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Romain Gary o la elección de la propia vida

Miércoles 03 Mayo 2017. En Blog, Lecturas, Escritores

p.S
Romain Gary

Lecturas

La promesse de l'aube. Romain Gary. Folio.

Escribo esta página, no para descubrir a Romain Gary, que bastante conocido es ya en la literatura francesa, sino para preguntarme por qué sigue siendo tan atractivo, y quizá más que antes, a finales del siglo pasado. Gary se suicidó en 1980 y, como ocurre a veces, el porqué resulta en su caso todavía más misterioso de lo habitual pues su obra está llena de vida y de humor, además de respirar experiencia e inteligencia.

    Quizá las razones queden más explícitas en este libro autobiográfico, y entre otras razones, gracias a la originalidad de su planteamiento: aunque hace el recorrido cronológico habitual, no se centra solo en él, el protagonista, sino que este se relata, por así decir, a través de la relación con su madre; una mujer con una determinación de personaje de novela épica, que soñó para su hijo un destino ciertamente glorioso, visto de dónde venía... y, en contra de lo que a veces pasa con los sueños de las madres, lo impuso. De modo que el libro trata, no tanto de la biografía de Gary, aunque lo parezca, sino de cómo Gary luchó para convertir los sueños en realidad. Pero no los suyos, sino los de su madre. Terminaron siendo los mismos.

      Y bien mirado, el libro no trata solo de su cumplimiento sino de la descripción de esos sueños, que no eran solo de entonces, la primera mitad del siglo XX, y el intento de explicación, así sea leve, de sus orígenes. Eso es lo interesante.

     Abandonados al parecer por el padre, que sin embargo acudió al rescate en momentos límite, Roman Kacew y su madre emigraron de Vilnius (Lituania) y, tras un par de años en Polonia, cuando el hijo tenía catorce años llegaron a Niza, pues como mucha gente de la época la madre consideraba a Francia el lugar del mundo donde se podían realizar los más brillantes destinos. Y el del hijo no debía desmerecer de los modelos de Victor Hugo y otros gigantes literarios, además de embajador y seductor del tipo Ana Karenina.

     La promesa del alba (hay ediciones en español) se refiere no solo a la lucha del hijo por ir cumpliendo con los sueños de esa inmigrante lituana, sino al hecho de que, además de cualquier otra consideración filial, se los había ganado. En sus esfuerzos por salir adelante, la madre se había inventado en Polonia la representación de una casa de alta costura de París, y en Niza, antes de ser administradora de hotel, se ganaba la vida revendiendo puerta a puerta vajillas y joyas que según decía eran patrimonio familiar de príncipes rusos exiliados. La misión que se fijó Gary (pseudónimo de sonoridad francesa manifiesta, según las divertidas páginas en que cuenta su búsqueda) fue no solo cumplir con las expectativas de su madre, sino, en el caso de que estas se hicieran esperar, encontrar el modo de que la mujer, una Quijote femenina que vislumbraba la gloria futura en una medalla por un campeonato de ping pong juvenil, no chocara con la realidad y la decepción.

    Porque como suele ocurrir la realidad no era como la habían imaginado. Vivir de la literatura tardó en llegar tras la muy esforzada publicación de algunos cuentos en los periódicos de París, cuando Gary era un escéptico y hambriento estudiante de Derecho, como tantos escritores antes que él. Al ingresar en el Ejército del Aire, en el momento en que Alemania se disponía a invadir Francia en los comienzos de la Segunda Guerra Mundial, se encontró con que era el único de los cerca de 300 cadetes de su promoción en no ser ascendido a oficial. Y ello por haberse nacionalizado hacía pocos años, y quién sabe -aunque el caso Dreyfus era ya historia- si también por judío. Ese choque con la realidad también le habría de seguir más tarde cuando, qué sorpresa, la crítica ideologizada y dogmática del medio siglo francés se negó a reconocer su literatura, al igual que la academia, algo que ha cambiado en los años recientes. Previsiblemente, no le perdonaban ni que fuese un hombre de acción, ni la originalidad, ni las grandes tiradas y las películas, ni que estuviera casado con la actriz de cine Jean Seberg.

    Este libro es también el estupendo cuento de cómo alguien se empeña en ser algo que en principio no se elige, francés por ejemplo, y lo consigue. Al igual que otros artistas que no nacieron en el Hexágono (Ionesco, Beckett, Semprún, Moustaki...), Gary escribe un francés como muy pocos autóctonos son capaces de hacerlo y demuestra más conocimiento del país y exhibe más amor del que serían capaces muchos compatriotas. Es pues también un ensayo sobre la pertenencia, la identidad y sus múltiples facetas, en una plasmación práctica de la idea de Borges según la cual la pertenencia a un país es un "acto de fe" (Ulrica, en El libro de arena).

      Y no se trata solo de patriotismo. Pues, aficionado a los disfraces y las máscaras, el que habría de ser héroe durante la guerra, gaullista sin vacilar (lo que la posteridad le hace pagar caro), y diplomático durante casi un par de décadas, iba a ser el responsable de uno de los pseudónimos más sonoros de la reciente literatura francesa. Y no me refiero solo a Gary, sino al de Émile Ajar, con el que tuvo tanto éxito o más que con el anterior, y que no fue desvelado hasta un año después de su muerte. Pseudónimo sobre pseudónimo, máscara sobre máscara, país sobre país, personaje sobre personaje. ¿Cuántas pertenencias e identidades podemos llegar a tener? Eso es lo que propone Kacew-Gary-Ajar.

El baile no ha terminado

Miércoles 26 Abril 2017. En Blog, Viaje

Rius
Don Perpetuo del Rosal, en Los Supermachos.

Nada más comenzar la universidad, tras mi regreso a España, entré en un grupo de teatro. Yo pensaba que por nostalgia de mis últimos años, en que como actor había sido dirigido por un genio, el francés Marceau Vasseur, pero como ya he contado aquí, era por nostalgia del baile. Pues al mismo tiempo en que montábamos a Ionesco y a Rius, el dibujante mexicano de la tira Los supermachos de San Garabato, mis amigos y yo dedicábamos los fines de semana a bailar -bailar cumbiamba y otros culpables de la salsa- en las incontables fiestas de una Bogotá todavía provinciana y algo inocente, previa al narcotráfico y los secuestros.

    Nada de lo que he dicho era lo que parece a primera vista: El teatro que hicimos no era lo que se entiende por teatro de colegio. Con él aprendí lo que es el rigor y la tenacidad en el arte, en un año entero con ensayos diarios para el montaje de Escena de cuatro personajes que no debía de durar más de media hora; y la prueba es que el mismísimo Ionesco le preguntó a Vasseur al ver el montaje qué hacía allí dando clase en un liceo francés en el otro extremo del mundo y no se dedicaba a lo que lo que de toda evidencia era lo suyo. (Y no se dedicaba porque en el teatro profesional jamás hubiera sido tan libre, reflexión que por cierto habría de marcar mi propio futuro). Algunos de los bailes no eran guateques de estudiantes sino reventones en los que el suelo se remecía a tres cuadras de distancia por las trompetas de orquestas de veinte músicos en una Colombia, por otra parte, en la que el ritmo y la música salía a todo volumen de Cien años de soledad, que nacía entonces, las cocinas y los autobuses. Y nuestras parejas de baile no eran ni mucho menos solo eso sino en su mayor parte las compañeras de clase con las que, desde la literatura y las ideas al temblor de tierra de una mano en la cintura de una chica que se quiebra con el ritmo exacto, estábamos descubriendo casi todo.

   Durante años me dejé engañar. Pensé que esa experiencia privilegiada e inconsciente, como suelen ser las experiencias privilegiadas, había determinado el que en la universidad me dedicase al teatro. Y este a su vez me permitió superar la rutina de una carrera (cualquier carrera la tiene, en cualquier universidad) y la vida de provincia: aunque conseguí no pasar ni un día de vacaciones en ella, estudiaba en Pamplona, una ciudad a la que no he vuelto porque no hay que regresar a los lugares en los que uno ha vivido intensamente. Y lo digo sobre todo por aquel teatro.

    Pero no, el tiempo ha pasado y ahora creo que el verdadero padre de mi viaje teatral fue el baile. Solo así se explica que en el teatro que hicimos en la universidad -con la ciega entrega de compañeros que no sabían en qué se metían- todo estuviese supeditado al movimiento y al ritmo. Al baile.

     Pero es que ahí no termina. Me cuesta mirar hacia alguna parte en que no irradien esos bailes de música caliente, nombre que recibe o recibía en Colombia.  Por ejemplo la vez en que descubrí la explicación  de Saint-Exupéry según la cual es más grave una falta de ritmo que de gramática. Estoy de acuerdo. El ritmo, más aún que las cinco preguntas, presidió mi redacción de treinta y seis mil teletipos en la agencia de noticias en la que trabajé durante mis años de purgatorio en esta vida. Y con una tenacidad sorprendente, durante años seguí buscando tiras cómicas interesantes -puro ritmo-, y en la capital mundial de ellas, el eje París-Bruselas, hasta comprender que también ese arte había sido secuestrado por el sofisma televisivo de hablar para todo el mundo y ya no hay guionistas de interés -que no dibujantes- o al menos no consiguen publicar.

     ¿Y no estaría mi experiencia representando a Don Perpetuo del Rosal en el montaje de Los supermachos en el origen de mis viajes a México, que iban a empezar veinte años después?

    Y así sucesivamente.

Vida de periodista

Miércoles 19 Abril 2017. En Blog, Periodismo

"Las ediciones digitales no aportaban nada más que porno rosa y listas tontas"

Lo que más me golpeó cuando entré a trabajar en El Diario de Mañana fue descubrir, poco a poco, que no era el lugar en el que todo parecía nuevo, como prometía su nombre y yo había creído siempre que son o han de ser los periódicos. Al contrario. Allí los periodistas escribían espectacular incendio y pistoletazo de salida, como ya resultaba imperdonable en tiempos de los abuelos, y la redacción era un permanente campo de batalla, ya no solo limitado a los lunes, en los que partidarios del Real Madrid y del Barça se echaban pullas unos a otros, según uno u otro equipo hubiese demostrado una vez más su superioridad en el campeonato que libran desde siempre y para toda la eternidad. ¿Lo único nuevo? Que ahora se las arrojaban a veces con el móvil, pero venía a ser lo mismo.

     Aunque decir que "me golpeó" parece tal vez excesivo, en realidad se oía como un pequeño ruido de fondo, un matiz en las nubes de la tormenta a lo lejos, ante el galope de las novedades que todos los días llegaban en tromba: revoluciones, bombas, elecciones, amenazas, revueltas de independencia... Todo tiene aspecto nuevo en un periódico. Se diría que en ese momento, en su primera página, se está inventando el mundo.

     El tropiezo se produjo cuando, buscando datos para ilustrar una crónica -eso es lo que hacen los novatos, pitufos, en las redacciones: buscar fotos, contestar teléfonos, mentir para cubrir al jefe, acudir a ruedas de prensa sin preguntas, encontrar datos de apoyo a las crónicas de los veteranos...- descubrí pronto que la bomba de esa mañana ya había estallado la semana anterior, y el mes anterior, y hace un año, y ya Dostoevski hablaba de ese mismo fanatismo en sus novelas. Y que esas elecciones ya se habían celebrado antes, y los argumentos para las revueltas de independencia sonaban a siglo XIX, e incluso XVIII... De tal manera que, con el tiempo, no mucho tiempo, el periódico dejaba de tener ese aspecto de novedad que tienen los periódicos planchados en el quiosco y pasaban a ser ensayos teatrales donde se repiten una vez y otra los papeles con ligeras variantes. Las ediciones digitales no aportaban mucho más que porno rosa y listas tontas.

     Fue a su vez eso lo que me permitió ir localizando una serie de roles, en la redacción, como los personajes arquetípicos de la Comedia del Arte, tipo Arlequín, Colombina y demás. Y así fui identificando, cada vez con mayor facilidad, los del jefe malhumorado. El reportero con chaleco de pescador que estuvo una vez en la frontera de un país en guerra pero pontifica como si fuese Hemingway. La madre agobiada porque el cierre le impide siempre llegar a bañar a sus hijos. El novato que cree que Twitter y Facebook son periodismo y sus pupilas van cogiendo el aspecto paralalepípedo de móvil. La reportera empeñada en reconvertir el periódico en una ONG que todos los días abre con el "Día internacional de..." (esos días fueron inventados por empresarios de prensa para ahorrarse periodistas). Los militantes de este o aquel partido, propietarios de la razón y agraviados con la limitadita cerrazón universal que no les vota...  Y así, poco a poco, el tifón del periodismo se fue convirtiendo en una tormenta tropical y luego una lluvia pacífica de primavera, hasta llegar a la rutina de cualquier oficina con máquina de café y conversaciones sobre los sueldos, el escalafón y las vacaciones.

     Hasta que hace unos días comencé a salir con Rita, redactora de Sociedad. Es maja, agradable, con las ideas correctas y presentable a la familia. Tengo que competir con un rival temible, el móvil, pero qué le vamos a hacer, los periodistas vivimos en las redacciones y tampoco conocemos a demasiada gente lejos del reflejo de nuestras pantallas. La primera vez que fuimos a cenar me pareció que comía más con el cerebro que con el paladar, pero eso es algo muy de estos tiempos obsesionados con el estar fit (así lo llaman). Cuando fuimos a bailar tuve la impresión de que lo hacía siguiendo pasos grabados en el disco duro, y que sus manos frías tenían huesos de metal. Y cuando nos metimos en la cama me pareció escuchar los gemidos de unos engranajes faltos de aceite. 

El desvío como estrategia

Miércoles 12 Abril 2017. En Blog

Ricardo Gutiérrez
Susan Sontag
En calidad de autor ya me habían hecho unas cuantas entrevistas en mi vida cuando yo hice lo mismo con Susan Sontag, y nunca me sentí, ni de lejos, tan interrogado como con ella. Tal y como cuento, disponía de una hora, en una rueda de entrevistas sucesivas con motivo de su visita a Madrid, y habían pasado veinte minutos cuando tuve que interrumpir su catarata de preguntas sobre quién era yo, y dónde había aprendido el inglés, y por qué mi familia... etcétera, y decirle: "Escuche: usted es la entrevistada y yo el entrevistador, y más vale que nos pongamos a ello porque si llevo una entrevista a mi mismo me arriesgo a que me echen del periódico", o algo así. Susan Sontag soltó entonces una gran carcajada de mujer voraz y sólo entonces pude entrevistarla.
   Para encontrarme con otro problema inédito. Y es que cada respuesta merecía una entrevista especializada. Es norma elemental de cualquier entrevistador el llevar preparada una lista de preguntas, a la espera de la primera respuesta interesante, si se da, y seguir por esa senda más interesante. Y es rara la entrevista en que el periodista atento a la respuesta prometedora no haya tomado por lo menos un desvío, donde suelen estar la entradilla y el titular. Pues bien: con Susan Sontag el desvío se producía en cada respuesta. Eran tan sorprendentes, tan independientes y, sobre todo, tan inteligentes, que me quedaba medio atontado y tenía que usar de todos mis reflejos para no seguir solo por esa senda que ella convertía en muy prometedora -y podía ser la pintura del sur de Italia, por ejemplo-, y pasar a los otros muchos temas que se ofrecían, a la vez que lamentaba haber perdido veinte minutos permiténdole a ella sonsacarme a mí.
   Para entonces Sontag ya había pasado su primer cáncer y había escrito su Ilness as a metaphor (La enfermedad como metáfora), del que me regaló un ejemplar (no dedicado, por supuesto). Y sin embargo, cuando días después me encontré con la antigua actriz que le habían puesto como guía para acompañarla por Madrid durante su visita, me dijo que, después de las intensas visitas al Prado y a los tablaos flamencos, que Sontag había exprimido en su viaje, había tenido que guardar cama, agotada.
    Mi entrevista había sido de nueve a diez de la mañana. También me enteré después de que el periodista a quien le tocaba el turno siguiente había sido expulsado con el comentario de que ella no había venido para responder preguntas estúpidas... y con él se había terminado la rueda de entrevistas.
   Y un testigo me contó el comentario que le había hecho sobre mí a mi director, en una cena. Por lo visto sus intensas preguntas en veinte minutos no habían sido por completo inútiles, y ya había logrado construir toda una teoría.
 

Esta entrevista hace parte del libro "La entrevista como seducción. Momentos con escritores", recién publicado por EL País en edición digital. Estos son los enlaces para descargarlo:

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  • Pedro Sorela

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