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Sábato atrapado por su sombra

Por: Pedro Sorela Domingo 01 Mayo 2011. En Blog

A esas alturas un pensador, más que escritor,
obsesionado por la deshumanización del hombre

Recuerdo que cuando volví de entrevistar a Ernesto Sábato por primera vez, mi compañero en El País Carlos Tarsitano, de origen argentino, me preguntó: "¿Y te habló de esto, aquello y lo de más allá?" Carlos, entonces periodista de Internacional y ahora bloguero a caballo entre Madrid y Buenos Aires, había sido reportero de cultura del periódico La Opinión entre los años duros 1970 y 1973. Le dije que sí, y Carlos comentó: "Es de lo que habla desde hace treinta años".

Esto era al final de los años ochenta, por entonces Sábato se acercaba a los ochenta años y todavía no había firmado el Informe conocido por su nombre, sobre la dictadura argentina. Y en efecto, en la entrevista me había dado esa sensación de estar repitiendo conceptos e ideas ya muy fijas, y también profundas (no siempre es el caso). Es uno de los temores del periodista -del periodista que no busca confirmar ideas previas sino buscar otras-, pues uno de los efectos es que el entrevistador queda convertido en magnetófono, y sus preguntas, en la charla con sonido apenas audible de un matrimonio ya desgastado. Durante mucho tiempo pensé que era una propiedad de los entrevistados mayores, ya sin energía para inventar nuevos enfoques. El caso más espectacular era Cela, que pese a su evidente agudeza daba la impresión de contestar ciertas frases retumbantes le preguntasen lo que le preguntasen. Y el menos, John Berger, que siempre pone una pausa de intensa concentración entre la pregunta y su respuesta, con lo que la primera queda como formulada por alguien muy sabio, aunque sea un humilde reportero de Cultura. Si es o no un truco no lo sé, pero el resultado es que el reportero se siente de verdad incorporado a la conversación y se cumple así una de las primeras condiciones de una entrevista digna del nombre.

Luego, con el tiempo, llegué a la conclusión de que no tiene tanto que ver con la edad como con el oficio: la gente muy entrevistada termina por repetirse, así sean muy jóvenes. Y lo aprendí también sobre mi propio trabajo de escritor y las actuaciones aledañas. Es muy difícil seguir siendo ingenioso en la quinta entrevista de una mañana, en la gira de promoción de un libro, entre otras cosas porque las preguntas de los reporteros tampoco suelen cambiar mucho. A todo lo cual hay que añadir las bobas técnicas de la publicidad: como políticos, algunos escritores piensan que hay que enviar pocos y nítidos mensajes para ir construyendo cierta "imagen" de "producto" en un "mercado" en el que "compiten" muchos. (No, no es una broma).

Por el escote de la Princesa

Por: Pedro Sorela Lunes 25 Abril 2011. En Blog

Casi un siglo de reinado sobre un imperio menguante...

Hija, nieta, sobrina y vecina de adictas que la educaron con revistas de porno rosa sin ser acusadas de corrupción de menores, Raquel no era tonta ni lista, normal, pero logró acertar con el tipo de vestido y el escote que llevaría en su boda la futura reina de Inglaterra. Y en consecuencia, la revista Hola, principal patrocinadora de ese "megacontecimientouniversaldelsiglo" la premió con un pase para la boda y una entrada para acudir al baile durante las primeras dos horas. Pasadas las cuales tendría que marcharse pues los casi dos mil reyes, magnates, futbolistas y grandes corsarios invitados "también tienen derecho a su intimidad", según había dicho el heraldo de la casa de Windsor.

Así que un abogado con un gran diamante en la corbata le hizo firmar un contrato: las ocho marcarían el límite -"the dead line"- y tendría que irse a caballo de las campanadas del Big Ben. Y la condición, por supuesto, era que no revelase, ni corrupta, ni sometida a tortura por las comadres de las tertulias de la televisión, el escote del vestido de la novia: esa era parte de la exclusiva por la que Hola había pagado una cifra casi futbolística. Revelar el secreto sería considerado alta traición. No sólo convocaba a la mala suerte sobre la dinastía reinante sino que hacía efecto llamada del tifus de los paparazzi de los tabloides. Raza, se recordará, que casi se había cargado la monarquía, no hacía mucho, contando qué quería ser y dónde quería estar el príncipe heredero, según se lo decía por teléfono a su otra novia. Una conversación que no podía ser considerada alta política o asunto de estado ni en una novela de Salman Rushdie. Annus horribilis, dijo entonces la anciana Reina, abatida, bajo el puntiagudo gótico inglés de Westminster. La corriente fría del Támesis se colaba bajo su capa de armiño y añadía peso a casi un siglo de reinado sobre un imperio menguante, ya próximo a las dimensiones del reino de Gulliver, y de matrimonio con un señor muy gallardo que tenía sesenta años en el momento de nacer. Y ya entonces iba peinado con gomina.

Detalle

Miércoles 20 Abril 2011. Blog, Sastrería

Detalle
¿Mujer con una flecha o con un cordón? 
Dibujo, puntaseca y grabado. 
Rembrandt, Rijksmuseum, Amsterdam.

 

Sastrería

El detalle construye la historia

Uno de los momentos más emocionantes del dibujo de Rembrandt es cuando una escena en principio inmóvil se convierte, en virtud de un detalle, una luz, algo en la sombra que miramos desde un poco más de cerca, en una narración. Así sucede con el conocido grabado de Mujer con una flecha¸ que para generaciones fue, en efecto, el retrato de una mujer -¿Venus?- vista de espaldas, y que sujetaba una flecha, seguramente lanzada por Cupido. Pero ojos más atentos a las sombras del grabado han determinado que lo que sujeta no es una flecha sino el cordón de las cortinas de su cama con baldaquín, y que no está sola: en la oscuridad, al fondo de la cama, la observa un hombre apenas insinuado. Dos simples detalles –o una forma de leer distinta- cambian por completo el cuadro y la historia: puede que sea Venus, pero está con Marte, su amante.

¿Puede algo así suceder en la escritura? No estoy muy seguro, y si sucede tal vez no sea de una forma tan decisiva. Entre otras cosas porque los ojos del lector están cambiando a toda velocidad y, como desde el tren, los detalles del paisaje se vuelven borrosos.

P.D. El cambio de lectura es en este caso vertiginoso. Pues pasa de una lectura mítica -Cupido, Venus, una flecha...-, a una más racionalista: el cordón de la cortina en la cama de dos amantes.


Nuevas leyes de las hormigas

Por: Pedro Sorela Martes 12 Abril 2011. En Blog

No sé si le dejarán existir en la Tiranía de los murmullos. Foto: pS

No es cierto que las hormigas trabajen y se agiten todo el día. No las de mi jardín, en todo caso, que trazan en la mitad del patio una raya caprichosa con aspecto de frontera, muy parecida en este caso a la sinuosa y traicionera que, en calidad de periodista, en su día recorrí en helicóptero de la OTAN entre las dos Alemanias. Una lección, por cierto, decisiva, que borró doscientas asambleas en la universidad: el "socialismo real" era una cárcel. Literalmente, con siempre torreones a la vista dispuestos a disparar, alambradas de alta tensión y perros asesinos patrullando. Por eso mismo me resisto a llamarlas "mis hormigas", aunque estén en mi casa.

Viéndolas ahora desde el primer piso, me parece recordar que ya en los últimos años las hormigas, al volver en primavera, se habían mostrado más lentas de lo normal. Aunque puede ocurrir que mi memoria falsifique, como es sabido la memoria elige en el pasado lo que le gusta.

Antes, las exterminaba. Compraba un flit en el supermercado, un lugar donde las comprenden muy bien porque es también un poco hormiguero y, manejándolo como un lanzallamas, las gaseaba. Y tras un par de ejecuciones multitudinarias, las supervivientes aprendían la lección, le pasaban la noticia a sus paisanas con sus microscópicos tamtams, y no volvían... hasta el año siguiente. Igual que las cucarachas.

Pero entretanto viajé algo por Asia y, de algún modo -porque allí nadie te dice nada ni te intenta convencer, esa es quizá la primera novedad-, se me quitaron las últimas ganas de andar matando todo lo que se mueva que todavía tenemos por aquí como un chichoncito en la evolución (un millón de licencias de caza). Y dejé de matar las hormigas, al menos las que no se meten en mi casa, mis calcetines, mi azucarero. Qué diablos, dije, un jardín es su lugar natural, tienen tanto derecho a estar ahí como la lagartija, el par de urracas, los gorriones, los perros del vecindario y hasta los gatos que se pasean por los techos y desagües. De hecho, descubrí que ya no quería matar a nadie cuando un gato gamberro orinó en una hermosa hiedra, hasta quemarla (una hiedra que tarda cuatro años en crecer), y me limité a comprar repelente antigatos. Ni siquiera imaginé otra posibilidad, pese a las sugerencias apenas veladas de mi asistenta, que con sonrisa y voz dulce hacía de Yago con Otelo. Me sentí budista, me sentí civilizado.

Mas todos esos avances de la civilización en mi jardín se me tambalean, sin embargo, ante la progresiva evidencia de que las hormigas han migrado de regreso... para quedarse. 

  • Pedro Sorela

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