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Pedro Sorela

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Del encanto como engaño en literatura

Por: Pedro Sorela Sábado 04 Febrero 2006. En Artículos, Literatura

El caso Cortázar

No resulta fácil hablar de Cortázar. No resulta fácil hablar de cualquier escritor, en realidad, pues la posibilidad de traicionarle es casi una profecía, pero de Cortázar es en particular difícil, por múltiples razones pero la principal de todas es su encanto.

Un caso raro pues no abundan los escritores “con encanto”, esto es, que además de con su obra seducen a las audiencias de una u otra forma con su figura. Entre los escritores en castellano se me ocurren cuatro, y no muchos más: José Luis Sampedro y su aire de sabio generoso pero lúcido; Augusto Tito Monterroso, que pese a su humor tolerante era sin embargo en extremo exigente; Álvaro Mutis, quizá el mejor conversador que he conocido y fiel representante de toda una generación de colombianos (y que ayuda a explicar el don de la narración conversada de García Márquez); y mi amiga la carioca-gallega Nélida Piñón, que no escribe en castellano pero como si lo hiciera porque es como de la familia. Nunca la he oído hablar mal de nadie pero, lo que es más difícil todavía, nunca he oído a nadie hablar mal de Nélida. Eso es sin duda el encanto, ¿no? Y a nadie se le escapa que se trata de algo extraordinario pues es sabido que para ser escritor, en el mundo hispano, aquí como al otro lado del Atlántico, es preciso superar con nota unos cuantos cursos de hablar maldades de otros escritores, a ser posible contemporáneos. (En El miedo a los animales, del mexicano Enrique Serna, un policía prefiere regresar al mundo de los delincuentes que seguir en el corrosivo mundo literario en el que por trabajo ha tenido que infiltrarse).

Pues bien, para que se hagan ustedes una idea, Cortázar es el más encantador entre los encantadores. No hace mucho un escritor conocido me decía: “Los libros de Cortázar no me gustan demasiado. Sólo lo vi una vez. Pero me pareció un tipo encantador”.

Nélida Piñón sin color de ojos

Por: Pedro Sorela Jueves 08 Septiembre 2005. En Artículos, Literatura

Estábamos en una reunión internacional de escritores y, en el curso de una comida en torno a una mesa redonda, el que se encontraba a mi izquierda se libraba a uno de esos ejercicios de autobombo tan abundantes en el gremio, con independencia de los rasgos de identidad tribales o grupusculares (en esto todas las literaturas nacionales suelen producir especímenes idénticos), agravado en este caso por unos modales de patán, lo que de alguna forma misteriosa suele ir unido. Aparté la mirada —un escape a medias, pues no podía dejar de oírle—, y entonces sorprendí al otro lado de la mesa una mirada en la que apenas se podía ver el iris, la pupila o tan siquiera el ojo. Una mirada de una línea que sin embargo hacía comprender blanco sobre negro el refrán árabe según el cual "quien no entiende una mirada no entenderá un discurso".

Pero lo de verdad extraordinario no es que esa única línea interrumpida por la nariz reprobase al pedante ni se fijase en la zafiedad de su autobombo, algo por lo demás casi inherente a ese tipo de reuniones. 

El mar y el aburrimiento

Por: Pedro Sorela Domingo 24 Julio 2005. En Artículos

Parte del libro El viaje del Capitán Nemo. La Coruña 2005

Escultura de Homenaje a Julio Verne.
Jardin des Plantes, París.

Yo le debo a mi garganta y mis pulmones débiles una infancia llena de viajes y aventuras. También a mi hermano, mucho más fuerte que yo, y a mis padres, que en consecuencia me sobreprotegían. A una ciudad, Barcelona, llena de sol pero también de vientos y humedades que podrían figurar por derecho en algún museo del crimen, sección asesinatos sutiles o vías indirectas. A un mar, en esa ciudad, muy potente por escondido y menos obvio que el de las urbanizaciones fraudulentas de la costa y las postales de los turistas. A un tiempo inmóvil, que en mi caso parecía una siesta eterna, punteada de anginas sólo interrumpidas por los veraneos de tres meses en otro lugar todavía más inmóvil, Mallorca, pese a que ya habían comenzado a destruirlo con las urbanizaciones aludidas. A una familia exótica y dispersa y muy consciente de su pasado, que se manifestaba bajo la forma de fotografías en lugares lejanos e historias que parecían de otro mundo. Y lo eran.

Aunque si lo pienso, quizá no se tratara tanto de historias de otro mundo… como de los narradores: mi madre, sobre quien recaía, ahora me doy cuenta, el cargo semi sagrado de guardiana de la memoria familiar. Y mi padre, en quien se daba un gen raro que no he vuelto a encontrar y que me habría de marcar para toda la vida: tenía el vasto y políglota pasado de ciertas personas nacidas a comienzos de siglo… y el don de hablar de él pero sólo a medias. Decía por ejemplo: “Pues una vez en Roma (o Buenos Aires, o Cracovia, o…)”, y contaba una anécdota. Y cuando uno quería saber más y preguntaba qué estaba haciendo en Buenos Aires o en Cracovia, entonces se reía… y pasaba a otra cosa. Creo que si tengo que elegir un hecho decisivo entre los muchos que me convirtieron en escritor sería ese el primero de todos: la compulsión de completar aquellas historias.

Dónde termina el narrador

Por: Pedro Sorela Miércoles 09 Febrero 2005. En Artículos, Lecturas, Literatura, Ensayo

Sobre La orgía perpetua, de Mario Vargas Llosa

Quizá el ensayista y profesor sean el menos conocido de los Vargas Llosa que coexisten con el novelista. Algo inevitable, vista la mayor popularidad de la novela, si bien un tanto injusto pues La orgía perpetua. Flaubert y Madame Bovary (Seix Barral) es la mejor explicación que conozco sobre la aportación decisiva de Flaubert. Y su Historia de un deicidio, tesis doctoral sobre Cien años de soledad de su entonces amigo y vecino en Barcelona Gabriel García Márquez, sigue siendo de indispensable consulta (aunque en bibliotecas públicas, pues no se reedita) en los estudios sobre Márquez, y eso que fue uno de los primerísimos. Vargas Llosa tiene también un ensayo sobre Tirant lo Blanc, y además de numerosos artículos literarios, una colección de prólogos a clásicos contemporáneos agrupados enLa verdad de las mentiras, donde desarrolla su teoría de que la ficción es necesaria para conocer la verdad humana.

Vargas Llosa es también uno de los pocos escritores en español que aceptan el desafío de usar un idioma académico (en el buen sentido de la palabra), y de un seminario en Oxford, este año, sale según él este ensayo sobre Los miserables que ahora se publica. Sin embargo, a mí me consta el proyecto desde que, hará quince años, él lo mencionó con entusiasmo en una entrevista que le hice para El País. Entusiasmo compartible: Los miserables es uno de los libros más eficaces, según compruebo desde hace años, para enganchar a una lectura digna de ese nombre a los jóvenes universitarios españoles, víctimas de pintorescos y también reaccionarios planes de estudio en los que la literatura es mera decoración o doctrina políticamente correcta.