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Pedro Sorela

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2002, de Orwell

Por: Pedro Sorela Lunes 02 Septiembre 2002. En Literatura, Artículos

2002, de Orwell

¿Es en realidad tan sorprendente que el libro que más impresionara a mis alumnos de escritura en la universidad el curso pasado fuese 1984? (Después de Los miserables, pero eso es lo natural desde que la gente comenzó a tomar por asalto la imprenta, incapaz de esperar la llegada a las librerías de las entregas del libro de Victor Hugo, la droga más eficaz que conozco para enganchar a alguien a la lectura de verdad.)

El éxito de 1984 sorprende al principio por cuanto los lectores que cruzamos esa fecha ya de adultos nos hemos acostumbrado a considerarlo como la pieza central de la trilogía que con Rebelión en la granja Homenaje a Cataluña constituye el documento más iluminador y transparente sobre las perversiones del estalinismo, a las que Orwell logró sobrevivir para luego dar testimonio y dejarlas al desnudo, sin la coartada del elástico idioma que el propio estalinismo había inventado.

Y sobrevivir también como escritor: no olvidemos que el mismísimo San T. S. Eliot se negó a publicarle por miedo al poder estalinista dentro de la izquierda británica. 

Pero es que mis alumnos, de 21 años, apenas saben quién fue Stalin, y si lo saben es del mismo modo vacilante con que conocen a Hitler, Mussolini o el Mao de la Revolución Cultural, en la puerta del limbo de lo ignoto donde habitan otros grandes criminales como Ceacescu o Pol Pot. ¿Entonces?

Entonces —y para confirmarlo he vuelto a leerlo— es que de la lectura contemporánea que de toda evidencia tiene el libro, lo que más ha inquietado a mis alumnos es —sigue siendo— lo que dice de la libertad. Algo inquietante pues, una vez más o menos muertos y archivados en el comienzo del olvido el fascismo y el comunismo, ¿acaso no les están diciendo todo el tiempo que donde vive la libertad es aquí y ahora, y para siempre? 

Algunos podrían pensar que el interés de mis alumnos se debe sobre todo a los múltiples recursos utilizados para ilustrar la anécdota central del libro —el ojo que todo lo ve, los micrófonos en el campo, la inmortalidad de los vigilantes...—, o porque creen que desentrañarán el enigmático origen del nombre del programa Gran Hermano. No lo creo pues el nivel mental requerido para poder soportar el programa (si ese es el hermano grande, cómo será el pequeño) resulta de toda evidencia incompatible con el necesario para leer un libro. Cualquier libro. 
A riesgo de perdernos en los símbolos, pues con 1984 se podría ilustrar un curso de semiología, o en la ilustración histórica de lo que fue el estalinismo —véase Homenaje a Cataluña, el mejor reportaje que conozco sobre la Guerra de España—, se me ocurre que un lector joven puede encontrar inquietantes semejanzas entre 1984 y 2002 en el campo de su vida diaria, por ejemplo. ¿Acaso el mono obligatorio de los ciudadanos de Oceanía no recuerda la dictadura de una moda y una arquitectura cada vez más uniformadas en aras de la rentabilidad industrial? Y el embrutecimiento inducido por el Estado a través de la ginebra barata ¿no es del mismo tipo que el auspiciado hoy por el segundo o tercer negocio de la tierra? ¿Y acaso la neolengua —una de las esmeraldas del libro— no es la abuela de lo que ha triunfado como lo políticamente correcto? Un invento estalinista, en efecto, aunque hoy sea sobre todo un fenómeno de alta cultura anglosajona... y también de las retóricas nacionalistas —o grupales— de toda laya y condición. En cuanto a las máquinas de fabricar canciones o novelas mezclando rimas o argumentos, ¿no les recuerda algo?

Pero lo que más perturba hoy de 1984, al menos a mí, es, sigue siendo, la consideración del hombre como cucaracha. Y no al modo de Kafka, pues al fin de cuentas su monstruoso insectotenía alma, y superior a la de sus acosadores, sino al modo de las que corren como condenadas para esconderse debajo de los fregaderos. Esa falta de respeto hacia el ser humano al que ni siquiera se reconoce la categoría de enemigo, pues ni puede serlo al carecer siquiera del libre albedrío necesario para rebelarse. Como en el terrorismo, no hay escapatoria porque no existe tal cosa como reglas del juego. Ni siquiera hay juego.

Para los estudiantes a punto de salir a una sociedad que, tras el paso por la mili de los subempleos, les va a pagar sueldos de broma por empleos en donde se premia la docilidad y se proscriben casi la inteligencia y la creatividad; con pocas, como máximo, alternativas que no sean las de la aventura o la emigración; con una industria cultural regida por el nuevo Dogma de Hierro de la rentabilidad, es decir la búsqueda del mínimo común denominador preparado y legalizado a su vez por planes educativos tecnocráticos, esto es reaccionarios; y en un país de tres horas y media de infratelevisión al día por ciudadano, la media más alta de Europa —y todo ello en nombre de la libertad—, cómo no va a ser 1984 la profecía que hacia 2002 se va terminando de convertir en crónica. 
Quién nos lo iba a decir.