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Viajar y leer

Miércoles 16 Agosto 2017. En Blog, Lecturas, Viaje

p.S

No entiendo por qué elijo con tanto cuidado las lecturas que voy a llevar de viaje pues a estas alturas ya sé que meter un libro en la maleta es como invitar a una amante en un asiento ya ocupado del coche, el avión o el barco: avión y libro rivalizan, toda vez que un libro es también un viaje y se corre el riesgo de que uno y otro se hagan sombra.

     Además se produce la circunstancia agravante de que en el viaje se abren los poros y suele ocurrir que lo que uno lee tiende a quedarse. Recuerdo con claridad los libros que me llevé a una solitaria excursión de pesca por el Bidasoa navarro. No pesqué ni una sola trucha, claro, pero guardo nítidas impresiones de los libros de Hamsum, Dostoievski, El jardín de los Finzi Contini y otros que leí entonces -hace muchos años- sin atender lo necesario a mi caña de pescar.

    De lo que tampoco estoy muy seguro es de que mis imágenes de esos libros no estén como barnizadas por mi intensa experiencia en las verdes riberas del Bidasoa, y de lo que iba parejo: una camarera simpática, en el también húmedo hostal en el que me alojaba, y un pobre guardia civil, enfermo de soledad, que agradecía la más elemental conversación. Ambos personajes se me mezclan con los de los libros. Y ese libro de Dostoievski, Los hermanos Karamazov, me parece muy distinto de los otros del mismo autor con los que por cierto me había iniciado de adolescente en la literatura para adultos y de los que, por eso, también guardo un recuerdo muy exacto... y que no pienso volver a leer, no vaya a ser que.

      Como todo el mundo, a menudo yo también he caído mucho en el error de elegir a un autor del lugar al que voy a visitar, o que le pegue. Ese espejismo de leer a Evelyn Waugh si uno va a Oxford, como si la Inglaterra de hoy tuviese algo que ver con la de Retorno a Brideshead. Cierto: leer allí La ciudad y los perros, por ejemplo, sería todavía peor, pero la propuesta pone de relieve otra evidencia. Igual que la gente (yo he aprendido a no hacerlo) lee tonterías en una hojita de la distribuidora de la película, antes de verla, o la solapa de los libros donde se seleccionan frases de críticos fuera de contexto, tal vez la gente busca guías, cuando viaja. No me refiero a las obvias tipo Lonely Planet y demás, que pueden ser muy útiles en viajes difíciles, sino guías que les permitan atravesar los muros de los edificios de los que solo les permiten ver el exterior: el visitante lee Retorno a Brideshead y ya cree saber cómo son y de qué mansiones vienen los estudiantes privilegiados de esos colleges a los que no les permiten entrar.

    En cierta ocasión hice la experiencia de leer una docena de libros sobre la India antes de viajar allí, y además escribí sobre lo que esperaba encontrar: (Prehistorias de la India, en Historia de las despedidas). Pasados los años solo puedo decir que, con la excepción del libro de Octavio Paz Vislumbres de la India, mucho de lo que leí, incluido Naipaul, eran sobre todo estereotipos: los del viaje, producto de la industria de las identidades, son quizá los más fuertes de todos. De modo que, con esas lecturas, uno corre el riesgo de no viajar con los ojos abiertos, que sería la utopía del viaje, sino con los prejuicios del autor leído, a menudo convertido en un autor nacional si es lo bastante rentable para la industria identitaria: en Aracataca, el pueblo que García Márquez abandonó en la infancia y al que volvió solo en alguna que otra ocasión, la estación de tren ya está decorada con grandes mariposas amarillas.

    El cuidado en la selección de lecturas para un viaje puede sugerir también otra realidad, y es que ya no leemos como respiramos, como antes. Yo soy tan viejo que recuerdo un mundo en el que no era tan raro encontrar lectores de un libro al día, o cada dos, por lo que la selección no resultaba tan decisiva: simplemente era un ritual más, como leer el periódico. Y de ahí que no resultara tan exótico un viajero como el paciente inglés, que siempre lleva en su maleta los viajes de Herodoto, y los anota, y escribe cartas sobre ellos. (Ya no escribimos cartas, sino mensajes, y a menudo estos son fotos, como si una foto fuese un pellizco de viaje). El libro leído no complementaba lo que se veía sino que venía a servir de contrapunto para resaltar el sabor. Algo como echarle sal al melón. En un castillo polaco, en la retirada de Rusia, Stendhal, oficial de Napoleón, robó un libro de Voltaire.

        No puedo dejar de recordar el último viaje a España de José Donoso, obsesionado, ante las doce horas de avión de regreso a Chile, por encontrar un libro que "le secuestrara" pues era de los que no podía dormir en otro sitio que no fuese su cama, y eso solo a veces. Lo comprendí muy bien. Sin libro está uno abocado a distrarse con esas películas tontas que por algún misterio programan siempre en los aviones -siempre-, o peor aún, con esos episodios tipo Cámara Oculta que ahora ponen en muchos, lo quieras o no. He llegado a la conclusión de que lo hacen como una medida de seguridad más, dentro de la larga serie, para mantenernos a los pasajeros domesticados y que no veamos los amaneceres sobre el mar, no vayamos a tomar notas.

       Sea como fuere, hace tiempo que he renunciado a libros secuestrantes en los viajes. He terminado por aceptar que cuando estoy de viaje no me secuestran, pues la competencia con la ventana y el viaje rival, y con mis propias notas y dibujos, es siempre demasiado fuerte. Además no es justo con ellos, pues por experiencia sé que nunca guardo el recuerdo que tendría de haberlos leído en silencio en mi casa. Así que lo que hago a menudo es leer textos abstractos, de ideas sin color ni gusto, que no compiten con mi viaje. Van por una vía paralela. 

El amante no tan secreto de la literatura

Martes 11 Julio 2017. En Blog, Sastrería

Stendhal (pS) y Truman Capote.

Sastrería

Muchos escritores del Siglo XX temíamos, cuando llegaron los ordenadores, que estos nos fuesen a cambiar el ritmo de escritura y con ella el resultado final. Teníamos razón. Yo escribí a mano mis primeras novelas -uno de los varios modos de diferenciarlas del periodismo-, hasta que me di cuenta de que ese placer decimonónico de escribir dibujando con una letra que me identificaba como una huella digital, a diferencia del uniforme de la tipografía impuesta por los ordenadores, tenía un costo: el ritmo interior de la novela era de otro tiempo.

   Es algo a lo que no se suele prestar atención y sin embargo tiene una enorme importancia: cómo se escribe y, sobre todo, a qué velocidad y con qué ritmo. Y si alguien tiene dudas de su carácter decisivo, que lea la muy conocida correspondencia de Flaubert con Louise Colet, su amante y también escritora, en la que Flaubert va describiendo, casi siempre a altas horas de la madrugada, la lucha que mantiene, palabra a palabra y durante días, cuando no semanas, con cada frase de su Madame Bovary. Libro que, en contra de las teorías contemporáneas a cual más pintoresca de los Estudios Culturales, fue escrita -véase el libro de Vargas Llosa La orgía perpetua. Flaubert y Madame Bovary-, para demostrar una teoría de escritura: los posibles efectos sobre el texto de la supresión de un narrador visible, algo por completo revolucionario para la época. Hoy las noticias de las agencias serían distintas sin la escritura de laboratorio de ese libro.

    García Márquez dijo en su día que con los ordenadores tardaba la mitad del tiempo en escribir sus libros que cuando lo hacía a máquina y volvía a empezar cada página con el primer tachón. Además, no avanzaba sino después de haber aprobado cada frase, lo cual explica mucho de su prosa. Borges escribía primero en la cabeza porque se fue quedando ciego, y luego dictaba. Se cree que Shakespeare escribía con tanta rapidez que ni siquiera tachaba lo desechado y no usaba, igual que sus contemporáneos, signos de puntuación. Vargas Llosa crea primero rápido un primer borrador y luego lo somete a una segunda y tercera reescrituras. La pregunta es si esa primera escritura impulsiva es determinante, al fin de cuentas Monterroso dijo con otros que no escribimos sino que corregimos. Truman Capote acumuló primero ocho mil páginas de apuntes y datos antes de proceder al destilado de A sangre fría, y no para recrear un crimen como nadie sino para demostrar, igual que Flaubert, otra teoría: que la escritura de no ficción puede igualar en atractivo y tensión a la imaginaria. (Él pudo). El inglés William Boyd -también guionista, lo que no es irrelevante- elabora planos muy desarrollados con tramas muy terminadas, momento en el cual avanza a toda velocidad, a razón de varios folios al día. En su habitación insonorizada con corcho, y en la cama, Proust creaba islas, episodios, y luego los iba uniendo para redactar su largo friso de nueve volúmenes. Víctor Hugo se obligaba a doblar cada día el número de versos escritos el día anterior, y a quien no le impresione ese dato, que recuerde el cuento del sabio egipcio que cuando le ofrecieron una recompensa pidió un grano de trigo en la primera casilla del ajedrez, y luego ir doblando la cantidad resultante en cada casilla hasta completar las sesenta y cuatro.

    En el otro extremo, Stendhal escribía tan rápido que sus numerosos inconclusos están trufados de paréntesis con la instrucción (aquí tal cosa). Henry James publicaba casi todo lo que escribía, lo que a mi modo se puede apreciar en su obra y en las de tantos escritores del XIX. Balzac no tenía tiempo ni de ir a ver los lugares de provincia que salían en sus libros pero en cambio corregía hasta el punto de que a sus tipógrafos les pagaban el doble. Muchos escritores cobraban entonces por página. En eso se parecían a los periodistas y un punto de unión podría ser Francisco Umbral, de quien Delibes diagnosticó: "Escribe como mea". El recién fallecido Miguel Ángel Bastenier decía que los periodistas son de dos tipos: el rápido y el que no es periodista. Virginia Woolf tomaba dictados del subconsciente (¿no es el caso siempre?), igual que Joyce, más radical que ella, y los surrealistas, que propugnaban la escritura de todo, la escritura automática, y lo convirtieron en escuela. Quien esté interesado en modos y rituales de escribir, que lea las entrevistas de The Paris Review, especializada en ese tipo de informaciones. La duda que queda de todo ello es: ¿cuánto influye el ritmo en el resultado final de la escritura?

    Como digo, tiendo a creer que mucho. Basta leer algún clásico -a mí me pasa ahora con la por otra parte vívida La calle de Valverde, de Max Aub-, para pensar que les falta edición, esto es, supresiones, reescritura. Véanse también Baroja, el novelista Gómez de la Serna (qué diferencia con sus greguerías) y tantos otros. Antes podían corregir solo hasta cierto punto y en todo caso mucho menos de lo que permiten los actuales ordenadores.

    Iba a escribir "y exige el mercado" pero no es cierto. Es verdad que la literatura tiene que competir por un público mucho más solicitado que antes por juegos y pantallas. Y que en líneas generales los escritores son más avaros con el espacio: difícilmente son concebibles hoy, salvo en James Agee o David Foster Wallace, cuatro páginas para describir una mercería en la Puerta del Sol, como hacía Pérez Galdós. A juzgar por manuscritos y mesas de novedades, muchos libros parecen estar escritos por clones sin programa de textos ni ortografía. Y quizá lo estén.

El entrevistado ya seducido

Miércoles 28 Junio 2017. En Blog, Entrevistas

José Donoso.

Unas semanas más tarde me llamaron de Círculo de Lectores para escribir un prólogo a Casa de campo, una novela de Donoso que no conocía, y además no sentía por el autor particular predilección. Aún así acepté, no sin preguntar por qué yo. "Lo ha pedido él", me dijeron. Y no mucho después leí un artículo elogioso de Donoso sobre mi primera novela, Aire de Mar en Gádor, publicado en varios periódicos a través de la agencia Efe, y comprendí que la simpatía de Donoso por mí no se debía simplemente -no habría puesto su nombre en juego- a ser yo periodista en un medio poderoso.

Pues eso había pensado cuando la jefa de prensa de la editorial había venido a decirme, al cabo de una hora, que mi turno terminaba y que ahora le correspondía a otro periodista, en la rueda de entrevistas con ocasión de la presentación en España de la novela La desesperanza. Y para sorpresa de los dos, Donoso dijo: "No. Estoy hablando muy a gusto con Sorela y no quiero a nadie más", y se había negado a recortar nuestra entrevista, aunque ya llevásemos una hora y hubiese otros periodistas esperando. El incidente y lo que siguió, toda una historia, está recogido, ampliado y literaturizado en mi novela El sol como disfraz.

Después de su artículo -sensible y erudito- fui comprendiendo a través de lo que se convirtió en una amistad que la afinidad que sentía Donoso por mí era cierta, pero mientras terminé de hacer la entrevista y la escribí se planteó un problema: ¿Qué hacer con un entrevistado que quiere quedar bien contigo? ¿Con quien no sirven estrategias de seducción porque ya se ha seducido él solo? Según mi experiencia, es más fácil entrevistar a quien se resiste. Pero el caso del auto seducido se da, y más a menudo de lo que se cree. Y el periodista, vulnerable en su vanidad como todo el mundo, está menos preparado para afrontarlo.

Al terminar de escribir ese día la entrevista con el lamento de Donoso: "¿Sabe? sueño con el día en que me hagan una entre- vista solo de literatura", yo no podía saber que era por completo sincero. Donoso era, con Stephen Vizinczey, la persona más literaria que he conocido hasta la fecha, como comprobé a lo largo de sucesivos encuentros en los años siguientes -su literatura pasó de cierta indiferencia por mi parte a un genuino interés pues cada uno de sus libros era un empeño distinto, y al límite, algo bastante raro pues el escritor, como el pintor, suele instalarse en la fórmula resultona-, y eso mismo vino a decir la última vez que nos vimos, en una cena en Madrid, en su último viaje a España y pocas semanas antes de su muerte. Yo me había quejado de alguien que sólo era capaz de hablar de literatura (y de forma previsible y no muy interesante). Y él respondió: "¿Pero hay algo más?". Su obsesión antes de coger el avión para las doce largas horas de vuelo insomne a Chile fue encontrar un libro que "le secuestrara". 

Esta entrevista hace parte del libro "La entrevista como seducción. Momentos con escritores", recién publicado por EL País en edición digital. Estos son los enlaces para descargarlo:

  • Pedro Sorela

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