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Murmullos en el camino del 2 al 3

Por: Pedro Sorela Miércoles 14 Septiembre 2011. En Blog

p.S
...el tercero que va incorporado al dos cuando me acerco a una mujer

Ya me habían hablado de él, y hasta había leído cosas, todas estupefactas, admirativas y un poco legendarias, como ocurre con los grandes tifones cuando van llegando. No me esperaba que lo iba a ver por primera vez en mi casa, justo enfrente de mí, al otro lado de la mesa de las cenas de amigos, susurrándole cosas al oído de mi amigo Cuauhtémoc, que hablaba con su hijo en México y de vez en cuanto nos decía:

   - México ha quedado en el tercer grupo.

   Y luego, cuando la conversación había despegado de nuevo: "Los rivales de México serán Francia, Luxemburgo e Irak", lo cual decía con intrigante regocijo.

   Y más tarde, cuando la mesa se había repuesto de ese nuevo anticlímax, una nueva revelación, dicha no sin algo de fatalismo mexicano: "No está claro que el Barsa vaya a liberar a Márquez para jugar todo el campeonato".

   Y así, hasta conseguir que los otros siete adultos sentados a la mesa nos fuésemos callando, primero, y luego participando: "Pregúntale en qué grupo ha quedado España". "¿Y Alemania?", todos pendientes de lo que iba retransmitiendo un chavo, un chaval de doce años que veía la televisión en la casa de color zapote de Cuauhtémoc y Patricia en Coyoacán, en el D.F.

   Yo no daba crédito, del mismo modo que no lo da el dramaturgo que escucha risas donde no están previstas, o como una gran cocinera a quien le preguntan si no hay pan para acompañar unos raviolis de calamar. Pues de ambos -cuidado teatro y alta cocina (o al menos arriesgada, para disimular el fraude)- se componen mis cenas de amigos. Y por supuesto que dije: "es la última vez", y aunque no taché a Cuauhtémoc de mi lista de amigos, sí lo puse a la cola en la lista de las cenas.

   Pero al sábado siguiente tuve que asistir a una representación parecida, en casa de Mario y Nicole, a cargo de una señora que consideraba esencial invitar a su hijo a la conversación general. Sólo que su hijo hacía parte de un pequeño ejército de intelectuales-okupas en no sé qué edificio oficial, burocrático y repugnante, y se resistía. La señora nos imponía sus arduos diálogos con él con toda naturalidad, no ya como si no hubiese asistido a la escuela más elemental de modales, que eso no es tan raro, sino como si la humanidad no hubiese hecho otra cosa desde los romanos.

   Y ahí, en ese salón en el que había coincidido con algún que otro protagonista de la Historia, tuve la revelación de que esa era una guerra. Una realidad que yo no iba a poder manejar tachando amigos de las cenas. O pidiéndoles que dejaran sus móviles, apagados, en el salón, una iniciativa que tuve que abandonar pronto pues algunos invitados se resistían con ansiedad parecida a la que ya se podía percibir en algunos cuando en otros salones les pedían que no fumasen o en los restaurantes se demoraban en traer el vino. En mis cenas comenzó a ser normal que alguien se excusara, lo que antes ocurría rara vez. Bajé entonces la guardia y tuve que aceptar que jóvenes mamás le dieran una vuelta a la canguro a la altura del segundo plato, y que los forofos buscaran en sus móviles una respuesta a la crucial, la urgente pregunta "¿qué ha hecho el Madrid?".

     Me pregunto si no fue ahí donde se produjo la derrota que paladeo desde hace algún tiempo.

     Porque, ocupados como estábamos, Eugenia y yo, en lo que se suelen ocupar las parejas tras las cenas, incluso si no han salido todo lo bien que se esperaba y la última botella de vino resultó infame, el bolso de Eugenia se iluminó como si llevase una luz dentro y sonó un apagado zumbido intermitente, suave, susurrante, yo diría que amistoso.

   Recuerdo que me pregunté quién podría intentar colocar publicidad a esa hora -debían de ser las tres o cuatro de la mañana-, y decidí incorporar esa pequeña luz de luciérnaga gigante y su zumbido al fondo de música de Cesarea Evora y las luces tenues, más bajas aún con un chal de Eugenia sobre una pantalla.

   Pero Eugenia no lo pensó así. Rompiendo la perfecta armonía con la que conseguíamos bailar acostados -tal vez no la principal pero sí una de las razones para persuadirnos de estar juntos-, dijo sin una vacilación:

   - Puede ser importante... y se levantó y contestó ahí mismo, de pie, como una Venus alcanzada por una llamada urgente, en mitad de mi habitación. ¿Qué podía ser importante en la madrugada de un sábado de febrero, con brasas rojas aún en la chimenea y la nieve aplazando lo importante hasta el lunes como mínimo?

   Unos años más tarde, y cuando madrugadas de verano y de otoño han sido interrumpidas por sucesivas reencarnaciones de Venus, no he conseguido resolverlo. Pues importante, importante, no lo es casi nunca. Lo que no le impide ser prioritario. Siempre. Estemos haciendo lo que estemos haciendo, el teléfono suena, ella contesta y a continuación se producen -también siempre- dulces susurros, apagadas pero alegres risas, perturbadoras miradas con los ojos entornados evocando otro mundo...

     Nunca logro saber quién es o qué, y no me sirve que me digan "Pilar" o "Sonia" o "la oficina" (jamás un hombre, jamás), o... Ahora ya sé que es un todo uno, el tercero que va incorporado al dos, y para siempre, cuando me acerco a una mujer o a cualquier persona, como antes lo iba el olor a tabaco, la caspa, u opiniones definitivas sobre si los catalanes son de esta manera y los andaluces de esta otra (eso sigue y va a más, como una caspa antropológica, inmune al progreso). Ese tercero es alguien que odia las matemáticas, los pares al menos, y vive para romper cualquier diálogo. ¿El plasta que nunca comprende cuando dos personas quieren estar solas y arroja piedrecitas a las ventanas de los recién casados?

     Pues ese. El que odia el dos y lo desdibuja.

     Multiplicado por decenas, por cientos de millones.

Página en obras

Martes 30 Agosto 2011. En Blog

Volveré tan pronto sea posible.

La batalla sin fin entre el sol y el crepúsculo

Sábado 13 Agosto 2011. Blog, Sastrería

 

gachet

Sustantivo                                           Adjetivo 
El doctor Gachet (foto)                          El doctor Gachet por Van Gogh

Sastrería

Nombrar o calificar

Una de las primeras elecciones es la de decir: sol o decir crepúsculo. Es cierto que las dos son sustantivos pero no hay que fiarse: crepúsculo es un momento del sol, y un momento noble. Sol en cambio se refiere a algo muy concreto: una masa situada a 150 millones de kilómetros de distancia de la tierra, le quedan unos 5.000 millones de años de vida, tras haber vivido otros tantos, y su luz es un tanto perezosa: llega a la tierra tan sólo 8 minutos y 9 segundos después de haber salido de allí. Es lo que diferencia el día y la noche.

Digamos que en el momento de sentarse frente a la mesa, el escritor decide qué va a ser: un científico o un poeta. Es una decisión tan o más crucial que la del músico a la hora de elegir sus instrumentos. Decide escribir de forma objetiva, una entelequia en la que creemos más o menos desde el Siglo de las Luces (tomaría un libro describirlo), o subjetiva, corriente o fatalismo que asciende a los Románticos (otro).

Y parece una elección neutra, técnica, pero no lo es tanto. Por alguna razón hay épocas que imponen o demandan más una elección que otra. Hay tiempos calmados, propicios a tranquilas formulaciones matemáticas en tardes de verano, y hay épocas en que los adjetivos se atropellan en la manos de los escritores y luchan por salir. Esta época quizá sería una de ellas.

Los escritores novatos desconocen que un sustantivo solo no basta, y que la palabra sol no refleja ni reflejará nunca tan solo una masa de fuego o de luz. Que es una palabra cargada de significados muy complejos, y entre otros el tiempo. Más aún: que no se sabe si por sol entendemos más calor que luz que tiempo. O sea que cuidado con ella.

Y los que acuden a crepúsculo, poseídos por la fe, tienden a desconocer que un adjetivo solo no basta. Que son necesarias ciertas condiciones, meteorológicas y gramaticales, para que crepúsculo haga su efecto y no sea, simplemente, una postal. Y una palabra postal está aquejada de una enfermedad severa.

Sustantivos y adjetivos se encuentran inmersos sin fin en las tensiones propias del mercado ideológico, en el que unos y otros creen tener la razón desde el comienzo de la civilización, y que por principio no tiene ni tendrá fin. 

  • Pedro Sorela

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