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Pedro Sorela

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Aduanas del insomnio

Por: Pedro Sorela Viernes 15 Noviembre 2002. En Artículos

Aduanas del insomnio

Sé, o creía saber, que uno no debe contar los sueños porque sólo sirven para dar de comer a iluminados y a psiquiatras, y en literatura son  inaguantables. El problema es que a mí, ahora, me agitan los insomnios.

No se trata ya sólo de que vea pájaros —águilas ciegas, cuervos al alba, loros grises...— que caen sin una queja tras haber servido para el béisbol o en perversos laboratorios cosméticos. Ahora veo gritos. No los oigo: los veo. Gritos mudos y  visibles de una muchedumbre a la que han recortado el corazón, que no puede llorar porque le han quemado los lagrimales, como  a Miguel Strogoff, que no grita porque no tiene con qué... Hasta ahí, todo normal: muchos sueñan lo mismo.

La diferencia es que antes buscaba variantes a terrores pueriles que jamás funcionarían contados así, en crudo, y a veces conseguía traducirlos a pasables historietas góticas. El truco lo aprendí en Sartre, que de niño se contaba cuentos de terror hasta dormirse (en el clímax). Yo no conseguía dormirme, pero me consolaba con esa gimnasia de la invención. 

ahora ya no puedo. Me falta valor. Opto por la realidad y entonces se me aparece París con la doble joroba de Notre Dame y... cambio de canal, asustado. Me voy lejos, a Buenos Aires, y sobrevolando su dimensión de océano se me ocurre que las luces camuflan a masas en fuga, no puedo evitarlo. Recuerdo los ríos de China y los veo teñidos de colores expresionistas... Y termino levantándome antes de tiempo.

En esta cobardía interviene un temor que supongo es el de no pocos imaginadores,  y del que ya nos avisó Greene: "Uno debe cuidar mucho lo que escribe porque se puede volver cierto". Bien, como en otras ocasiones (¡qué relectura estos días la de El americano impasible!), la Historia le da la razón.

Pues sospecho que Bin Laden, los etarras y otros iluminados se manifestarían de otra manera sin tantos tebeos y películas subproducto de la retórica romántica tipo Guillermo Tell o Robin Hoodde la que también sale la patriótica ambiental. En esas historietas, clónicos Doctor No, Jokers, Goldfingers, y ototros canallas de refinados modales amenazan con la destrucción de la tierra y desafían a Supermán, Spirit o Bond. No pretendo simplificar la rabia enloquecida de los radicales islamistas: creo que con paranoica lucidez supieron, y de ahí su eficacia, comprender la sensibilidad de tebeo que tenemos  en Occidente, con una moral reducida a las bobadas de lo Políticamente Correcto y una estética simplona impuesta por Hollywood en la rebatiña por un mercado de adolescentes. No es poca la complicidad de tecnocráticos y claudicantes planes de Educación. Qué diferencia con el Ricardo III, de Shakespeare, que le dice a Ana Neville, a la que ha dejado sin hombres en su familia: "Vuestra belleza me incitó en el sueño a emprender la destrucción del género humano con tal de poder vivir una hora en vuestro seno encantador". (Ricardo III, i, 2)

Sea Shakespeare o no el primero en esa fiebre apocalíptica, parece que estamos presos en una cadena en la que a una invención sigue otra como el cuatro al tres. Así las cosas, ¿no se ha vuelto la creación la menos libre de las inteligencias? Y ello por imperativo categórico kantiano —La conciencia pesa sobre mi cabeza como las estrellas sobre la tierra—, y por imposición de una ciencia sin cabeza que a punto está de crear a un atómico Frankenstein de verdad. Dicho de otro modo: ¿Hasta dónde podemos imaginar? Y no según la moral que hace esta pregunta desde el Edén, sino —así de simple— porque en la imaginación por venir laten los monstruos, y quizá nuestros verdugos.

Algo parecido deben de pensar los civilizados guardias —pero aunque el guardia se vista de seda, guardia se queda— que no han tardado en prohibir canciones, aplazar películas y exiliar a archivos a periodistas ajenos al espíritu lanar y capaces de hacer preguntas —y críticas—, con el supremo y viejo argumento de la Razón de Estado que ahora se ha globalizado en Razón Mundial. Y ello en Nueva York, que no es ni fue nunca la capital del mundo, desde luego, pero es para mí la ciudad en la que mi madrina, pintora en el Village, me inició de chico, en la rampa de caracol del Guggenheim, en la suprema relatividad del arte moderno, espejo de las ideas del siglo.

En mi insomnio con aduanas me prohíbo la creación, el futuro, y sólo me permito, ya no la realidad, el presente, sino el recuerdo. Pero entonces regreso con irritante terquedad a mi segunda visita a Jerusalén, hace unos meses, cuando la ciudad ya había perdido la magia hoy increíble de albergar tres religiones milenarias en la superficie de unas pocas plantas de las Torres Gemelas. Y en efecto, monjes-soldado de las tres religiones patrullaban sus barrios sagrados en grupo y uno sentía que la magia tenía tantas probabilidades de sobrevivir como esa lengua amazónica que ya sólo hablan cinco ancianos.

Al estallar la Gran Guerra, Stefan Zweig publicó en la prensa una carta a sus amigos ahora enemigos en la que decía: "nuestra amistad es vana mientras nuestros pueblos combatan, pero será doblemente preciosa tras la guerra..."

La recordé a mediados de septiembre, cuando en un bazar de Estambul casi sin turistas un comerciante me gritó desde lejos: "¡Cómpreme una alfombra antes de que comience la guerra!" La petición llegó tarde, pues en la pasión por una alfombra ya había enterrado mi fortuna, pero desde luego que entré a tomar el té con él, y hacer como si (y ambos lo sabíamos), y a preservar como el bien más precioso el ritual y la charla, y la curiosidad por el otro y la imaginación en libertad. Pues ese es el primer requisito de una alfombra: que vuele.