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La muchacha del falso pelirrojo

Por: Pedro Sorela Domingo 22 Mayo 2011. En Blog, Fragmentos

Dibujo-Fragmento

...Apoyada con un codo en la ventana, contra el amanecer, en una postura que a Kei le pareció la de una suerte de guerrero descansando, de gran elegancia, la muchacha le escuchaba. Kei no entendía muy bien a qué se debía su propio bienestar. Es cierto que se había sentido bien en momentos puntuales desde que llegó refugiado a Madrid tras el desastre de Fukushima: -al volver a ver aire azul y respirarlo, al caminar por El Retiro una tarde de fútbol desierta sin temor a terremotos ni a que la policía le detuviese, al…-, pero nunca tan bien. Como pocas veces, incluso, antes del desastre.

Se preguntó por qué. La chica era como tantas, al menos en parte, y él seguía teniendo el poder de ver más allá de sus capas de maquillaje, de sus ideas hechas y prejuicios, y aún más lejos. Un poder que aún le sorprendía. Hubiese preferido no deberle esos ojos a una explosión nuclear, esas cosas siempre terminan por pagarse.

Podía ver, por ejemplo, que el pelirrojo de la muchacha era postizo y que debajo tenía un pelo negro extraordinario. ¿Cómo era posible que a una chica de pelo negro, negro de verdad, como el de las japonesas, se le ocurriera teñirse? Aunque esta, al menos, no había decidido atentar contra sí misma tatuándose cualquier pequeña banalidad en alguna parte del cuerpo, condenándose a no ir jamás de nuevo desnuda.

No, lo que a Keitu le hacía sentirse bien, esa mañana, un mes después del desastre, era que la chica le oía, le escuchaba con atención. No le hacía preguntas, ni opinaba. Sólo le oía…

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    Por: Pedro Sorela Miércoles 18 Mayo 2011. En Blog

    ¿Será cierto que no ven la fealdad? 
    Suena tan inverosímil....
    Plaza "de los cubos", en Madrid.             p.S.

    Cuando estudiaba en la universidad, a unos amigos míos de Arquitectura les pidieron un proyecto para una "Ciudad de Artistas" -un gueto donde los artistas encontrasen la paz de espíritu que según esa visión de mesa camilla era la necesaria para su arte-, y recuerdo muy bien que mi asombro fue diverso:

    a) Porque a un profesor al parecer alfabetizado, y miembro de una universidad con algún renombre, se le ocurriese una idea tan estúpida. Yo era muy joven y aún creía que un profesor gozaba de una inmunidad, así fuese parcial, al virus más extendido sobre la tierra.

    b) Porque mis amigos arquitectos entrasen al trapo, todos sin excepción (aunque qué remedio les quedaba), y se lanzasen a diseñar todo tipo de utopías sobre esos grandes papeles cebolla o mantequilla, y con gran variedad de reglas de cálculo y escuadras y cartabones que les otorgaban a sus proyectos un carácter de probable verosimilitud (o verosímil probabilidad o algo por el estilo). Cualquier delirio estalinista puede adquirir con esos materiales y el lenguaje que suele acompañarlos una capacidad de persuasión comparable a las que Albert Speer diseñó para Hitler, o Ceaucescu mandó construir en el centro de Bucarest, para destruirlo.

    y c) (entre otras): Que entre esos mismos amigos figurasen algunos que hacían teatro conmigo en el grupo de la universidad. Con los que coincidía en los conciertos de la Sociedad Filarmónica de la pequeña ciudad en la que estudiábamos. Y que participaban en los encendidos debates que tengo asociados a la universidad -a la mía, al menos, pues soy muy consciente de que ya muchos estaban ahí exactamente igual que los bañistas que se tienden sobre las toallas en junio y no se vuelven a levantar hasta el otoño-, y sin decir más tonterías que los demás. A veces, incluso, tenían ideas. (Y no me meto en si leían o no porque ya entonces era mejor no preguntar).

    En síntesis, como dijo mi amigo Dimas Foz, el único que siguió haciendo teatro después: "¿Cómo es posible -les dijo en una de aquellas tenidas en tabernas de mesas largas-, que hagáis teatro y escuchéis música, y al mismo tiempo penséis que se puede construir una ciudad para artistas? ¡De qué artistas estáis hablando! Qué carallo creéis que es un artista, que se le puede almacenar en una esquina como un brick de leche en un supermercado". Dimas es originario de Betanzos, un pueblo entonces de cuento de La Coruña, y aunque durante todos estos años ha viajado hasta volverse políglota (yo creo que por llevar la contraria), por entonces usaba palabras melodiosas como "carallo". Hoy, pasados los años, lo que me asombra es nuestra ingenuidad. Pero no la de los estudiantes de Arquitectura sino la de Dimas y mía, y alguno más.

    Comparación

    Miércoles 11 Mayo 2011. Blog, Sastrería

    Comparación
    Los frescos del renacentista Fra Angelico 
    en el monasterio de San Marcos, en Florencia, 
    agrandan las celdas. Véase: Lección del ángel
    Picasso sabía que cualquier hombre reconoce a otro.

    Sastrería

    La escala humana

    El número de imágenes y de comparaciones posibles es superior, muy superior al de granos de trigo multiplicados por las casillas del ajedrez según el célebre cuento egipcio, y sin embargo tendemos a resignarnos a unas pocas: alto como un armario, ojos como carbones encendidos, etc.

    De la comparación podríamos hablar sin término, pero si alguien dice que un hombre mide 1.80 de alto, por 60 de ancho y 35 de fondo, esa información nos puede servir para desenmascararle como un tecnócrata. Hay muchos, desde que Kant dijo que lo empírico y sólo lo empírico es la única medida aceptable y fue consagrado como el profeta de una nueva religión definitiva y absoluta. Desde entonces sufrimos una sobrevaloración de lo medible. De la cifra. De la estadística.

    Por culpa de Kant las abuelas prefieren los ingenieros a los poetas como maridos para sus nietas, negándose a comprender que un matrimonio depende más del talento para la conversación que de la capacidad para pagar las letras de una hipoteca. El trágico resultado es que la versión más creída de la realidad es la que proporcionan autores  que esconden su falta de imaginación en la melancólica idea de que la verdad se alcanza con básculas y calculadoras.

    Una posible forma de mejorar "el dato", que es tan sólo un indicio de la realidad, suele ser la comparación, y a ser posible la comparación humana: para saber cuán grande es una pirámide ponemos a su lado la figura de un hombre. Y entre pirámide y hombre se establece una relación que comprendemos de inmediato. Un fenómeno, dicho sea de paso, evocador de la metáfora, que descubre parentescos, ocultos hasta que el poeta los saca a la luz.

    La escala humana, como nos enseñaron Grecia y el Renacimiento y combaten los tecnócratas sin cansarse, incluidos los totalitarismos, es la más eficaz de las comparaciones pues es la que comprende cualquier hombre, en cualquier circunstancia. Por eso es la preferida por definición en periodismo, donde las catástrofes, por ejemplo, se miden sobre todo por sus efectos sobre ellos. Es algo que también podemos ver en Shakespeare, otro renacentista, donde la mayor parte de los símiles son humanos... y nos descubren al ser humano.

    "Vuestra belleza que me incitó en el sueño a emprender la destrucción del género humano con tal de poder vivir una hora en vuestro seno encantador".
    (Ricardo III)

    Y en Picasso, que se pudo librar a todo tipo de experimentos, en apariencia muy arriesgados... sobre todo porque había comprendido ese principio: hijo de un profesor clásico de pintura, toda su obra está constituida por variaciones sobre el cuerpo, y variaciones, si se miran con cuidado, muy respetuosas con la escala original.

    Y el cuerpo humano es algo que todos reconocemos sin necesidad de haber recibido ni la primera clase de arte moderno.    

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  • Lección del ángel
  • La alegría de Carlos Pellicer

    Por: Pedro Sorela Jueves 05 Mayo 2011. En Blog

    Carlos Pellicer, "Tarde inesperada". 2005

    En casa de Carlos Pellicer, en el D.F., me aguardaba una de las aventuras más extraordinarias de todo un año de viajes: Aprovechando que los demás amigos invitados no llegaban, por alguna de las muchas razones que tal cosa puede suceder en una ciudad océano, me dediqué a buscar algo feo... sin encontrarlo. Ni siquiera feo: algo que no fuese armónico. ¿No es extraordinario? Haga usted la prueba: verá que no puede dar tres pasos ni girar la cabeza más de diez grados sin que lo feo le salga al encuentro como un impuesto por, simplemente, vivir. Lo feo, más quizá que el trabajo con el sudor de la frente, es una parte considerable del castigo impuesto tras la expulsión del Paraíso.

    La aventura comenzó nada más bajarme del taxi, en Las Lomas de Chapultepec, y cruzar la verja: ahí sobre la hierba, depositados como al descuido por algún rayo de los muchos que caen sobre la ciudad cuando le da, se encontraban lo que parecían dos piedras, y lo eran, sólo que talladas por los toltecas, hace mucho, con ese don que tenían para la escultura moderna.

    Y se desarrolló más tarde -bendita ciudad de México, que siguió reteniendo a los otros invitados durante horas- en el estudio de Carlos, que es como el ideal del cualquier pintor: en una remota esquina de la casa, toda una pared de ventanal inclinado mete en la casa el cielo de la ciudad, que ese día era americanamente gris y amenazaba tormenta. Nada que ver con el cielo marrón que por razones inconfesables tenía amenazada a la ciudad no hace tanto. Pero sí el mismo cielo atormentado que se puede encontrar en toda América, y hasta donde yo sé, sólo en América, que me recordaba los cielos bogotanos en los cuadros de mi también amigo Gustavo Zalamea (tengo uno que me alivia del deslumbramiento a partir de mayo en Madrid), y que desde siempre presta la mejor luz para mirar cuadros. Y esa mañana Carlos me los mostró, uno a uno, comentando algo de vez en cuando pero la mayor parte del tiempo en silencio: otra propiedad del Paraíso que ya casi no recordamos.

    Unas obras que de un modo misterioso dialogaban con ese y otros paisajes de México, y tan extraordinarias como las que le he pedido a Carlos para inaugurar la galería de esta página que hace parte, sin duda, de "Diálogos".

    En aras de la verdad, he de decir que sí encontré algo un poquito chirriante en la casa de Carlos. Pero fue al final del día y tras rebuscar mucho: una pequeña escultura de Botero que representaba a un marinero, todavía no gordo del todo pero ya apuntando banalidad. El hecho me alivió, pues significaba que Carlos y Julia siguen siendo humanos, y les alcanzan las modas, así sea en una esculturita. Aunque todavía, pese a años de amistad, no conozco el color de los ojos de Julia: Siempre está sonriendo y sus ojos son dos rayitas. Siempre. Su sonrisa hace parte de una alegría que se desprende de toda la casa, tal vez un poco contagiada por los cuadros. O al revés.

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