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¿Cuántas notas antes de escribir?

Miércoles 01 Marzo 2017. En Blog, Sastrería

Leonardo, L'ombra della sera, Pisarro.

Sastrería

He leído en algún sitio que El Quijote iba a ser un cuento y, visto que funcionaba muy bien y que se podían escuchar las carcajadas de Cervantes en el ático mientras lo escribía, decidió alargarlo.

     Quizá. Por qué no. (En efecto, el comienzo tiene diferencias con el resto de la novela, aunque eso le ocurre a muchas novelas). Lo que se olvidan de contar los aficionados a este tipo de anécdotas, en las que parece que el arte es una ocurrencia en un domingo de lluvia, es que, ya sea un cuento alargado o la fundación de la novela moderna, lo evidente es que se trata de un escrito muy maduro, una consecuencia que se produce tras una existencia vivida y sobre todo mirada de un modo muy determinado y no de otro. Como decía Saint-Exupéry, "no hay que aprender a escribir sino a ver".

    En pintura se aprecia con mucha mayor claridad: en lo que llamamos arte clásico, el artista necesitaba numerosos apuntes y esbozos para emprender la pintura de un cuadro, una escultura, una catedral. Pero eso se da a veces, incluso, en la pintura moderna: véase todo el proceso que conduce al Guernica, de Picasso, que se puede recorrer en el Reina Sofía de Madrid. Y cualquiera que haya visto la escultura etrusca L'ombra della sera (La sombra de la tarde) puede apostar a que Giacometti ya la conocía al proponer sus seres verticales. Pero esa es otra historia.

     Todo lo cual propone el no menor asunto de cuándo debemos a empezar a escribir. De mis años de periodista recuerdo a un jefe que, cuando un reportero se quejaba de que no sabía por dónde empezar, le decía: "Tú empieza y verás cómo va saliendo". Y así era, en efecto. O sea, que la escritura va tirando de sí misma como cerezas en un cesto.

      En periodismo, ciencia, contratos... está claro cuándo hay que empezar a escribir: al tener suficientes datos para hacerlo. ¿Pero en creación? También aquí hay dos escuelas: la que yo identifico con el mundo anglosajón, en la que muy a menudo el escritor elabora muy densos planos y sabe todo lo que va a ocurrir antes de ponerse, y la de los escritores que se sientan a escribir... para descubrirlo. Solo escribiendo descubren cuál es la historia, que estaba guardada en su subconsciente o en el lugar, sea cual sea, donde vive la imaginación. Ese sería el caso de Saint-Exupéry, que escribía largo, muy largo, y luego cortaba, cortaba mucho, hasta descubrir las páginas de las que ya no es posible suprimir más. Y lo sabemos gracias a su manuscrito Ciudadela, que no tuvo tiempo de pulir y que multiplica por cuatro o cinco el volumen de sus otros libros. Estoy convencido de que a Borges le pasaba otro tanto, solo que él lo hacía en la cabeza y luego escribía o dictaba ya en limpio sus páginas irresumibles: véase el manuscrito de El Aleph. Flaubert en cambio luchaba durante semanas, como es sabido, para aprobar un párrafo. Lo que preparaba era la documentación: según decía, para escribir Bouvard et Pécuchet, una enciclopedia de la estupidez humana, leyó mil quinientos libros.

     Y aunque esa historia parta de muchas más notas que las escritas, me atrevería a decir que el resultado final no depende de lo que sabe o no sabe de su historia el escritor, al sentarse a escribir, sino del estado en que se encuentra cuando lo hace. ¿Cómo están sus ojos? ¿La poética de su mirada? ¿Su mano? No me atrevo ni a imaginar todo lo que se necesita para hablar de esos ojos. De esa mirada.

La entrevista como seducción. Momentos con escritores

Miércoles 22 Febrero 2017. En Blog, Periodismo, Entrevistas

Natalia González (El País)
La entrevista como seducción. Momentos con escritores.

Sin duda los mejores momentos que pasé en mis años de periodismo fueron entrevistando a ciertos escritores y pensadores (¡y una vez a Claudia Cardinale!). Menudo privilegio, hoy en día más bien raro, y también infrecuente entre todos los destinos dentro de un periódico: tener la suerte de  hablar, solos los dos, y durante una hora o más, con escritores a veces brillantes e irrepetibles, las voces de nuestro tiempo. Una de las poquísimas veces en que se cumple la promesa implícita del periodismo de estar en el centro de la historia, y no, como termina por suceder casi siempre, tan solo en su antesala.

      El caso más espectacular fue Leonardo Sciascia, a quien fui a entrevistar a Sicilia sin saber si iba o no a aceptar hablar conmigo, pues la amiga común que me lo había propuesto me había advertido de que era una persona especial y podía negarse a última hora, si no me aprobaba. Luego nuestro encuentro duró cuatro días, y más tarde regresé en alguna otra ocasión para seguir charlando con él, ya al margen de la entrevista. Uno de los hombres más sugerentes que he conocido, aunque hablase casi en voz baja. O Susan Sontag, cuya inteligencia lo dejaba a uno sin respiración, igual que Octavio Paz, y eso que ya estaba enfermo.

    Tuve la suerte de que estas entrevistas coincidieran con una buena época de la prensa y la sociedad españolas, cuando los periódicos le dedicaban más espacio a la cultura que, creo, los periódicos de cualquier otro país, y cuando muchos grandes escritores, en particular los latinoamericanos, visitaban el país con frecuencia. Hoy muchas de ellas no habrían sido posibles, en parte por el encogimiento o simple desaparición del espacio periodístico -y educativo- destinado a la gran cultura (o como diría Sontag, a la cultura a secas, ella negaba que la otra fuese cultura) y en parte por cierta mecanización de la información cultural a cargo de gabinetes de prensa y otras inercias del mercado.

     Todas ellas fueron escritas a la luz de una intuición que tuve desde muy pronto. Educado en la época de Oriana Fallaci y sus estupendas entrevistas en las que un periodista muy bien documentado e insolente está al acecho del personaje para saltarle al cuello -"la vi tan menudita que pensé que no tenía peligro. Y fue la conversación más desastrosa que he tenido con un miembro de la prensa", dijo Henry Kissinger-, desde la primera pude comprender que esa actitud de vigilante perro de presa no tenía justificación con un escritor, salvo en casos muy concretos como una actividad política determinada o que se hubiese prestado a ganar un premio corrupto; temas, aún así, que no tenían nada que ver con la literatura.

      Por el contrario, fui comprobando, la mejor versión de un encuentro con un gran escritor se produce cuando se ha dado algo más bien raro, que es un acto de seducción mutua, y que aparte de cierta cortesía del periodista no depende de ninguna técnica en concreto. Como el amor o la amistad, depende de los dioses. Y eso se produjo con algunos de ellos, dando pie, no solo a fieles y a la vez sugerentes versiones del encuentro, a mi juicio, sino a momentos que conservo como algunos de los mejores de mi vida. Solo con ese acto de seducción, y lejos del editor o jefe de prensa de turno, el personaje se abre y ofrece, si hay suerte, lo mejor de sus pensamientos o su memoria.

     Muy pocas de las entrevistas están escritas en estilo directo -pregunta, respuesta-, y el resto de ellas, en indirecto: al modo de una narración, con citas, y alguna de ellas casi sin ellas. Y es porque, pese a haberme dedicado al teatro durante una década de mi vida, considero que la reproducción de un diálogo supuestamente exacto tiene algo de falso. Incluso en televisión. Algo pasa, que es impostado, y más honrada y fiel me parece la narración de ese encuentro, ese momento. Exactamente igual que si fuera un relato. Y eso es: la narración de un encuentro desde el punto de vista del periodista, lo que no quiere decir que este usurpe el protagonismo. Supongo que en esta idea influye mi principal dedicación, que es la de novelista y cuentista. Si escribí un par o tres de las entrevistas en directo fue porque así me lo pidieron en la sección del periódico que me las encargó: el suplemento dominical o el cultural, Babelia. Todas las demás fueron publicadas en la sección de Cultura.

     De lo anterior casi se deduce que en ninguna de las conversaciones utilicé grabadora, un artefacto que distancia al entrevistado y que puede ser útil en las conversaciones con pasajes comprometidos, como una con un ministro de Hacienda que habla de impuestos. Todas fueron hechas con apuntes tomados a mano, aunque lo ideal hubiera sido tener una memoria infalible como las de Faulkner o Truman Capote, que con las manos desnudas interrogó a las múltiples fuentes de su A sangre fría.

     Desde el primer momento fui consciente de que escribía para un periódico poderoso y eso podía condicionar el diálogo. El ser consciente, creo, reducía ese peligro. Y cuando lo condicionó de forma inocultable, convertí el encuentro en una crónica de cómo el autor exhibicionista desgranaba frases en busca de titulares.

      La mitad de las conversaciones, más o menos, llevan un prólogo escrito ahora, años después. Y no porque sean las mejores, sino porque, por sus características, se prestaban a una reflexión sobre ciertos aspectos de la entrevista como género periodístico. El conjunto de todos ellos aspira a ser un pequeño ensayo, escrito al margen de la habitual jerga académica, que considero un obstáculo.

     Si me parece que unas cuantas de ellas cumplieron su objetivo fue porque a mí mismo me cambiaron. No son pocos los casos en que había leído con cierto frío profesionalismo el o los libros del escritor -condición que ni entonces ni hoy se da por garantizada en las entrevistas, por increíble que parezca-, y en el curso de la conversación fui comprendiendo mejor a algunos de estos autores, que con el tiempo se convirtieron en escritores a los que vuelvo. Confío en que lo mismo le haya ocurrido a algunos lectores.

     El País ha considerado oportuno recuperar para su publicación en libro digital esas entrevistas con nuevos prólogos que, en conjunto, vienen a constituir un ensayo sobre el género. Agradezco a Álex Grijelmo la iniciativa, que hoy en día no deja de tener algo de idealista, y a Natalia González su trabajo de edición.

    Estos son los enlaces:  

 

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http://amzn.eu/1B9UDc2

 

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El alarido de la calle Golfo de Salónica

Jueves 16 Febrero 2017. En Blog, Cuento

p.S
"...por el cielo circulaban nubes más oscuras todavía que la noche..."

Serían la una y treinta de la madrugada de una lóbrega noche de febrero cuando un alarido, largo y espeluznante recorrió la calle Golfo de Salónica del barrio del Pinar de Chamartín, en Madrid. Era martes. Había estado lloviendo a ráfagas desde una tarde que se oscureció antes de tiempo. Por el cielo circulaban rápidas nubes más oscuras todavía que la noche. Y por el suelo bailaban en remolinos las últimas hojas supervivientes del otoño. En el piso 15 D de una de esas siniestras torres que dominan la ciudad desde las alturas de Arturo Soria, y que hacen de portones a la M-30, imaginada por el enemigo en los años de plomo de la posguerra, Diana Ortiz, de 39 años, había descubierto que su hijo Arturito tenía un ojo cuadrado. Y si había gritado, largo y con desesperación, era precisamente porque, pese a ser médica, no comprendía el alcance de lo que había descubierto al ir a tranquilizar a su hijo, que se había despertado a causa de una pesadilla. Nada así aparecía en sus apuntes, ni tampoco en Google, donde tecleó "ojo cuadrado" y no salió nada, comprobó, y si no sale nada en Google es que... mejor ni imaginarlo. Se temía algo grave y sin remedio.

    -Soñaba que te habías vuelto rectangular, dijo con angustia el niño, a quien habían empezado a enseñarle geometría en el colegio.

    - ¿Rectangular?, rectangular cómo, preguntó la madre, asombrándose una vez más de la creatividad de los sueños.

    - Rectangular como esa puerta, dijo el niño mientras miraba con temor la puerta de la habitación, que en efecto a partir de entonces adquirió un aspecto fantasmal y amenazador, con vida propia.

      Y fue al girar la mirada hacia la puerta cuando a la madre le pareció ver algo, y al comprobarlo -una pupila cuadrada, con un iris más cuadrado aún-, al comprobarlo, sin poderlo evitar, fue cuando empezó a emitir el largo alarido que fue a más y parecía el virtuosismo de una soprano para resumir el dolor del mundo.

     El síntoma evolucionó a más, en efecto. No mucho después los dedos de la mano derecha del niño dejaron de ser regordetes y un poco torpes para convertirse en pequeñas tubos delgados de cartón. El padre, viajante de comercio, regresó de una de sus largos viajes de trabajo con gafas cuadradas como las que habían dejado de estar de moda hacía años, y con el nudo de corbata windsor, conformado por un agresivo triángulo equilátero. Pasados los años, Arturito le regaló a su primera novia flores de plástico, estudió una oposición que aprobó en el tiempo previsto, se metió en una hipoteca por un piso conformado por ángulos rectos, y en general su vida se hubiese podido meter en un cubo perfecto, con los lados idénticos. Y quizá se metió, no lo sabremos nunca.

    ¿Y de qué extrañarse? Lo único que no estaba conformado por ángulos rectos en la vida de Arturo era el nombre en diminutivo, Arturito, y él exigió que dejaran de llamarle así el día en que se afeitó por primera vez. Por lo demás, en la calle siempre caminó por calles rectas y paralelas a otras, visitó casas de amigos hechas con piezas de Lego, como la suya, y anduvo primero en bicicletas, luego motos y más tarde utilitarios con las ruedas cuadradas. Votó siempre a políticos que llevaban en su programa expulsar las curvas y hasta los óvalos de las calles y las mentalidades (aunque no siempre cumplieran), e impedir el paso de inmigrantes que no acreditaran ángulos rectos en un largo linaje, y se terminó por casar con una chica que le había enamorado porque se movía con ordenados gestos de autómata. Ambos fueron padres de una simpática parejita de niños de color metalizado que al nacer ya sabían decir papá y mamá en un agradable tono de voz neutro. 

Iris Murdoch como despedida o el periodismo tiene un límite

Miércoles, 08 Febrero 2017 En: Blog, Entrevistas

Iris Murdoch.

Entrevisté a Iris Murdoch cuando ya debía de haber comenzado el Alzheimer pero todavía sus, más que brillantes, independientes respuestas no lo dejaban notar. Apenas algunos ensimismamientos un par de segundos más largos, y ahora, en el recuerdo, su casa de cuento en Oxford, al fondo de un jardín salvaje,  y la casa sumida en un desorden de libros y papeles que sobrepasaba el que se le supone de entrada a una pareja de intelectuales británicos de la vieja escuela. Poco importaba: lo que apetecía era quedarse a leer en esa casa hecha de libros como si fuese de chocolate, y en medio de un jardín recién llovido y lleno de pájaros y brillos tras la lluvia que muy bien hubiese podido ser el irrepetible que se veía tras the green door, en el clásico cuento inglés al que le han robado el título para usarlo en quién sabe cuántas tonterías.

    Pero Iris Murdoch era sin duda una mujer distinta -el pensamiento propio siempre lo es-, y el desafío era mantener el ritmo del diálogo, por un lado de apariencia social y al tiempo punteado de preguntas dinamita del tipo: ¿Es usted religioso?, con el desafío de no contestar los clisés y banalidades previsibles.

     Mi recuerdo de la entrevista con Iris Murdoch no se debe sin embargo tanto al carácter excepcional de la entrevistada -otro gran privilegio para mi pequeña colección- sino porque en mi vida marcó un antes y un después.

      Viajé a Inglaterra dos o tres días, como hacía cuando iba a entrevistar a alguien en el extranjero, y durante ese tiempo estuve casado con ella, como sucedía siempre. Quiero decir que hasta el momento de la entrevista no hacía otra cosa que leer páginas de y sobre mi entrevistado, preparando el encuentro, y al término de la entrevista rumiaba sin pausa sobre cómo iba a escribirla con la intención de que no se escapara lo peculiar, el encanto, lo diferente de esa conversación. Exactamente igual a como hago con mis relatos, casi siempre inspirados en viajes, y escritos o al menos esbozados en su transcurso. Porque puede ser demasiado tarde para escribir tanto una entrevista como un relato; la gracia o lo que sea se puede haber enfriado y si así ocurre, mejor no escribir nada. Es más difícil devolverle el calor a un relato frío que levantar a un muerto con la izquierda.

      Y así lo hice: cuando llegué a la redacción escribí mi entrevista casi como si la tomase al dictado, igual que muchas veces, pues la había estado componiendo en la cabeza durante todo el viaje desde Oxford, y luego se la presenté a mi jefe, como era preceptivo. Nunca había tenido ningún problema con ninguna entrevista, en el pasado, y con ninguno de mis sucesivos jefes, que las habían leído, comentaban algo y les daban salida. En esta ocasión la sección estaba estrenando jefa, J.L., una periodista que no venía de ninguna sección cultural, y que leyó la entrevista y luego dijo:

     - Yo es que esa entradilla y este titular no los veo.

      Lo juro: sentí una gota que me brincaba del cerebelo y me bajaba por el costado de la cabeza, como si la gota hubiese rebasado el vaso, uno que yo no tenía ni idea se hubiese estado llenando. Y es que así es: el periodismo tiene unos años, un tiempo, un límite, lo que creo es muy probable en general e indudable para un escritor. Con independencia del valor de mi titular y mi entradilla, por supuesto discutibles, comprendí como en una epifanía que, apostando por escribir periodismo, que era lo que me interesaba, y no por subir en un escalafón para juzgar el periodismo de los demás, en cualquier periódico en España siempre iba a tener nuevos jefes, cada vez más jóvenes, y mi capacidad de admitir observaciones de aquellos a quienes no siempre reconocía autoridad iba a disminuir vertiginosamente. Así que opté por aceptar la invitación a opositar por una plaza de profesor titular que me habían hecho cuatro veces en la universidad Complutense, en la que venía dando clases de redacción como profesional invitado desde hacía años, y me despedí. El estupendo director de entonces, Joaquín Estefanía, me ofreció la posibilidad de quedarme escribiendo desde casa, y eso hice durante cuatro años más, hasta terminar de comprender que el tiempo de un escritor en un periódico tiene un límite, un dead line y nunca mejor dicho -el mío en El País había sido de catorce años-, y en beneficio de todos, si se puede, más vale reconocerlo a tiempo. Y aunque no lo fuera, la entrevista con Iris Murdoch es la que figura en mi memoria como la última. Con ella dije "adiós a todo eso".

"AHORA SÉ QUE EL HOMBRE NO PACTA CON LA TIRANÍA".

Oxford, abril de 1990

La mujer de pelo gris que abre la puerta de cristal al fondo de un jardín no parece la novelista difícil que algunos periodistas han dicho que es. No puede serlo, con esos ojos de un extraordinario azul, tímido y a la vez inquisidor, con los que no para de interesarse por las cosas.

   A sus 70 años, con todos los grandes premios de la literatura británica, intacta la impaciencia por escribir, Dame Murdoch, veterana profesora de filosofía en Oxford, sigue aprendiendo. Hace seis meses tenía la desolada certeza de que el mundo terminaría cayendo en poder de la televisión y los tecnócratas. "Ahora sé que el hombre no soporta ninguna tiranía", dijo el martes en la soleada sala de su casita de cuento en Oxford. Hoy llega a Madrid.

        

La cita con Iris Murdoch tuvo casi tantas vueltas, intermediarios y recovecos como con una diva de ópera, un heredero en fuga, un espía, pero cuando al fin comenzó, la mujer que se sentó en el sofá de una soleada salita arreglada con el gusto de quien aprecia sobre todo la memoria y la vida parecía tener todo el tiempo a su disposición. Cualquiera sabe que no es así: Iris Murdoch, que en su juventud estuvo tan ocupada con la guerra que no pudo escribir, es la autora de una vasta obra de más de veinte novelas, cuatro obras de teatro, varia poesía y numerosos artículos de filosofía (asignatura que enseñó en Oxford durante años), entre los que destaca Against dryness (Contra la sequedad). Más que la cita de Faulkner -"una guerra es algo que nadie se quiere perder"-, ella recuerda sobre todo al Doctor Johnson: quien no haya naufragado, vino a decir, se ha perdido algo, y luego Elisabeth Bowen. "¿Conoce a Elisabeth Bowen? Era irlandesa, muy buena. Ella escribió mucho sobre la guerra". Y se queda pensando.

   Murdoch pertenece a esa generación que ya se encuentra en los libros (también en los de espías) que en los años treinta se convirtió al Comunismo y participó en la Guerra de España, marchando incluso desde las piedras de privilegio y los jardines centenarios de Oxford y Cambridge. "Yo era ingenua en aquel tiempo", dice quien lamenta no tener televisión por no haber podido ver, y sólo por eso, la caída del Muro y la rebelión de Rumanía. Sobre todo por no haber podido ver a uno de sus amigos en la toma de la televisión, en Bucarest, donde cambió la historia. Su amigo le ha escrito ahora con cierto retraso, y la razón es que no encontraba papel para escribir.

Esclavos

Sigue la historia con no poco interés y también miedo, cree que Gorbachov es un gran hombre y que a él se deben los cambios, y que él y todos los demás corremos grandes riesgos. "Hace sólo seis meses, tenía miedo de que el mundo terminara en poder de la televisión y los tecnócratas, y ya no lo tengo. Lo que no quiere decir que no existen peligros: Ignoro si en el futuro se leerán libros, o si habrá una pequeña oligarquía que leerá y, la mayoría será esclava de la televisión. Ahora ya tengo la convicción de que la gente no pacta con la tiranía".

   Los libros de Murdoch, nacida en Irlanda aunque en su caso ese sea un dato irrelevante, pertenecen a la corriente más central del realismo, algo por lo demás frecuente en la literatura británica. En la inmediata posguerra viajó a Bélgica y Austria para participar en programas de ayuda a los refugiados, y allí recibió una influencia decisiva del existencialismo, de Sartre (sobre quien escribió su primer ensayo), y de Beckett, irlandés trasplantado como ella. Hoy ella reconoce esas influencias, pero sobre todo se reclama eslabón de los grandes realistas del XIX, como Tolstoi, de Proust, y sobre todo de los británicos: Dickens, Henry James, las hermanas Bronté y Thomas Hardy. Y Shakespeare, a quien considera gran maestro de realistas. "¡El inglés le debe tanto a Shakespeare!", dice. "Él mostró a tantas clases de gente, exhibió tantas emociones, enseñó tanto sobre política!".

Estanques

Las novelas de Murdoch comienzan como estanques en calma sobre las que una brisa insistente va rizando olas cada vez más grandes, y a menudo concluyen en tempestades. Aunque, ¿concluyen? Hay quien lo pone en duda. Ella no. "Los finales, como los comienzos, son sumamente importantes. Lo que ocurre es que lo borroso, lo no claro, es una parte esencial de la historia". El estanque, por ejemplo, en La cabeza cortada (Alianza Tres), es un matrimonio perfecto de la burguesía británica en el que asoma la primera nube el día en que ella entra en la sala de estar, sin haberse cambiado para la cena, y le anuncia a su marido que se ha enamorado de su siquiatra, el íntimo amigo de ambos, y que no hay componendas posibles. Es un amor sin remedio. El desarrollo del libro demostrará que esa no es sino la primera de las historias, y que los espejos no hacen sino devolver otros espejos.

   En sus libros hace crisis el realismo de Murdoch, que no es más que apariencia. "El realismo no es una fotografía. Es algo implícito, algo que viene de una determinada forma de pensar". Y pregunta: "¿Le interesa la pintura?" A ella le interesa mucho, y no es la primera escritora que acepta un viaje a Madrid con la esperanza de ver la exposición Velázquez.

   Aunque no lee mucho a sus contemporáneos, ni a los más jóvenes, tiene la intuición de que éstos están muy influídos por el constructivismo y el deconstructivismo, y tienen miedo a contar directamente una historia. ¿Qué les diría a sus colegas más jóvenes? "Les diría que no tuviesen miedo de los críticos. Que escriban lo que quieren escribir y que lean la gran literatura". Una de las dificultades de entrevistar a Iris Murdoch es que a menudo es ella la que hace las preguntas, y en su caso no es truco de entrevistado. "¿Es usted religioso?", pregunta. Cuenta que cuando murió su padre, a quien le unía gran afecto, mucha gente la consolaba con la idea de que se reuniría con él en otra vida. Sin embargo, aunque ella no cree en otra vida, sí cree que es "muy importante mantener abierta la puerta a la religión", dice. "¡Tantos jovenes creen hoy que eso es superstición!. Creo que es una gran pérdida."

   ¿De dónde viene la gran tensión que se adivina tras su fuerte creación?; ¿no es acaso el deseo de inmortalidad, algo de lo que no podemos escapar? "A cualquier autor le place pensar que sobrevivirá... No sé... El futuro es muy misterioso".

 Un jardín silvestre

 La conversación con Iris Murdoch es más lenta que lo habitual con los británicos, no sólo por los pacíficos silencios que a veces puntean sus respuestas, sino porque la prisa es justamente lo que no parece posible en una mañana de cristal de marzo en una casita que parece de cuento hundida en el fondo de un jardín de Oxford más bien silvestre, con animalillos que los ciudadanos conocemos a través de los dibujos animados. El sol cae sobre una vieja alfombra más o menos poblada de revistas y libros, y para saber del ruido hay que imaginarlo. Por esas calles, no tan lejos del centro, la gente circula a pie o en bicicleta.

   John Bayley entra un momento en despistada búsqueda de un papel. Es amable y distraído y tiene el pelo despeinado clásico de los profesores británicos. Es un experto en literatura rusa. Es el marido de Iris Murdoch. Ambos mantendrán un diálogo frente al público el miércoles 4, a las 8 de la tarde, en el Círculo de Bellas Artes, en un viaje organizado por el British Council.

Europea

   No es la primera vez que Iris Murdoch visita España, aunque conoce mejor Italia y, Francia. Se reclama europea y cuando viaja a Estados Unidos siente de inmediato las ganas de volver.

   Conserva intacta la ansiedad de escribir. El mejor momento es cuando de pronto mira por la ventana y cree que todo es posible. El peor, cuando cree que lo que ha escrito no vale nada. ¿En qué ha influido en su carrera el hecho de ser una mujer? Quizás haya vivido siempre entre gente ilustrada, pero lo cierto es que nunca me lo hicieron notar".

 

  • Pedro Sorela

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