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Pedro Sorela

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Yo nací extranjero

Por: Pedro Sorela Jueves 05 Noviembre 2009. En Conferencias

Instituto Cervantes de Dublín, 2010

Yo nací extranjero

Yo nací extranjero. Quiero decir que nací en Bogotá, Colombia –el lugar más lejano de la tierra, según dice Dostoievski en algún sitio que no recuerdo-, hijo de padre español y madre colombiana. Ambos eran viajeros que me sacaron de Colombia a los seis meses para pasar una infancia trashumante por algunos países y –esto es importante- otros idiomas. Además esos idiomas no siempre se sobreponían a los países.

Desde mi primer recuerdo, mi percepción del mundo fue la de extranjero. O si se prefiere, forastero. O, en algunos casos que quisiera ir aumentando, un nativo un poco raro. No sé qué es no serlo, desconozco cualquier sentimiento de pertenencia exclusiva a un país, siquiera chico, una patria, una raza, un nosotros, una palabra en la que no confío demasiado pues nunca he terminado de saber sus límites.

Todo ello ha marcado mi vida hasta el extremo de que, estoy seguro, determinó mi decisión de escribir, oficio que, más allá de lo que proponía Albert Camus, quizá sea la expresión misma de la extranjeridad. Su pasaporte.

Se puede ser extranjero de formas muy diversas, pero –al menos desde mi percepción- no se puede escribir, escribir literatura, quiero decir, si no es desde cierta marginalidad. Cierta extranjeridad. Justo lo contrario de ese tentador pero tramposo equívoco que propone lo local como condición para lo universal, y que tanto ha prosperado en todas partes pues todo el mundo se apunta a imaginar que su pueblo es el centro del mundo. Soy consciente de ir en contra de los tiempos, algo que, por cierto, es o debiera ser también inherente a la escritura, o mejor, a la ética del artista: escribir a contracorriente...

Vivo en España, un país atravesado de punta a punta a punta por nacionalismos diversos y otras fiebres de pertenencia. Escribí estas palabras la semana pasada en México, un país construido ladrillo a ladrillo sobre ese nombre abstracto hasta el punto de que todo el mundo cree que es una entidad real, tangible como la pirámide del Tepozteco y olorosa como el mole Y estoy hablando en Irlanda, un país que inventó por lo menos dos o tres letras de la palabra “nacionalismo”… Y que sin embargo ayudó también a inventar al escritor como extranjero –me refiero a Joyce, a Wilde-, e incluso lo que que George Steiner ha llamado “unhousedness”: pienso en Beckett. Esto es, la expresión deliberada en otro idioma para conseguir mantener ese bien escaso y elusivo, una mirada poética y su consecuencia, una escritura literaria.

No quisiera faltar a ninguna cortesía, pues la identidad, los invisibles y a veces imaginarios lazos de pertenencia son la parte más suspicaz del alma humana, imagino que tras conquistas y sometimientos. No puedo sin embargo dejar de señalar que, justificada en muchos casos porque esos países se inventaron justamente como una herramienta en busca de mayor libertad para los individuos que compartían un paisaje, a mi modo de ver, el nacionalismo o, si se prefiere, la industria de las identidades ha derivado en la más poderosa jamás existente en la historia de la Humanidad. Y aunque es más reciente de lo que se podría pensar, al margen de esa industria ya quedan muy pocas cosas y más o menos la mitad de los humanos –desde los diplomáticos a los soldados y miles, millones de profesores- viven de ella de una u otra forma. Y como es lógico, la literatura no puede quedar al margen.

Entre otras cosas porque, arte amenazado o desplazado a un segundo término social por razones que todos padecemos, la literatura también necesita arrimarse a esa industria para poder sobrevivir. Y en algunos casos espectaculares, hasta vivir espléndidamente: Vivir, digamos, como un cineasta de éxito.

Me refiero claro está a la industria de las literaturas nacionales –la escritura como reflejo de un grupo, que por otra parte necesita de ella para inventarse el parentesco, la bandera, la identidad-, pero también las otras patrias que han venido a renovar las viejas banderas y que terminarán sustituyéndolas: la poderosa industria, también ideológica, de los ismos. Las literaturas con supuesta identidad propia “de mujeres”, de “jóvenes”, de “migrantes”, de ”gays”, de “chicanos”, de usuarios de Mac y adictos a la moto Harley Davidson… etcétera, nuevas naciones ágiles, adaptables y móviles que a mi juicio no son más que nuevas formas de intentar explotar la pasión humana por la libertad –asociada ahora a las independencias nacionales-, y la atracción poderosa por el espejo.

Cuando me topo con esa industria, que cada vez tiene una red mayor de librerías, universidades, embajadores y hasta cuerpos armados de intervención rápida, me pregunto qué habría pensado Proust si le hubiesen dicho que la suya era una literatura “gay”, o qué habrían dicho Karen Blixen o María Zambrano si les llegan a descubrir que la suya era una escritura “de mujer”. Y me parece que no son etiquetas que pertenezcan a la literatura sino a sus intérpretes. Pequeñas invenciones que permiten a tantos profesores y agitadores culturales la ilusión de estar desentrañando una realidad, así sea la más humilde realidad estadística, y participar en una especie de creación.

Bien, a mí la literatura que me interesa no es la que hace de espejo sino la que los destruye y se adentra en sus ruinas. No la que le sirve a los sociólogos que han tomado al asalto las universidades en una formidable invasión silenciosa de la que nadie habla, sino la que explora y descubre. Y no quiero especificar qué es lo que descubre para no condicionar el verbo. Si decimos qué es lo que ha descubrir, qué está previsto que descubra, ya no lo hará. Observemos de paso que la primera tentación es escribir “descubre nuevos territorios, nuevos países”. Ya está: la tentación identitaria. Territorios es una palabra abierta pero países es cerrada. Buscarlos es una especie de reflejo autómatico.

Uno podría pensar que una posible literatura de descubrimiento es casi por definición la de viaje. Pero luego se va viendo, no sin sorpresa, que con frecuencia es una escritura de reflejo, incluso en la del viajero que viaja por primera vez a un sitio. En realidad no viaja: vuelve. Aunque no haya estado antes allí. No ve, reconoce. Ese reconocimiento ocupa la mayor parte de la literatura de viaje.

En su muy citado libro sobre la India, Naipaul dice nada más llegar: “como estaba previsto…”, y pasa a describir la aparición de unos niños desarrapados y mugrientos, paisaje frecuente en el Tercer Mundo. Bien, a mi juicio eso es lo contrario de un verdadero viajero, para quien no hay nada previsto –y menos en la India-, y si lo hay es justo aquello en lo que no se fija. Su escritura es, por consiguiente y casi por definición, lo que no está previsto. Eso es lo que hace un Bernal Díaz del Castillo en su crónica de la conquista de México por Hernán Cortes. Bien es verdad que buena parte de la realidad con que se topaban los conquistadores era en realidad diferente, pese a que creían estar yendo a la India, que conocían por otras referencias. Creían estarreconociendo. Bernal veía pese a que creía reconocer. La originalidad de su mirada sólo la posteridad la ha sabido apreciar.

Este dilema de la escritura de viaje, entre descubrir reconocer tiene mucho que ver con el problema central de la comunicación, tal como lo describió Henri Bergson: Descubrir y abrir nuevas vías… o compartir un territorio común. Descubrir nuevas escrituras en las que al nuevo le costará entrar, o compartir con él algo de lo que ya conoce, con algunas pinceladas de novedad. Y es por supuesto, el problema central de la industria editorial, que tiene que elegir entre originalidades y talentos, herméticos casi de forma inevitable si son de verdad creación, o complacer al público con una nueva crónica sobre su propio ombligo, y a ser posible para exaltarlo.

Estas reflexiones, como es natural, tienen mucho que ver con mi propia biografía y experiencia en esa escritura que ya no llamaré de viaje pues, en mi opinión, una escritura, o es de viaje o no es.

A finales de los ochenta, en plena caída del comunismo, fui a pasar quince días en Budapest y de un modo súbito me cansó la perspectiva de escribir sobre ese nuevo país con las habituales notas del viajero observador, tal como había hecho a lo largo de cientos de páginas anteriores en otros muchos viajes. Y al fin de cuentas novelista, decidí hacer un experimento: a lo largo de los días me inventaría un cuento, un cuento que sin embargo respetaría una única condición: se debía desarrollar en los escenarios en que se iría desarrollando mi vida en Budapest esos días. Unos escenarios, he de decir, a su vez cambiantes. Todo Budapest era un solo ruido de construcción, pues no existe caída de régimen que no esté seguida de un ejército de banqueros y constructores para aprovechar las ruinas de una revolución y construir el escenario de un nuevo régimen. Es también una constante: Esplendor, caída, especulación.

De la experiencia salió una patata frita, una cosa compleja y hermética, parecida a una mala novela policiaca simbolista… tal vez el peor cuento que he escrito. Pero me entusiasmó. Quiero decir, el proceso me gustó mucho, me puse de inmediato a escribir el siguiente, esta vez con dibujos que reproducían las fotografías de una cámara de fotos robada por un ladronzuelo húngaro, y esta vez el resultado me satisfizo. El cuento se llama Ladrón de árboles, porque de ellos son las fotos y los dibujos, y da título a mi primer libro de cuentos… donde ya se pone a medias en práctica lo que he ido desarrollando en otros dos libros de cuentos, “Cuentos invisibles” e “Historia de las despedidas”. Cuentos invisibles, como explico en un posfacio, porque tratan de viaje y el viaje no es lo que sucede delante de los ojos, como se suele creer, sino detrás. Y despedidas porque la despedida es lo que caracteriza el viaje, es la definición misma del viaje…y del cuento.

De ambas experiencias he salido con la progresiva sensación de que llamarlos cuentos era una convención pues, aunque fuesen de la India a Guatemala, de Nuevo México a Florencia, tenían una incuestionable unidad situada más allá de la trama común, los personajes compartidos. ¿No la tenían esos personajes? Claro que sí: quizá los personajes fuesen distintos de un cuento a otro pero estaban escritos por una misma mirada. Y como decía Saint-Exupéry, no hay que aprender a escribir, sino a ver. La escritura posterior es una consecuencia.

O sea que la gimnasia de la escritura, quiero decir, de la mirada, es el viaje. Lo que viene a continuación es la inevitable consecuencia.Y a qué genero pertenece no deja de ser más que una discusión retórica.Tal vez industrial. Lo que importa es la mirada del viajero. Del escritor.