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El acento que importa

Miércoles 01 Noviembre 2017. En Blog, Sastrería

Peter Marlow (Magnum/ The telegraph)

Margaret Thatcher, en 1981


Sastrería

Así como que en París llueve más que en Londres, se trata de uno de los secretos mejor guardados de la creación artística: el trabajo de edición puede ocupar más tiempo, y a menudo lo ocupa, y ser más decisivo que el de la creación misma, que a veces es solo un chispazo, un impulso. La edición: esto es, la selección del ángulo, el recorte, el acento. La conformación del marco y la selección de lo que queda dentro y lo que queda fuera. Para empezar.

     Ocurre sin duda en las artes plásticas y en la escritura. Imagino que de forma inevitable también en la música, aunque por desgracia lo ignoro. Puede que lo primero que seleccione el artista sea el tema -paisaje con río y árbol, por ejemplo-, pero la siguiente elección es igual de decisiva, si no más: qué cercanía con el río y el árbol, desde dónde los miramos: ¿el este, el sur, el oeste?, en qué marco los encerramos, y con qué colores los (des)cubrimos: Pues no será lo mismo ese paisaje fotografiado en blanco y negro que pintado con los rojos y amarillos incendio de un impresionista. Y esa última selección será la decisiva en estos tiempos que terminan de oscilar desde el canon realista y clásico hacia -una vez más en la Historia- la visión emocional y subjetiva que es la nueva edición del Romanticismo.

    Esa selección y refinamiento resultan tan determinantes que la práctica de todo ello es lo que diferencia la creación naturalista de la deliberada, y me atrevería decir que al artista aficionado del profesional. Este sabe que en el revelado -o la mesa del escritor, con una primera versión ya escrita- puede cambiar todo.

    Todo ello queda muy bien ilustrado en la exposición Magnum: Hojas de contacto, una muestra muy pedagógica en la que se ve la foto finalmente elegida y acentuada por cierto recorte, acompañada del magma de contactos del que salió, igual que una cerámica del barro. Es algo que es preciso explicar a todo menor de... ¿treinta años?: en los tiempos de la fotografía en papel, los fotógrafos (ricos o profesionales) disparaban equis número de veces una misma foto, o casi, y luego imprimían esas fotos en el tamaño del negativo para ver qué podían dar de sí. Y en esos contactos seleccionaban al fin una imagen, la encuadraban y decidían qué revelado necesitaba, con qué luces y contrastes.

     Es también una exposición que da que pensar. Pues demuestra sin esfuerzo que esa verdad de aspecto objetivo que creíamos fijada por cierta fotografía -y se aportan unas cuantas históricas del siglo XX, como el borroso desembarco en Normandía de Robert Capa- no era más que una propuesta entre otras muchas posibles y luego resultó que tuvo una recepción feliz. Y pese a que la muestra es de los fotógrafos de la agencia Magnum, algunos de los cuales figuran entre los mejores de su época, no deja de resultar melancólica la constatación de cierta tendencia al clisé (ahí nace este sinónimo de "tópico" o lugar comun), como las imágenes del Ché o de Margaret Thatcher, por ejemplo, aunque es posible que ellos fuesen los primeros. Los autores del hallazgo feliz que está en el origen de todo tópico.

    ¿No hay otra forma de fotografiar, por ejemplo, la guerra? ¿Tenemos que reaccionar siempre de la misma forma a las propuestas de la realidad, que tendemos a leer de un puñado de formas y solo esas? ¿Hay algo más previsible, a menudo, que un fotógrafo? ¿Existe de verdad la posibilidad de contar de forma distinta la vieja historia humana? Es de preguntarse si un Picasso no tenía razón al proponer todas sus revoluciones con un solo tema y lienzo: el cuerpo humano, protagonista de casi todos sus cuadros.

    En cualquier caso todo este debate propone otro: ¿De dónde salen los "clisés"? ¿Qué conforma el magma del que tantos artistas sacan sus ideas? (Los que no las sacan de allí son los que luego recordamos). Qué tema para una tesis imposible, una novela, un cuadro... algo.

Barcelona y la luna

Jueves 05 Octubre 2017. En Blog, Textos de viaje

El estanque del parque del Turó.

Son varios los recuerdos intensos que tengo de mi infancia en Barcelona, adonde me llevaron con tres o cuatro años, pero quizá el que se impone hoy es el de, años después, el puente de un barco anclado en el puerto, una luna musulmana colgando encima de nosotros, y mi padre diciéndome: "En la vida hay que aprender a irse". Para entonces yo debía de estar entrando en la adolescencia. Él era una autoridad en irse, pues fue un nómada toda su vida, y esa fue una de sus grandes lecciones que he conservado.

    Lo cierto es que no recuerdo de cuál barco se trataba, y las posibilidades son dos: o era uno de los barcos de línea con los que todos los veranos embarcaba rumbo a Mallorca y regreso -mi padre me acompañaba porque me mareaba en el avión en que viajaba el resto de la familia-, o el gran paquebote italiano, el Américo Vespucio, en el que iniciamos la siguiente gran etapa de la familia, en Colombia, donde había de pasar una larga e intensa adolescencia. Y fuimos en barco, uno de los últimos transatlánticos, porque se trataba de una verdadera emigración en la que llevábamos todos nuestros libros y hasta ollas y alfombras.

     En realidad no importa de cuál barco se trataba. Lo importante era la lección a que daba lugar, y que asimilé con la fuerza de lo que se aprende muy pronto. Me he marchado no pocas veces en mi vida, y casi siempre sin mirar atrás (escribí incluso un libro titulado Historia de las despedidas) y, me temo, tal vez con un poco de crueldad hacia quienes dejaba detrás de mí. Más aún: tengo la teoría, esta surgida de mi propia experiencia, de que no hay que volver a los sitios en los que uno ha vivido intensamente pues todo regreso tiene muchas probabilidades de terminar en decepción.

     Lo que ocurre es que rara vez se puede. No volver, digo. A Barcelona he vuelto en numerosas ocasiones a lo largo de los años -de hecho durante unos cuantos fue mi puerto de entrada en España-, sobre todo porque conservo primas y afectos, y por razones de trabajo. Y como es natural, vista la antigüedad de la experiencia, lo que ahora caracteriza la ciudad para mí es que está llena de fantasmas: todos esos familiares y amigos que armaban la ciudad, entonces, y ya no están.

     Lo que más me extraña en estos regresos es que la ciudad no ha cambiado mucho y sin embargo es completamente distinta a lo que yo recuerdo. No ha cambiado, salvo en que ahora es mucho más grande y sin duda más lustrosa y elegante, a excepción de las zonas ocupadas por la chancla y los cruceros. Bueno, la Barcelona de mi infancia tenía las fachadas menos limpias pero también era elegante al modo señorial-arruinado que se llevaba un poco, a juzgar por las películas y lo que cuentan, en toda España.

     Y quizá en toda Europa. Entre los intensos recuerdos de mis largos, eternos veraneos de tres meses en Mallorca figura la indudable división, o recelo mutuo, que había entre los veraneantes: los cuatro gatos que habían comenzado a llegar a las islas y a través de los cuales nadie hubiese podido prever la invasión actual, por millones, y que se mantenían separados en las playas: los ingleses, los franceses y los alemanes que, solo una década después de los cincuenta millones de muertos de la guerra Mundial, se observaban desde lejos en las playas olorosas a mar, a pino y a almendra.

    Y lo que recuerdo es que, a través de mi padre y mi hermano, que armaba las pandillas de esos veraneos, mi casa y las eventuales reuniones que organizaban mis padres era un punto de unión de algunos de esos europeos, en reuniones a los que acudían también algunos amigos madrileños y andaluces.

    Eran los tiempos en que las islas eran una prueba irrefutable de la existencia del paraíso, igual que la Costa Brava catalana, antes de su progresiva, sistemática, silenciosa, y me temo que definitiva destrucción por una o dos generaciones de constructores, albañiles y hoteleros codiciosos a las que nadie, que yo sepa, ha pedido cuentas. A ese escenario de una infancia no sé si feliz pero en todo caso luminosa sí que decidí no volver, cuando al regreso a España vi lo que habían hecho con él tras tan solo una década, los sesenta, de rapiña, destrucción y avidez. De ahí salió también otro libro, Fin del viento.

   Aquella Barcelona significa también el comienzo del descubrimiento del mundo. Y cómo no. Y fue a través de una puerta discreta: la del liceo francés de la calle Munné, un chalé que era el más pequeño de los tres edificios en los que entonces se alojaba el colegio. Y allí se me comenzó a dar, y no tengo palabras para agradecérselo a mis padres, el inmenso regalo de una cultura extranjera -nada menos que el aprendizaje de que hay otras formas de ver el mundo-, y que además, por una coincidencia feliz, era la francesa. Un privilegiado mestizaje cultural que se añadía al que ya traía de origen.

     Podría seguir recordando mucho, y quizá lo haga algún día, pero por alguna razón ahora también se me impone el parque del Turó, al final de la avenida General Goded, hoy Pau Casals, donde con mi hermano y mis primas bajábamos a patinar y hacer navegar pequeños barcos en el estanque de enfrente. Y que, pese al recuerdo de un frío húmedo como de Berlín -al neurótico invierno de Barcelona le debo no pocas anginas y, supongo, mi vida de lector, condición de la escritura-, siempre me pareció una joyita de parque, una delicada muestra de una ciudad que entonces era acogedora, civilizada y abierta al mundo exterior y al siglo XX. Y que pese al tiempo transcurrido vuelvo a echar de menos, como cuando me fui y todavía no había asimilado bien la lección del aprender a irse.

La mamasota y otras pérdidas

Miércoles 20 Septiembre 2017. En Blog, Sastrería

p.S
No aparece en Google.

Sastrería

Lo último que me ha alarmado ha ocurrido con una amiga poeta venezolana, muy alegre y expresiva. Comíamos y me había descrito a no sé qué actriz de cine latinoamericana con frases muy descriptivas terminadas con un contundente "una mamasota". Y a continuación me dijo: "Mira, te la voy a mostrar", y alargó la mano hacia el móvil que, como un nuevo órgano, nos ha salido a todos en los últimos años, más en la cabeza que en el cuerpo.

    - ¡No!, salté, y le quité el móvil de las manos como un censor, no quería que fuese a estropear sus palabras mostrándome la consabida mujer-guitarra, igual, estoy seguro, a otras diez mil, o al menos ese es el efecto que producen sus imágenes en Internet. Igual que los coches y los telediarios, que son todos idénticos. La versión de esa actriz en Google nunca podía ser superior a la deliciosa descripción de mi amiga.

     Y no hace falta ponerse apocalíptico, que un poco sí lo soy, para constatar que es rara la reunión en la que alguien no saca un móvil para mostrar las fotos de su último viaje o fiesta, o para recordar el nombre del director de una película. Podríamos llamarlo la malaria Facebook. Ya nadie puede exhibir su memoria (yo no reclamo ese derecho pues nunca la he tenido), ni menos aún desamarrar su lenguaje sin pedir perdón. Y si lo hace, lo más probable es que lo llamen pedante. Haga la prueba, suelte una o dos metáforas en una conversación y verá una sonrisita irónica en la mirada de más de uno.

    Comencé a ser consciente de esta pérdida en 2001, a raíz del asesinato del periodista Julio Fuentes en una emboscada en Afganistán. Días después comenté en mi clase en la universidad que estábamos llorando mal su pérdida, que los elogios fúnebres publicados en los periódicos no estaban, a mi modo de ver, a la altura. Y que la expresión literaria del dolor por el héroe muerto -véanse los versos de Homero acerca de la muerte de Patroclo y Héctor a los pies de los muros de Troya, y el dolor de Agamenón- se encuentra en el comienzo mismo de nuestra cultura. Venimos de ella.

    Así que pedí a los estudiantes que escribieran textos de heroísmo y dolor para la siguiente clase. Seguramente me expliqué mal, como suelo, porque muchos de los textos pedidos trataban del dolor... de muelas, o de parto, o de un codo fuera de sitio en un partido. Sea como fuere, el episodio me reveló una nueva enfermedad, al menos desde el punto de vista del lenguaje, que es la de la literalidad.

      Diagnóstico renovado cada vez que veo en la Red (todas conforman una sola y todopoderosa) cómo una muchedumbre intenta lapidar a alguien con ferocidad por haber intentado expresar en una frase vete a saber qué. Un espectáculo que evito cada vez más, igual que el de todo tipo y variante de jauría, no vaya a ser que se me pegue algo, pero que evidencia como mínimo -y perdón por ser a mi vez obvio- un envejecimiento del lenguaje del que pocos han alertado todavía. Y ello pese a las apariencias pues al fin de cuentas son peleas de lenguaje.

      El empobrecimiento no es global, ni homogéneo. Ahora, mirando hacia atrás con perspectiva, me parece detectar que algo de eso se encontraba entre lo que me gustaba cuando fui a Colombia a estudiar el bachillerato: unos cuantos amigos de mis padres que hablaban y contaban tan bien como ellos, lo que me parecía muy improbable -visto que el uno era español y la otra colombiana, no era una cuestión de nacionalidades sino de generaciones- y con unos acentos y matices que solo ahora me doy cuenta eran excepcionales. Algo parecido me sucedió cuando comencé a tratar con México, primero a través de sus escritores, y luego directamente allí, con amigos y amoríos. La diferencia no eran ni las enchiladas, ni los alebrijes, ni las Emociones Místicas Urbanas, como llama mi amiga Susana Gonzalez Aktories a las de la Ciudad de México, ciudad que las propone como pocas en el mundo. La diferencia era el lenguaje. Y por supuesto no me estoy refiriendo a las habituales comparaciones entre acentos y vocabularios sino al hecho de que unos lenguajes están menos enfermos que otros de literalidad. De dónde viene esta y a qué se debe es otra discusión.

  • Pedro Sorela

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