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Mejor no haber sido poeta

Miércoles 07 Febrero 2018. En Blog, Experimentación

"...allá en el fondo le quedaba el gen rebelde de la metáfora..."

Sucedió que, por una de esas carambolas de la política, cierto poeta terminó convertido en ministro y luego en presidente. Una carambola a nueve o veintinueve bandas cierto, una lotería, un milagro. Aunque seguir llamándolo poeta roza la exageración y hasta la hipérbole: el poeta no había escrito un solo verso en cincuenta años, y sus versos, antes, tampoco detenían el tráfico ni hacían suspirar a nadie. Desde entonces había vuelto a nacer en múltiples personajes, incluido el de ladrón (aunque los fiscales no encontraban causa para perseguirle por unos gastos de millonario desatado a cargo del presupuesto). Y si alguien le hubiese gritado desde la otra acera "¡Maestro!", como se hacía antes con los poetas, ni siquiera se habría vuelto.

     Y sin embargo, de toda esa peripecia le quedaba una costumbre, una manía si se quiere, por la que era lícito llamarle Poeta, sobre todo porque nadie más la tenía: el hombre seguía hablando en imágenes y metáforas. Por ejemplo no decía "el electorado" sino "la ciudadanía". No "el programa electoral" sino "ideas para mejorar la vida de la gente". Y por lo general, antes que de leyes, prefería hablar de libertad.

     Y aquí llega lo de verdad excepcional pues, en su actividad pública, mítines, intervenciones en el Congreso y demás, el hombre no solo metía imágenes y hasta alguna metáfora -decía que un adversario "embestía contra los burladeros del sentido común", por ejemplo- sino que además citaba a otros políticos de la historia, incluso de otros países, como Napoleón o unos cuantos ingleses, y recurría a citas de autores clásicos, tipo Shakespeare, Tucídides y hasta Quevedo. Algo que como sabe cualquier diputado novato está explícitamente prohibido en las primeras páginas del manual de instrucciones del político en activo: "No cite, y menos a los clásicos. Cualquier cosa antes de humillar a ningún colega o superior en el escalafón -no todo el mundo ha recibido una educación De Letras-, ni tampoco al electorado, que menos aún tiene por qué acreditar el conocimiento de ciertos nombres de la educación elitista".

     Pero bueno, se trataba de un político hábil y mediante los trucos del oficio supo hacerse perdonar esa manía que, como un acento de origen que hubiese deseado disolver en otro más común, no podía por otra parte corregirse. Era más fuerte que él. Puede que hubiese perdido la mirada y hasta el verbo del poeta, pero allá en el fondo le quedaba el gen rebelde de la metáfora y no había nada que hacer. Eso, junto la manía que tenía de salirse del uniforme de los políticos, que solo acepta el traje azul marino a la derecha y los obligatorios vaqueros rebeldes a la izquierda, sin corbata nunca, sin excepción, y de vez en cuanto se vestía con una chaqueta verdosa de tweed, por ejemplo. Es preciso reconocer que esas peculiaridades, que lo sacaban a ratos del rebaño, retrasaron sus ascensos y esa fue la razón de que llegara a la presidencia con una cabellera de prócer de pelo blanco al viento.

     Ahí fue cuando comenzaron los problemas de verdad. Porque con la fiebre del poder se le excitó y agrandó el gen poeta, que hasta el momento había mantenido, por así decir, amaestrado dentro de los límites del Parlamento, y se salió de madre. Por recomendación médica el poeta daba su paseo matutino por los jardines del palacio de la Moncloa y al regresar estaba metafórico como hacía tiempo. Pero es que luego cruzaba los salones, decorados con cuadros de gusto más que discutible, y a la excitación metafórica se le añadía una irritación del gusto sometido a pequeñas torturas que, ciertos días, podía llegar a épica. Si a eso se añadían todos los guardias y uniformados cuadrándose a su paso, algo que los políticos de a pie desconocen, lo cierto es que para cuando el poeta llegaba a su despacho de presidente tenía la metaforina en niveles realmente altos, mirada brillante y a lo lejos, corazón lleno de entusiasmo y ganas de escribir historia, y luego todo lo que hacía -aunque a menudo acertado- estaba teñido de un halo alusivo, sugerente, inspirador... O sea que nadie o muy pocos lo entendían, y ese era un problema. Lo miraban raro, por la esquina del ojo. Se preguntaban si.

    De modo que hubo que interpretar las leyes a toda prisa y destituir al poeta, darle una embajada donde pudiera ponerse todo lo estupendo que quisiera, y cambiarlo por otro político más normal. Que fuese de mediocridad homologable y dejase de humillar a sus votantes con metáforas y citas de extranjeros desconocidos. Que se le entendiera. 

El doblaje como síntoma

Miércoles 31 Enero 2018. En Blog, Sastrería

Donald Sinden y Grace Kelly, convertidos en hermanos incestuosos por el doblaje puritano.

Sastrería / El doblaje 

El otro día acepté romper una norma que me había fijado hace años, y es no ver una película doblada. La razón es que en esta ocasión no había cines en Madrid que la exhibieran en versión original y me interesaba ver la película: algo de época y de ideas, o sea una rareza, un exotismo. Y en efecto, volví a recuperar una vieja estupefacción, que me ha acompañado toda la vida: cómo es posible tal aberración cultural -personajes de una película hecha con ganas hablando con el acento monótono e igual de los dos o tres clanes que doblan el cine y la televisión en España con el mismo rutinario tedio con que fabricarían salchichón- a principios del siglo XXI y en mitad de Europa... o quizá en uno de sus extremos. Pues de eso se trata. ¿No es el doblaje uno de los síntomas más evidentes de nuestro aislamiento?

     De entrada, nadie lo reconoce. ¿De qué está hablando?, preguntarán muchos: este es el segundo país con más turistas en el mundo, en torno a ochenta millones de personas al año (¡!). Y siguiendo de cerca al primero (Francia), dicen con entusiasmo quienes han malbaratado una costa mediterránea sin recuperación posible, parece ser, aunque nuestros descendientes decidan tirar al mar los espeluznantes rascacielos de la especulación en Benidorm o en Lloret de Mar.

     Es también uno de los fenómenos viajeros más curiosos de la Historia: ¿Acaso ha habido alguna vez tamaña circulación de personas sin que los receptores, es decir nosotros, nos demos mínimamente por enterados? Haga una prueba: cuántos españoles conoce usted que se hayan hecho amigos de uno, dos o tres de esos turistas, o incluso extranjeros que no sean turistas, y tengan conversaciones con ellos que vayan más allá de si va a hacer sol o no. Entre otras cosas porque siempre hace sol, es aburridísimo (de ahí los ochenta millones). Y viceversa: cuántos extranjeros conoce usted, incluso propietarios de casas en el sur, que tengan algún contacto digno de ese nombre con los nativos. Por un azar tuve la oportunidad de conocer a unos cuantos británicos jubilados, propietarios de casas e instalados en pueblos de Málaga y Granada. Y también ellos se creían integrados porque más o menos podían comprar en español (a veces con la ayuda de una gestora hispano-británica, mi amiga), sus casas eran de estilo andaluz, tomaban jamón al aperitivo, diferenciaban entre Rioja y Ribera y se reclamaban expertos en vinos españoles, y los más osados hasta se atrevían a hacer una paella. Poco más. El telediario seguía siendo el de la BBC.

    En realidad el fenómeno no se queda ahí y no es más que la superficie de un aislamiento mucho más hondo. Se podrían elegir muchos terrenos -todos, en realidad-, pero el fenómeno más significativo es el de la universidad, que en España es casi lo contrario de lo que indicaría su nombre: baste indicar que hasta no hace tanto no fue posible instaurar el distrito único -esto es, el derecho de los estudiantes españoles a estudiar en la universidad pública que quisieran dentro de España, siempre que tuvieran la nota requerida-, a causa de la feroz oposición de los caciques de campanario que querían conservar el distrito autonómico, a menudo con universidades de boina y aldea, y en particular las autoridades catalanas. Aún hoy es muy difícil que un estudiante canario o extremeño pueda estudiar en Cataluña, aunque solo sea por la barrera lingüistica. Lo que no se produce a la inversa.

    No se trata ni mucho menos solo de estudiantes, que por cierto no es raro que vuelvan de Erasmus incontaminados por el país de destino pues se han conservado en la salmuera de sus compañeros españoles. ¿Sabía usted que las cátedras de literatura comparada, por ejemplo, no están ocupadas por profesores originarios de esa lengua -alemana, francesa, inglesa...- sino por los españoles que se consideran, como mínimo, con la misma autoridad? Puede ocurrir en algún caso, pero ¿todos? El segundo país más turístico del mundo es también uno de los que menos tienen profesores extranjeros.

    Todo eso, qué duda cabe, ayuda a explicar el inconcebible retraso español en idiomas -este debe de ser el único país del mundo en el que muchos políticos de cincuenta años no se defienden en inglés- que en contra de lo que piensan algunos no es algo racial e inherente al Spain is different, sino producto de un aislamiento deliberado. Cierto que el doblaje fue una forma de censura instaurada por el franquismo. Esa divertida aberración mediante la cual, en nombre del puritanismo de la época, cuánto más ingenuo que el feroz de hoy, los dos amantes de Mogambo quedaban convertidos en hermanos incestuosos.  Pero no se trata de unas preferencias por un idioma u otro -yo quiero ver con subtítulos las películas en finlandés, del que no sé una palabra- y en realidad parte de un analfabetismo básico: ignorar asombrosamente que una película se compone en un idioma de la misma manera que Chopin componía para piano y no para corno inglés, y suena en ese idioma igual que ha sido filmada en blanco y negro y no en technicolor.

    El equívoco parte de un aislamiento muy anterior, que evoca a Fernando VII y las caenas tras la patriótica victoria sobre los franceses y de paso la Ilustración, la Inquisición guardiana de la religión pero sobre todo de una identidad esculpida en piedra, la expulsión de los judíos y de los árabes... Cuesta remontar al origen. Cierto que a ello se contraponen los tres siglos de imperio español, uno de los menos reacios al mestizaje de todos los grandes imperios.

      La gran cuestión es si ese aislamiento se puede mantener. Y por extraño que parezca, de momento, parece que sí. Sí se puede. Pese a los ochenta millones.

Nosotros, Primo Levi

Miércoles 24 Enero 2018. En Blog, Lecturas

Primo Levi.

Lecturas.

Los hundidos y los salvados, Si esto es un hombre. Primo Levi.

Cada cierto tiempo regreso a Primo Levi, a los dos libros principales de su trilogía sobre Auschwitz, y observo todavía con sorpresa que me interesan cada vez más. Aunque "interesan" no es la palabra exacta. Que "me hipnotizan". Sobre todo Los hundidos y los salvados, en el que Levi razona, ensaya, explica con más profundidad lo que ya narró en Si esto es un hombre, escrito décadas antes. A su vez explica no es el verbo más exacto pues precisamente lo que explica, y entendemos, es la insondable irracionalidad de los campos de exterminio nazis. El célebre "Aquí no hay porqués" que le contestó un SS al prisionero novato que no entendía por qué le habían pegado un culatazo. Lo recoge Jorge Semprún en El largo viaje y La escritura o la vida (dos títulos inrodeables en la literatura española del siglo: tal vez los más universales).

    "Principales", "inrodeables", "universales"... los grandes adjetivos acuden con facilidad cuando se trata de los campos de concentración, con toda probabilidad el principal acontecimiento del siglo XX -no se me ocurre otro, ni siquiera la Bomba-, y no le pongo el adjetivo "nazis" porque sería empequeñecerlo: marginaría el Gulag soviético, la hecatombe de la Revolución Cultural china, que todavía goza de misteriosa bula informativa sobre todo en Occidente, los campos de Camboya, donde murió una tercera parte de la población, las limpiezas étnicas de los Balcanes... et ainsi de suite.

     Pero los campos nazis son especiales. Si no por número de víctimas, seis millones de judíos, además de gitanos, discapacitados, comunistas, religiosos... -Stalin y Mao asesinaron más-, sí por la combinación de una organización modélica con una inconcebible perversión, desconocida hasta entonces.

     En contra de lo que habían planeado los nazis, quedaron suficientes testimonios para que la posterioridad haya podido reproducir lo que fue aquello, aunque la narración por nombres tiene más silencios y zonas oscuras que puntos y comas: en la inmensa mayor parte de las víctimas solo podemos suponer qué ocurrió.

      Si los libros y documentales abundan, y crecen, ¿por qué, entre todos, volvemos a Levi? Pues por varias razones pero la principal es que él, eludiendo los grandes adjetivos y hasta los pequeños, y no permitiendo dejarse llevar por la emoción, la angustia y el escándalo, consigue Nombrar Lo Innombrable.  Él es quien, después de las grandes etapas de silencio -él mismo tuvo dificultades para publicar y sobre todo difundir su primer libro, cuando casi nadie quería saber-, y de alarma y grandes ademanes que expresan pero frenan la comprensión, fue capaz de permitir entender un poco lo que había pasado... y lo que significa. Y lo hizo entre otras cosas gracias a un temperamento de europeo civilizado y a una formación cientifista, era un químico que citaba a Dante, poco propensa al adjetivo y más bien a la prueba y el argumento. Como le escribió un lector alemán, sus libros "describen de un modo humano lo que no es humano".

       Y lo que significa es que no se trata de un conflicto entre nazis y judíos, la prueba es que pronto tuvo discípulos, sino de unos seres humanos contra otros: Nos afecta a todos, no a unas nacionalidades circunstanciales. Que no tiene olvido posible, y quién sabe si redención. Y que nuestra visión del hombre ha cambiado para siempre. Simplemente, nuestra idea del hombre y del mundo no volverán a ser nunca las mismas.

      Como ya había demostrado la primera, la segunda guerra mundial no acabó con la firma del armisticio y qué duda cabe que todavía vivimos sus efectos. Y uno de ellos es la creación del estado de Israel, cuyo derecho de nacimiento el mundo reconoció los judíos, que habían sufrido hasta el casi aniquilamiento. Fue un acto de reparación, imperfecto si se quiere, quizá el posible en ese tiempo y lugar. Pero eso suponía el ninguneo de otra población, la palestina, que ya estaba allí, y que a su vez ha sufrido una marginación en un régimen que cuesta calificar y ni siquiera cabe en la palabra "injusto". Y que plantea otro enigma: cómo es posible que un pueblo que ha sufrido tanto someta a otro de esa manera, tan solo unas décadas después.

    Sospecho que los judíos (aunque yo no creo en las grandes etiquetas identitarias) no habrán zanjado con ese pasado oscuro que nos afecta a todos, con ellos como protagonistas, hasta convencer a la parte más nacionalista y reaccionaria de la población israelí (diversa donde las haya), y a la muy poderosa sociedad judía de Estados Unidos, de encontrar una solución justa y viable para los palestinos. A estas alturas es difícil imaginar otra que la división en dos estados, quién sabe si todavía posible. Que entre otras cosas permita el regreso de los palestinos exiliados que quieran. Se fueron cuatro millones, dispersos por el mundo (son más de la mitad de la población jordana, por ejemplo). No es fácil que quieran regresar.


El fin de la soledad

Miércoles 17 Enero 2018. En Blog, Sastrería

André Kertesz (detalle).

Sastrería / Qué escribir

Alguien que no sabe lo que hace llega desordenado a casa y, casi inconsciente, se pone a escribir. Quién sabe por qué, eso le calma. Días después le pilla desprevenido o vago la entrega de un trabajo para el colegio y, como recurso de última hora, decide presentar ese texto que, encima, le toca leer ante el aula. (El azar cargado existe). No sin misterio, la clase, que normalmente suena, va dejando de hacerlo. Y cuando termina, descubre que su auditorio le mira con curiosidad y un rarísimo silencio. "Y a este qué le ha ocurrido?", parecen preguntarse. No saben -él tampoco, aunque todos lo intuyen-, que acaban de asistir a un milagro, el de alguien que, muy pronto, ha encontrado lo que no se sabe si quiere pero de todas formas va a hacer en la vida: escribir. Qué, importa menos. Lo que importa es escribir.

     Ese podría ser el comienzo de uno entre mil escritores. Quiero creer que, con suerte, hay tantos comienzos como escritores. Lo que en cambio empiezo a intuir es que, con el tiempo, el qué, qué escribir, va cobrando importancia para todos. Escribir, no por un azar del ánimo sino por una elección de la voluntad y de la idea.

     A veces un joven me pregunta cómo se hace para dedicarse a la literatura. Y aunque estoy cada vez más inseguro de las posibles respuestas, lo primero que le pregunto es si lo que él quiere es ser escritor o ser famoso: ser como (...rellénese) Pues según he ido descubriendo, muchas veces se trata de lo segundo. ¿Por qué no habría yo de escribir, tono duro y diálogos eficaces en la jerga del momento, la novela de la juventud rebelde (que cada diez años suscita el cintillo "la revelación de la década" por parte de algún crítico, bautiza una generación con una letra, inspira película y tal vez serie, además de un montón de secuelas?) Mucho más fácil eso que convertirse en notario, diputado o, incluso, en hacker.

     Pero el verdadero enigma no es ese, al fin de cuentas previsible: qué fácil es caer en el espejismo de los focos (como en el de la riqueza). El verdadero enigma es: ¿por qué no quiere dedicarse a la literatura? Eso que no falla nunca, y que siempre -siempre- se renueva con éxito y camino por el que es posible volver tantas veces como se quiera? ¿Por qué no hacerse amigo, pues de eso de trata, de los diez, veinte, cincuenta o cien escritores que van a hacer de la vida algo más, mucho más interesante? Recuerdo muy bien la época en que todo el mundo leía,  o por lo menos no confesaba con facilidad que no estaba leyendo nada. Hoy no quedan muchos pero nadie pasaba por loco si le dedicaba lo mejor de su tiempo a la literatura. Un día, encontrándome de nuevo tirado en el sofá con un libro, yo debía de tener diecisiete años o así, mi madre me dijo pensativa: "Qué suerte tienes. Te gusta leer. Nunca vas a estar solo". Y así ha sido.

     Pues si no quiere dedicarse a la literatura sino a la fama -ese joven que no sabe cómo dedicarse a la literatura- es con toda probabilidad porque no la conoce. Ni le han facilitado los libros adecuados en el momento justo, ni ha descubierto nunca el casi metafísico placer de la escritura que, según he ido averiguando, es casi universal: ese es uno de los secretos que mejor guarda la educación en España, y la razón de que los estudiantes lleguen a la universidad -y casi siempre salgan- sin haberlo descubierto. Para qué insistir en los archiconocidos programas casi inexistentes de una literatura a destiempo -No, no es posible iniciar en la literatura a un quinceañero iletrado con la lectura de los magníficos El Quijote, El libro del buen amor, o la Celestina, tampoco con los profetas de la corrección política, que compiten solo con el telediario. Habría que darle para leer a Truman Capote, buenos cuentos contemporáneos (hay muchos) o Los miserables-. Y además, a cargo de profesores desmotivados, que en no pocos casos estudiaron literatura porque era la nota más baja de acceso a la universidad (¡!), enseñan con las fichas amarillas de sus estudios y odian la literatura, que da trabajo y roba tiempo. Aunque no es por completo obligatorio y las píldoras de Wikipedia y la red han aliviado mucho la carga, hay que leer. No son ni mucho menos todos, por supuesto, pero estos no son raros, tampoco en la universidad. Sé de lo que hablo.

    Pero volvamos al que aquí interesa, que es el de quien al fin se dedicó a la literatura. Por qué hace esto o lo otro es de lo que tratan algunos cursos de literatura y, cuando se trata de los escritores más grandes, de una forma extenuante y quién sabe si necesaria. El enigma que se plantea al final es sin embargo de los que intimidan. ¿Por qué, una vez escrito el grueso de su obra, cuando ya no tiene que demostrarse nada ni demostrar nada a nadie y escribe como respira, el autor escribe esto en lugar de aquello? Quién sabe. Ahora mismo intuyo que nunca lo sabré.

  • Pedro Sorela

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