que la primera queda como formulada por alguien muy sabio, aunque sea un humilde reportero de Cultura. Si es o no un truco no lo sé, pero el resultado es que el reportero se siente de verdad incorporado a la conversación y se cumple así una de las primeras condiciones de una entrevista digna del nombre.

    Luego, con el tiempo, llegué a la conclusión de que no tiene tanto que ver con la edad como con el oficio: la gente muy entrevistada termina por repetirse, así sean muy jóvenes. Y lo aprendí también sobre mi propio trabajo de escritor y las actuaciones aledañas. Es muy difícil seguir siendo ingenioso en la quinta entrevista de una mañana, en la gira de promoción de un libro, entre otras cosas porque las preguntas de los reporteros tampoco suelen cambiar mucho. A todo lo cual hay que añadir las bobas técnicas de la publicidad: como políticos, algunos escritores piensan que hay que enviar pocos y nítidos mensajes para ir construyendo cierta "imagen" de "producto" en un "mercado" en el que "compiten" muchos. (No, no es una broma).

    Por el escote de la Princesa

    Por: Pedro Sorela Lunes 25 Abril 2011. En Blog

    Casi un siglo de reinado sobre un imperio menguante...

    Hija, nieta, sobrina y vecina de adictas que la educaron con revistas de porno rosa sin ser acusadas de corrupción de menores, Raquel no era tonta ni lista, normal, pero logró acertar con el tipo de vestido y el escote que llevaría en su boda la futura reina de Inglaterra. Y en consecuencia, la revista Hola, principal patrocinadora de ese "megacontecimientouniversaldelsiglo" la premió con un pase para la boda y una entrada para acudir al baile durante las primeras dos horas. Pasadas las cuales tendría que marcharse pues los casi dos mil reyes, magnates, futbolistas y grandes corsarios invitados "también tienen derecho a su intimidad", según había dicho el heraldo de la casa de Windsor.

    Así que un abogado con un gran diamante en la corbata le hizo firmar un contrato: las ocho marcarían el límite -"the dead line"- y tendría que irse a caballo de las campanadas del Big Ben. Y la condición, por supuesto, era que no revelase, ni corrupta, ni sometida a tortura por las comadres de las tertulias de la televisión, el escote del vestido de la novia: esa era parte de la exclusiva por la que Hola había pagado una cifra casi futbolística. Revelar el secreto sería considerado alta traición. No sólo convocaba a la mala suerte sobre la dinastía reinante sino que hacía efecto llamada del tifus de los paparazzi de los tabloides. Raza, se recordará, que casi se había cargado la monarquía, no hacía mucho, contando qué quería ser y dónde quería estar el príncipe heredero, según se lo decía por teléfono a su otra novia. Una conversación que no podía ser considerada alta política o asunto de estado ni en una novela de Salman Rushdie. Annus horribilis, dijo entonces la anciana Reina, abatida, bajo el puntiagudo gótico inglés de Westminster. La corriente fría del Támesis se colaba bajo su capa de armiño y añadía peso a casi un siglo de reinado sobre un imperio menguante, ya próximo a las dimensiones del reino de Gulliver, y de matrimonio con un señor muy gallardo que tenía sesenta años en el momento de nacer. Y ya entonces iba peinado con gomina.

    Detalle

    Miércoles 20 Abril 2011. Blog, Sastrería

    Detalle
    ¿Mujer con una flecha o con un cordón? 
    Dibujo, puntaseca y grabado. 
    Rembrandt, Rijksmuseum, Amsterdam.

     

    Sastrería

    El detalle construye la historia

    Uno de los momentos más emocionantes del dibujo de Rembrandt es cuando una escena en principio inmóvil se convierte, en virtud de un detalle, una luz, algo en la sombra que miramos desde un poco más de cerca, en una narración. Así sucede con el conocido grabado de Mujer con una flecha¸ que para generaciones fue, en efecto, el retrato de una mujer -¿Venus?- vista de espaldas, y que sujetaba una flecha, seguramente lanzada por Cupido. Pero ojos más atentos a las sombras del grabado han determinado que lo que sujeta no es una flecha sino el cordón de las cortinas de su cama con baldaquín, y que no está sola: en la oscuridad, al fondo de la cama, la observa un hombre apenas insinuado. Dos simples detalles –o una forma de leer distinta- cambian por completo el cuadro y la historia: puede que sea Venus, pero está con Marte, su amante.

    ¿Puede algo así suceder en la escritura? No estoy muy seguro, y si sucede tal vez no sea de una forma tan decisiva. Entre otras cosas porque los ojos del lector están cambiando a toda velocidad y, como desde el tren, los detalles del paisaje se vuelven borrosos.

    P.D. El cambio de lectura es en este caso vertiginoso. Pues pasa de una lectura mítica -Cupido, Venus, una flecha...-, a una más racionalista: el cordón de la cortina en la cama de dos amantes.


    • Pedro Sorela

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