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Pedro Sorela

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El mar y el aburrimiento

Por: Pedro Sorela Domingo 24 Julio 2005. En Artículos

Parte del libro El viaje del Capitán Nemo. La Coruña 2005

El mar y el aburrimiento

Escultura de Homenaje a Julio Verne.
Jardin des Plantes, París.

Yo le debo a mi garganta y mis pulmones débiles una infancia llena de viajes y aventuras. También a mi hermano, mucho más fuerte que yo, y a mis padres, que en consecuencia me sobreprotegían. A una ciudad, Barcelona, llena de sol pero también de vientos y humedades que podrían figurar por derecho en algún museo del crimen, sección asesinatos sutiles o vías indirectas. A un mar, en esa ciudad, muy potente por escondido y menos obvio que el de las urbanizaciones fraudulentas de la costa y las postales de los turistas. A un tiempo inmóvil, que en mi caso parecía una siesta eterna, punteada de anginas sólo interrumpidas por los veraneos de tres meses en otro lugar todavía más inmóvil, Mallorca, pese a que ya habían comenzado a destruirlo con las urbanizaciones aludidas. A una familia exótica y dispersa y muy consciente de su pasado, que se manifestaba bajo la forma de fotografías en lugares lejanos e historias que parecían de otro mundo. Y lo eran.

Aunque si lo pienso, quizá no se tratara tanto de historias de otro mundo… como de los narradores: mi madre, sobre quien recaía, ahora me doy cuenta, el cargo semi sagrado de guardiana de la memoria familiar. Y mi padre, en quien se daba un gen raro que no he vuelto a encontrar y que me habría de marcar para toda la vida: tenía el vasto y políglota pasado de ciertas personas nacidas a comienzos de siglo… y el don de hablar de él pero sólo a medias. Decía por ejemplo: “Pues una vez en Roma (o Buenos Aires, o Cracovia, o…)”, y contaba una anécdota. Y cuando uno quería saber más y preguntaba qué estaba haciendo en Buenos Aires o en Cracovia, entonces se reía… y pasaba a otra cosa. Creo que si tengo que elegir un hecho decisivo entre los muchos que me convirtieron en escritor sería ese el primero de todos: la compulsión de completar aquellas historias.

Pero eso fue la consecuencia. En aquellos años, conmigo en cama uno de cada tres o cuatro días por culpa de la fatal alianza entre mi garganta débil y el taimado clima de Barcelona, ese don de mi padre de resistirse a terminar de contar las historias supongo que me abrió la imaginación. Así de simple. Y no es tan fácil: un niño, me parece recordar, no quiere imaginar pues la imaginación es un territorio imprevisto, de riesgo. Hay que seducirle. Convencerle de que es un lugar mejor. Y yo al menos, me parece, no quería.

¿Y cómo iba a querer? En mi casa la imaginación era algo que se escondía en el interior de libros enormes, más grises aún que aquel tiempo de siesta obligatoria, un rollo pesadísimo. Y yo no podía comprender que para encontrarse con ella mi hermano se metiese con los libros bajo las sábanas y, violando todo el Código del Sueño, leyese durante horas con una linterna; casi se queda ciego. Que mi padre se fuese a la cama con dos libros o tres, número indicativo no tanto de inconstancia como de pasión. Que mi madre, mi abuela… que todo el mundo leyese sin pausa en una casa en la que no había nada más que hacer. La radio era un artefacto más bien sospechoso y la televisión no existía: no sólo estaba recién inventada y no había llegado ni a la era del acné, la nuestra, sino que mi padre había devuelto un aparato regalo de un amigo, con una profunda desconfianza que yo hoy, pese a tener televisión, comparto. (Igual -qué le vamos a hacer- que la idea de que la imaginación, la imaginación que cuenta, vive en los libros y sólo en ellos).

O sea que ahí está un niño con una angina, en una casa en silencio y frente a una tarde que parece un océano. Y de pronto y sin transición se encuentra en un barco, junto con otros chicos, naufragando para alargar dos años sus vacaciones. O uniéndose a una expedición para ir al centro de la tierra. O trasladándose a la luna en una especie de bala de cañón. Viajes tan rápidos sólo se consiguen mediante un procedimiento muy sencillo: el niño, que ha estado mirando por la ventana, alarga la mano y coge un libro. Claro que antes alguien ha puesto el libro allí… y es capaz de leerlo al mismo tiempo.

En mi caso ayudó la idea de un editor, Bruguera, de publicar volúmenes que incluían las novelas y su versión en historieta, en páginas alternas. Habría que hacerle una estatua. Y otra al aburrimiento (a lo mejor habría que pedir otra para las anginas: quizá una gaviota adentrándose en el mar), pues a través de todo ello logré comprender desde muy pronto que no había tiempo gris, no había inmovilidad, no había aburrimiento que se pudiese medir contra una buena novela. Las buenas novelas ganaban siempre.

En cierta ocasión me paseaba por una ciudad repleta de melancolía de la mala, como a veces sucede, y en lugar de meterme en un bar, me metí en un cine, pero con idéntico propósito: emborracharme de algo que me hiciese marcharme muy lejos de aquello que parecían como tres domingos por la tarde, fundidos en uno de plomo. Un par de horas después caminaba por la misma ciudad, pero ahora me parecía amistosa y yo ya no quería alejarme de nada. La película era Miguel Strogoff, ni siquiera en la más feliz de sus adaptaciones, y me había devuelto la paz perdida como sólo la devuelven las dos o tres cosas de las que podemos estar seguros. Las que no fallan. Y en esta ocasión me había devuelto la seguridad de la infancia, la única patria como descubrió Saint-Exupéry.

“Estás salvado”, me dijo una vez mi madre , al verme leer abstraído. Y como yo la mirase sin comprender, me explicó: “Estás salvado. Te gusta leer. Nunca estarás solo”. Y eso exactamente fue lo que me pasó al cruzar el espejo de mis miedos y aprender que los libros no eran un rollo gris y aburrido como el tiempo que me tocaba vivir –como es cualquier tiempo por sí mismo, si no se consigue leerlo de cierta forma-, sino la puerta misma de lo extraordinario en el que apetece instalarse para siempre. Eso es lo que busca todo escritor, si se piensa: crear él a voluntad el tiempo en que fue feliz.

No puedo dejar de observar que los libros que leíamos con más afán y disfrute eran los que nos llevaban lejos de allí. Y en particular Julio Verne, el más inmóvil (estaba atado a la mesa por un contrato editorial leonino… pero también por una inmensa pasión de contar y al final dictaba), pero el autor, de todos los que conozco, que más lejos viajó, y a más lugares. Ahí es nada. Hoy, dicen, los chicos prefieren héroes “con los que se puedan identificar”. A juzgar por las mesas de novedades, los mayores también.

Me niego a hacer sociología literaria, triste destino para un escritor, pero creo que ese corto vuelo de la lectura de nuestro tiempo se debe entre otras cosas a que no conocen (y habría que pedir responsabilidades a alguien), a que no conocen Veinte mil leguas de viaje submarino o La vuelta al mundo en ochenta días. Si se consiguiese reintroducir en la memoria de los lectores, en la cultura que era obligatoria no hace tanto, el hilo que perdimos en alguna parte, y por culpa de lo cual Julio Verne navega por el aire transformado en globo sin amarre, estoy seguro de que…

Alguien podría preguntar por qué Verne habría de ser indispensable. Al fin de cuentas la historia de la cultura, como la de los hombres, es la de una larga sucesión de olvidos que se relevan unos a otros cuando las cosas van perdiendo su capacidad de sugerencia. De hecho son muy raros los autores que consiguen ser leídos durante más de medio siglo.

En mi caso esa pérdida sería de verdad irreparable porque nunca nadie ha conseguido llevarme más lejos que el Nautilus o el globo de Phileas Fogg… No es una cuestión de kilómetros sino un prodigio: nadie ha sido capaz de traerme el fondo del mar hasta mi cama, o hacerme comprender, con La isla misteriosa, las lecciones de química que no había entendido en el colegio. Nadie más me ha podido hacer el mismo favor con tanta naturalidad, ni siquiera con toneladas millonarias de oscares y efectos especiales.

¡Ah!, y por otra razón, principalísima: porque en los libros de Verne encontraba posibles continuaciones a las historias que mi padre dejaba sin terminar. Un mundo entero de continuaciones a todo tipo de viajes: al fin de cuentas, Verne era un periodísta científico muy bien informado que divulgaba como novelas las posibilidades que nacían en su tiempo, y que el de mi padre explotó. En tiempos de Verne darle la vuelta al mundo era una visión. En el de mi padre, el objetivo de cualquier viajero digno de ese nombre. En el nuestro, casi una anécdota y hay que preguntar: ¿de qué vuelta al mundo estamos hablando?

Como ya terminé los libros de Julio Verne hace algún tiempo, y no hay nadie que le sustituya, ahora me dedico a imaginar yo esos finales de historias, y escribirlas. Dudo que eso fuese posible sin la imaginación abierta y entrenada entonces –pues la imaginación de marchita si no se la riega- gracias a Verne y otros tres o cuatro, a la condición de mi padre de viajero que contaba sólo hasta la mitad, a las anginas y al feliz aburrimiento de la infancia.