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Carta a Papá

Sábado 12 Mayo 2018. En Blog

¿Quién es? No le conozco. O mejor dicho. No le conocía hasta ahora. Pesa. Y ocupa mucho espacio. No me gusta. No le quiero cerca. Y menos ahora que ya no estás aquí conmigo, papá.

“No habrá un solo día de tu vida en el que no me sientas ahí cerca, acompañándote”, me dijiste unos días antes de morir. Y de momento tienes razón. Pero no sé si es suficiente. Te siento presente, pero te quiero cerca. Quiero poder tocarte, olerte, escucharte… y sé que eso ya no será posible.

Este dolor me quita mucho espacio y te tapa. Me cuesta verte cuando está tan cerca. Muchos que le conocen me dicen que no le de la espalda y le acepte. Que puedo aprender mucho a su lado. ¿Y qué quiere decir eso?

Yo no quiero aceptar que no voy a volver a verte. Que no voy a volver a escucharte descolgando el teléfono con un “Hola saltamontes!”, o explicándome cómo se enciende una chimenea, o describiéndome muerto de risa y de ternura la cara de terror de tus estudiantes al pedirles uno de tus ejercicios, o simplemente mirándome con esa indescriptible mirada de padre.

No quiero aceptar que Adelaida y Olivia no van a jugar contigo a dibujar monstruos comepiedras. O a escucharte pedirles cuando usaran una palabrota que dijeran lo mismo de cinco maneras diferentes, como hacías conmigo.

No quiero aceptar que no voy a volver a verte. Pero sé que tengo que hacerlo. “Hay que aprender a irse”, me decías con la convicción del que ya lo aprendió. Pero es tan difícil cuando el que se ha ido eres tu…

Sé que ahora soy yo la responsable de aceptar tu muerte y reaprender a vivir. A tu lado, por supuesto. Pero sin buscar fuera, sino dentro. Porque sé que estás en mi, y por eso no morirás nunca. Ahora solo necesito encontrarte aquí dentro. Y disfrutar de ti. Esta vez para siempre.

Te quiero papá. Gracias por enseñarme tanto. Por cuidarme tanto. Y por tu amor. Incondicional. Y no es un tópico. Es lo que siento. Tu mejor herencia: Puro amor.

La mentira más gorda con menos palabras

Miércoles 04 Abril 2018. En Blog, Ensayo

Gustavo Zalamea. Pintor dibujando Bogotá.

La suerte, mucha suerte escrita al comienzo de mi destino, quiso que yo tuviese una infancia de piloto de avión, y el colmo, como si me hubiesen premiado, que desde el principio tuve que hablar y aprender en tres o cuatro idiomas, como si hubiese sido un habitante de Babel. Baste como anécdota que mis primeras palabras fueron en italiano (vivíamos allí), y que sin saber que yo sabía, veinte años después, sin haber regresado nunca, entré en una  gasolinera de Veintimiglia, en la frontera entre Francia y Italia, y en perfecto italiano (en italiano, no en eso que suele pasar por tal) pregunté dónde se encontraban los servicios. Que de mí saliera una frase coherente, que un minuto antes yo no hubiese confesado conocer esa frase así me matasen, y que -lo más sorprendente-, que el empleado me contestase en un no menos perfecto italiano y sin mostrar la menor la extrañeza porque yo lo hablase figuran entre las grandes sorpresas de mi vida.

    Los filos de los idiomas no dan para un libro sino en todo caso para una enciclopedia. Se pueden abordar desde infinidad de esquinas, y lo más probable es que el debate quede colonizado de inmediato por todos los tópicos, que son muchos y se agarran como percebes gallegos a la roca, en Navidad, mientras suben los precios. Yo en esta ocasión lo traigo para combatir esa extendida superstición de que el aprendizaje de los idiomas ocupa sitio. Que unos y otros se molestan y hasta se excluyen mutuamente. Y que de todas formas para qué seguimos esforzándonos si al final -tal vez ya estamos ahí- terminaremos todos hablando en inglés.

     El aprendizaje de los idiomas refuerza de modo inmejorable esa superstición todavía mayor de para qué esforzarse en hacer deberes fuera del aula. Puesto que está demostrado hace mucho, dicen, que estos no son más que las coartadas que profesores muy planos han encontrado para, una y otra vez, reducir a sus alumnos a los niveles de su propia mediocridad y el mínimo común denominador de la nueva sociedad tecnológica.

   Y aquí, lo siento mucho, es el momento en que oigo la frase triunfante de nuestra era en España, esa según la cual "esta es la generación mejor preparada de la historia", momento en el que, como si me hubiesen abducido, me entran ganas de coger un revolver y diparar, como le sucedía a Goebbels cuando oía la palabra "cultura". No es posible, me asombro cada vez, decir una mentira más gorda con menos palabras. Ni siquiera una mentira: una falsificación, y nada inocente.

    Parece difícil que se pueda llegar a tal grado de desfachatez, ceguera, falsificación de la historia y lectura errónea  de los datos con esas frasecitas que colocan en un supuesto momento ateniense a la cultura española. Los asombros que provoca son muchos, pero entre los más destacados figura el que, frente a las dolorosas comprobaciones en el aula, donde el autoengaño parecería imposible, profesores y todos estos pedagogos que parecen desembarcados de una flota de ONGs para invadir el mundo con sonrisas como única e imbatible arma pedagógica se empeñen en mirar como un paisaje romántico y renacenista las ruinas a las que nos venimos resignando desde.... desde cuándo: ¿desde Fernando VII y "las caenas"? ¿desde el final del imperio? ¿desde la guerra Civil y la marcha del país de la población más preparada? O puede ocurrir incluso que sea desde la adopción de una serie de trolas que nos tragamos desde la muerte de Franco, cuando nos programaron "borrón y cuenta nueva", como esa de la generación mejor preparada de la historia.

     Y en esas estábamos cuando llegó el ejército de profetas de la pedagogía, en activo desde que Rousseau dijo que el hombre es bueno y la sociedad lo corrompe, y decide que el pecado original es ese pequeño esfuerzo que el escolar tiene que hacer al regresar a su casa y disponer al fin de media hora de silencio, esfuerzo y orden (más o menos) sin que vengan a asaltarle los pitiditos del móvil, que de todas formas vienen. Con demasiada frecuencia esa media hora es el único esfuerzo real que hace: en un paisaje educativo en el que todo esfuerzo que no sea el de meter goles o esforzarse para batir records de algo -canciones, paellas, entusiasmos ante fotos banales-, todo lo que contradiga esos posibles niveles de auto satisfacción son interpretados como castigos. Y los profesores que encargan como deber escribir unas líneas sobre algo, resolver un problema ya no digamos teórico sino tan solo abstracto, y hasta realizar un dibujo, son mirados como represores que no han comprendido que la educación, hoy, es que los estudiantes hagan lo que quieran -de esa ácrata voluntad se desprenderán grandes tesoros de miel y sabiduría-, y si lo prefieren no hagan nada.

    Suele ser nada.

    Se me ha ido el folio sin poder explicar que lo poco que soy se lo debo en muy buena parte a los profesores antediluvianos que, en colegios diversos me ponían deberes casi siempre imposibles, que corregían sin contemplaciones: es más, solían ser ogros y tener lenguas no de fuego sino de ácido, cuyas verdades se graban con más facilidad.  Por lo general los deberes consistían en redactar las temibles "disertaciones" del sistema educativo francés, y resolver problemas de matemáticas, física y química, que a base de pura terquedad personal y vergüenza torera terminé por aprender a resolver, o casi, para mi gran sorpresa, lo cual agradezco infinito cuando comparo mi formación con la de mis amigos "de letras". Y mucho más que sorpresa: para mi gran felicidad, que aún me dura, tras conseguir algo para mí difícil con un esfuerzo que nadie más podía prestarme.

    Tampoco mis padres, que aparte de su apoyo cálido no intervenían. No por falta de voluntad sino porque a partir de ciertos niveles era ciertamente difícil orientarse -también la educación cambió mucho para ellos entre la Guerra Mundial y el 68-, y mientras era feliz robando tiempo para alguna llamada a la chica que me gustase de la clase con el pretetxto, quizá, de pedirle ayuda con las ecuaciones de segundo grado.

    Tiemblo sobre qué habría sido de mí sin esos tiempos de esclavitud antes de la cena, esfuerzo y represión. Para empezar este artículo no existiría.

 

¿Sabe alguien si sigue ahí la otra mitad del mundo?

Miércoles 28 Marzo 2018. En Blog, Experimentación

Nikolai Yezhou, jefe de la NKVD, a la izquierda de Stalin, desapareció a su vez de las fotos una vez cumplido el encargo de miles de asesinatos en las purgas soviéticas.

Además de incendios, magnicidios, colectivizaciones de la tierra e inesperados accesos al poder de personas que firmaban con una cruz, lo primero que se vio, al poco de estallar la Revolución, es que esta había nacido dividida: A un lado los partidarios de quitar, que es por definición lo que mueve a todo revolucionario. Pero al lado, un poco en secreto y sin gritarlo mucho, aquellos a quienes se les habían ido bajando las ganas de quitarlo todo y querían poner, construir también. Construir algo, así fuera plantar una hilera de magnolios. Pues hacer la revolución, como habían soñado y proyectado durante décadas de idealismo y sufrimiento, de planear a quién ejecutar, qué incendiar, qué arrancar de raíz, no bastaba para pasar a la Historia y ser recordado. Y desde el padre de familia hasta el pintor de domingo que se presenta al concurso del ayuntamiento, lo que anida allí en el fondo y no hay forma de saltarse es el deseo de ser recordado, un deseo tan inevitable como que las hojas se van quedando solas en los árboles a medida que se oscurecen los días. Y es raro que te recuerden si solo quitas. Se puede (véanse los grandes asesinos tipo Hitler, Stalin o Mao), pero es raro y como mínimo psiquiátrico.

     Así que la guerra civil se prolongó hasta que las aguas de la revolución se mezclaron y comenzó a salir una sola, más turbia quizá, un poco como el desagüe de las lavadoras, más uniforme. El torrente de la revolución había quitado mucho, salvo las nubes, los cementerios y las tormentas y el calor del verano; lo había quitado casi todo como acostumbra cuando el agua está lo bastante cabreada... Pero al tiempo se fue permitiendo que aquí y allá sobreviviera lo que en los primeros días se había decapitado sin contemplaciones: un palacio o al menos algún torreón, alguna universidad que prefería parecer una academia de inglés, cierto apellido no demasiado largo, aunque fuese el símbolo del pasado (se les había olvidado lo que había llegado a significar pues la revolución también consiste en borrar por lo menos la mitad de la memoria), e incluso el delgado cuello de algún gran talento cuya agitación en la ciencia o la poesía no podía hacer demasiado daño. Además ciencia y poesía suelen ser los primeros elementos que usan los decoradores cuando llega la reconstrucción de la historia, cuando hay que reescribir lo que ocurrió y dar al fin con la verdad, aquella que hizo saltar todo por los aires.

     Y aquí se llega al momento en que es preciso dejar pasar un tiempo. Igual que en un invernadero.

     Para ver lo que ocurre.

     Sí, igual que en un jardín, un huerto, también sucede en un cuento, una novela: hay que detenerse.

     La discusión de si mucho o poco tiempo es otra discusión (y puede ser infinita).

     El autor se ha de detener a ver qué pasa.

     Tiempo.

     Y ello para enfrentar con calma el viejo problema: ¿quién es el autor de todo este asunto?

     Quién es: ¿El que cuenta la revolución? ¿O la Revolución en sí misma? Porque a la postre qué es lo que de verdad importa: ¿quitar lo que había o contar la versión de lo que allí estaba? Eso es crucial.

     Tiempo o no tiempo, es inútil detenerse. Por mucho que nos quedemos a ver el problema, como jugadores de ajedrez sin cronómetro, o compositores de sonetos frente al atardecer, no hay nada que hacer: al cabo se mantendrá incólume el enigma de por qué, tras la revolución, crecieron esas plantas y no esas otras. Se construyeron estos edificios horribles en lugar de dejar florecer los que ya habían brotado antes, prometedores. Por qué galoparon por calles y playas los rebaños de muchedumbres con chanclas, en lugar de otras posibilidades, así fueran con los pies desnudos. Por qué se hicieron estas novelas y esas películas en lugar de otras no tan difíciles de imaginar y cuánto más atractivas...

      En definitiva, tras la revolución se había ido permitiendo construir, pero solo ciertas cosas y en determinadas direcciones, y con sentidos y utilidades que, bien mirados, mantienen su insondable misterio. Al final -si es que en algún momento de ninguna narración se puede decir al final-, al final faltaba mucho de lo que hubiera sido posible y en otras circunstancias habría nacido y florecido.

    Cualquiera se podía dar cuenta. Faltaba mucho, faltaba la mitad del mundo y quizá más.

     O tal vez se trataba de algo todavía más grave: Quizá todavía está ahí, la mitad de mundo, pero ya falta gente que sepa reconocerla y nombrarla. Han entrado en el olvido, la ignorancia. Las cosas necesitan de quien las nombre para poder existir.

    ¿O sea que cuál era? y ese es el verdadero enigma, ¿la necesidad de esa revolución?

  • Pedro Sorela

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