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Pedro Sorela

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El verdadero Saint Exupéry

Por: Pedro Sorela Viernes 09 Octubre 2009. En Artículos, Literatura

Aeropostale, la compañía de correo de Saint-Exupéry.

Nada más llegar a su exilio en Nueva York, en lo más negro de la II guerra Mundial y agotadas sus esperanzas, Antoine de Saint-Exupéry tuvo que desmentir una información del New York Times según la cual llegaba en calidad de una suerte de delegado oficioso del gobierno colaboracionista de Pétain, o de Vichy. No tenía ni idea de que el sambenito le iba a perseguir. Y no sólo durante el tiempo de su estancia en un Nueva York dividido por las múltiples banderías del exilio francés, sino también tras su reintegración al combate, al final de la guerra, e incluso más allá de su desaparición en un avión aliado, el 31 de julio de 1944. ¿Cómo? Pues haciéndole figurar como un escritor para chicos –lo que sin duda era, igual que también es jardinero un ingeniero forestal- siendo así que, entre otras cosas, era uno de los primeros moralistas de su tiempo, lo que incluye un pensamiento político de excepción.

Pero no era gaullista. Peor aún, desconfiaba del rol de salvador que se había atribuido De Gaulle, y creía que se podía convertir en una especie de Franco. Sobre todo temía el periodo de ajuste de cuentas entre franceses que se produciría tras la guerra.

Y no eran sólo imaginaciones: en los años anteriores, en calidad de gran reporter, escritor o aviador en busca de records –era la época-, Saint-Exupéry había visitado España en guerra –“Aquí se fusila como se tala”, tituló su crónica, Franco le negó luego un visado para cruzar a Portugal de camino a Estados Unidos-, la Rusia de Stalin y la Alemania de Hitler. Sabía de lo que hablaba.

Este cuento ya se ha terminado

Por: Pedro Sorela Miércoles 22 Octubre 2008. En Artículos, Literatura

¿Qué es un cuento breve? Algo que cabe en esta línea y como mucho en otras dos. Que nueve de cada diez veces menciona a un dinosaurio insomne cuando se habla de él, y ésta es una de ellas. Que otras cinco de cada diez recuerda el anuncio ofreciendo unos zapatos de niño, “nuevos”. Que “está de moda”, una expresión detestable, sobre todo porque siempre implica a demasiados. Que por consiguiente alguien cree que se puede ganar dinero o prestigio con ello, organiza seminarios, antologías, talleres y cosas, y lo gana. Y que todos los escritores aficionados y los críticos sin imaginación creen que es algo fácil, también hablar sobre él. Hasta ahí lo científicamente demostrado. A partir de ahí, un enigma.

Más que su realización eventualmente feliz –muy eventualmente–, a mí me interesan otras cosas. Primero su ritmo, claro, que creo es donde anida el verdadero éxito del asunto, aunque no sé muy bien cómo se puede hablar de éxito, hoy en día, con nada que tenga que ver con la literatura (no hablo, es obvio, ni de ventas ni de premios). Luego su recorte. Después su carácter fotográfico –se ve un cuento breve como se ve una foto, como mucho como se ve un cuadro–, y más tarde su carácter de “necesidad”: y ello a propósito de aquella demostración de Borges, en un programa de radio, en la que un frutero iba desmontando todas las palabras del letrero “Hoy se vende pescado fresco”, por innecesarias, hasta dejar a su vecino el pescatero sin el cartel (orgulloso de su sensibilidad filológica, es de suponer, pero un poco humillado y como huérfano de su cartel. ¿Y qué es la vida hoy sin un cartel? Ése podría ser un novelón).

Colombia se rompe en archipiélago

Por: Pedro Sorela Jueves 01 Noviembre 2007. En Artículos, Viaje, Textos de viaje

Lugares todavía inocentes. p.S.

Mis amigos no me dejaron quedar mucho tiempo en Bogotá, tras participar en Cartagena en un curso sobre la Ruta Garciamarquiana que además la recorría por la costa Caribe, y al poco me metieron en un coche y me llevaron a la última Utopía.

¿Cómo llamar si no a un lugar en el que grandes pájaros blancos y de pico largo vuelan a ras de agua sobre pequeños lagos tranquilos e iguanas de plata se pasean por prados que parecen haber sido arreglados con máquinas de afeitar? Casas que desbordan el anticuado concepto de bungalow se dispersan por jardines sin límites –es decir de propiedad difusa, como el Paraíso, o acaso éste no pertenece a nadie, de ahí su nombre–, y el mundo en general parece ser un jardín nacido con el único objeto de permitir el crecimiento libre de los sámanos, un árbol que como es sabido por tamaño y belleza sólo puede crecer en el Edén. En nuestro mundo urbanizado no cabría ni en los parques.

Además –y ésa es otra característica paradisíaca, o si se prefiere, Utópica–, no había nadie. Quiere decirse que no se veía a nadie. Alguna vez debe de haber alguien pues los prados afeitados a navaja pueden ser en ocasiones pistas de golf, a veces se adivina alguien a lo lejos, invisible, inaudible e inodoro, y los trabajadores que mantenían todo como en un hotel de lujo lo hacían como en un hotel de verdadero lujo: no se les veía. Cuando pregunté cómo era posible que la piscina de nuestra casa se mantuviese inmaculada pese a tanta vecindad de aves y árboles del Paraíso, me contestaron: “¿No oyes al hombre que viene a limpiarla todos los días a las seis de la mañana?” Pues no, no lo escuchaba pese a que trabajaba a no más diez metros de mi almohada. Su silencio era pues angélico. Y cuando además se les veía, no ocupaban sitio, sabían misteriosamente lo que uno quería antes de pedirlo… y además eran guapos.

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    Viernes 04 Mayo 2007. En Artículos, Conferencias

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    p.S.

    Hace unos años, con motivo de la publicación de mi novela para chicos Yo soy mayor que mi padre, mi editora me pidió que cambiase el nombre de la ciudad de donde partía la acción, Tres de Marzo, por el de Bogotá, que era el que reconocerían nuestros jóvenes lectores... y era el que le correspondía en realidad, según yo mismo había terminado por ver. La ciudad de Tres de Marzo aparecía esporádicamente en cuentos y otras novelas mías (no en todas): en Huellas del actor en peligro y Viajes de Niebla, y ahora también en la última: Ya verás. Al principio pensé que la había inventado, como los escritores hacen casi siempre, para poder hablar con libertad de cualquier parte sin que le corrijan de forma constante los pequeños patriotas, los dueños del lugar: esto no es así, no es verdad que tal casa está en tal o cual esquina, las nubes de esta ciudad no van de norte a sur sino de este a oeste, no es cierto que al padre fundador de la patria le gustase el té: en realidad era un gran bebedor de café.

    Y no pude. Quiero decir que no pude atender al ruego de mi editora de cambiar el nombre de Tres de Marzo por el de Bogotá. Le pedí un verano de plazo, lo intenté, me imaginé mi ciudad con otro nombre... y no pude. Y así se publicó la novela, con la acción en Tres de Marzo y tresmarinos como personajes… Y, aunque no muchos lectores protestaron por el nombre, y aparte de la lección de que hay que tener cuidado con lo que se bautiza, porque se queda, como es natural, la razón por la cual no pude realizar el sencillo cambio del nombre de Tres de Marzo por el de Bogotá no ha dejado de intrigarme.