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Pedro Sorela

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European memories

Por: Pedro Sorela Sábado 28 Octubre 2006. En Artículos, Conferencias

Coloquio de escritores en Amberes, 2006

When I was a child, the dining room table at my home in Barcelona was divided into two opposing bands:

The English side, led by my grandmother —whose greatest pride was, as a student in England, to have attended the Jubilee of Queen Victoria— and the French one, my father’s. He could have commanded other sides but he elected the French one because French was his first language, the one in which he had been raised and in which he spoke to us at times, although he wasn’t French in the sense of having a French passport. I suspect that he also chose this side, above all, for that healthy and immemorial pleasure of contradicting one’s mother-in-law.

And I chose that side not only because I liked my father more than my grandmother —he was a bon vivant and a traveler, and my grandmother was prey to all the Victorian superstitions— but because my brother and rival was on the English side. This was because they sent him to a school in England, while I stayed in Barcelona studying at the french school.

In any case I stayed home because I had a very weak throat and would not have been able to resist the rigors of a boarding school, or at least that’s what my mother claimed. I recall this language thing because it seems the most graphic way of reflecting a world that has disappeared today, and nevertheless it’s the world I come from...

Viena, o cómo someterse a su dictadura sutil

Por: Pedro Sorela Domingo 13 Agosto 2006. En Artículos, Viaje, Textos de viaje

Hace ya tiempo que Viena intenta sobrevivir bajo la bota de buen cuero flexible de la dictadura: la nieve cae sin rechistar y las nubes llegan siempre por el mismo sitio. Las marcas de la elegancia establecida, que no es elegante, visten a todo el mundo, sin excepción, y no sólo consiguen que el otoño baile obediente y sin pausa en ordenados remolinos, sino que la gente se vista siempre con ropa de frío, que es más cara y tapa las arrugas, bolsas y flojedades. Y que el hecho de parecerse, parecerse mucho, no sólo no les repugne sino que les guste. En fin: una dictadura. No tendría demasiado sentido insistir en contarla de no ser porque algunos pequeños indicios permitirían sospechar la inminencia de… la inminencia de… una inminencia.

¿Una dictadura?, se preguntan ya los pocos que puedan leer este cuento. ¿En Viena? ¡Pero si en Viena la civilización descubrió el urbanismo redondo y el arte de suicidar un imperio bailando el vals! Eso sin contar con la Sacher Torte, el psicoanálisis y la arquitectura funcional que acabó con los edificios en forma de pastel de nata de los Habsburgo.

Ciegos en Marbella

Martes 20 Junio 2006. En Artículos, Esquinas

Quizá lo más extraordinario de todo el circo de Marbella es la sorpresa que al parecer ha causado. ¿De verdad que lo que ocurría no era evidente desde hace décadas? ¿De verdad que no se ve lo que pasa en casi todo el litoral español desde hace… cincuenta años? (Pues yo recuerdo ya fechorías de entonces en la Costa Brava y en el Edén balear). Una prueba del algodón sencilla: colóquese de espaldas al mar y mire, por ejemplo, Montecarlo: la conclusión sólo puede ser que en la construcción de ese gibraltar francoitaliano abarrotado, con autopistas insólitas y túneles sospechosos, han tenido mucho que ver la corrupción burocrática y… cómo llamarlas: ¿mafias de la construcción?

Por exótico que parezca, en este país que no hace tanto construía los pueblos blancos andaluces y las masías catalanas, los patios extremeños, los caserones vascos y las marquesinas gallegas –es decir: en este país que tenía una de las arquitecturas más sabias del mundo–, por efecto de no se sabe muy bien qué, ése es el misterio, su población enceguece y no ve o finge que no ve cómo le construyen, justo enfrente, Benidorm y Torremolinos, Lloret de Mar y [rellénese al gusto].

Del erotismo com mística. Egon Schiele en la Albertina de Viena

Por: Pedro Sorela Miércoles 22 Febrero 2006. En Artículos, Arte

El primer problema con Schiele es elegir la paradoja de las varias suyas por las cuales hoy nos sigue interesando —y va a más—, pues cambian, como es privilegio de los grandes. El erotismo, por ejemplo, que en su día le costó tres días de cárcel y un trauma, y que, incluidas las niñas masturbándose —una insolencia difícil de superar en su tiempo, y que podía castigarse con una pena de hasta seis meses de cárcel—, hoy nos parece de una conmovedora inocencia, casi ingenuidad. 

El episodio de la cárcel produjo también una extraordinaria serie de cuadros-testimonio, con frases incluidas. "La simple naranja era la única luz" es la escrita al pie de un camastro de presidiario con una naranja sobre él, y es el texto de un poeta —él tenía una buena opinión de sí mismo como aforista—, en un tiempo en que los artistas no se dejaban encajonar. Schoenberg, por ejemplo, era también pintor y llegó a exponer sus cuadros. 

Ese cuadro de la naranja-luz es uno de la gran exposición sobre Egon Schiele que se exhibe este invierno en la Galería Albertina, de Viena, y que consigue todavía desvelar algunos cuadros y dibujos inéditos del pintor; no muchos, sin embargo. Algo no tan difícil si se piensa que en los últimos de los 28 años de su corta existencia, que él vivió como si conociese la sentencia, Schiele llegaba a pintar 160 cuadros eróticos al año.