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Pedro Sorela

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La utopía del siglo XXI

Jueves 11 Enero 2018. En Artículos, Blog

Giuletta Masina, en La Strada, de Fellini.

Una acción en apariencia inocente como escarbar en una vieja biblioteca de películas, en un rincón más bien olvidado de mi casa, puede resultar muy reveladora. Por la sencilla razón de que una buena parte de ellas, clásicos que en su día consideramos indispensables en la formación de cualquier persona alfabetizada, son hoy en día inencontrables: Fellini, Kurosawa, Welles, De Sica, Lang, Rohmer, Buñuel (el mexicano), Renoir, Bergman... en fin, ya saben. Los únicos que las televisiones y el cable todavía programan por las esquinas, y casi siempre en copias sin derecho a versión original con subtítulos (España es famosa por la censura cultural del doblaje), son los clásicos del gran cine de western de Hollywood: Ford, Huston, Hawks, Mann... Magnífico cine, cierto, pero ya me lo sé de memoria, igual que un chico de hoy con las películas de galaxias.

     ¿Qué es lo que diferencia ese cine? ¿Por qué lo añoro? Pues aparte de la calidad, porque era distinto, lo que quizá sea un pleonasmo. No solo distinto de lo que hacemos hoy. Distinto de lo que se hacía entonces. Aunque quizá esa sea la condición del arte. Y el por qué no encontramos hoy algo similar (salvo excepciones: Kieslowski) nos arroja a uno de los temas de nuestro tiempo, el desierto único.

      Cuidado, no estoy diciendo que no se hagan. Estoy convencido de que en algún lugar se hacen, películas y libros para adultos que no quieren resignarse a ser dianas comerciales de Oscares o de premios literarios con antifaz. Lo que digo es que no es fácil encontrarlos, en ocasiones imposible, ni siquiera a través de los nuevos dioses de los que según dicen es imposible escapar, Amazon e Internet. No es cierto. Aunque a mis alumnos les cuesta creerme, en Internet hay que trabajárselo mucho para ir un poco más allá del abc de cualquier cosa. Y lo que se encuentra es casi siempre decepcionante. Normal: si los buscadores lo proponen en primer y hasta en vigésimo lugar es porque se trata del mínimo común denominador de los clic y los me gusta, una especie de nueva dictadura del número, más poderosa, aunque suene a titular de periódico malo, que ninguna otra de la historia.

      Todavía recuerdo cuando, recién muerto Franco, el escritor exiliado Ramón J. Sender comentó en una conferencia en Madrid la suerte que teníamos porque, a diferencia de Estados Unidos, donde él vivía, aquí aún se diferenciaba entre los éxitos populares y los libros que, sin grandes ventas, merecían la pena, y en los periódicos se hacían las correspondientes listas. Bueno, como es notorio, ya no. Sin duda que se escriben buenos libros populares y, según sabemos por los del mundo anglo, se hacen a veces excelentes series y películas. El problema es que permitimos que borren o marginen a los demás. Y si lo pone en duda, intente ir a una librería y encontrar el libro que merece la pena y no está en alguna lista por la razón que sea. Y además, ¿cómo hacerlo sin tener una formación e información de algún modo especializadas?

     No se trata únicamente de La Cultura, el terreno donde por lo general se escuchan este tipo de lamentos. Coja algo en apariencia tan inocuo como los coches. No sé a usted pero a mí me parecen todos iguales, con independencia de los aparatitos que, según la publicidad, que evito, van a darnos un modelo de felicidad superior al de antes. Nunca he sido muy aficionado pero me parece que en otras edades del automóvil la oferta era más variada y cada cual podía encontrar, muchas veces, un diseño que fuese más con él. Traslade esta reflexión a la ropa -"en esta temporada se llevan el negro y el blanco", me dijo una empleada cuando un día mostré mi extrañeza porque en cierto gran almacén solo había ropa de esos colores-, y por supuesto a la vivienda. Cómo es posible que aquella religión del ángulo recto de Le Corbusier y los funcionalistas, y que por supuesto se apresuraron a comprar los constructores y los arquitectos a sus órdenes, pues les ahorraba mucho dinero, prospere todavía y un siglo después sigamos considerando que lo normal -¡y apetecible!- es vivir en las celdas de enormes colmenas-cajas de zapatos, y con la única razón de la supuesta superioridad del ángulo recto sobre el adorno. Y que la gran arquitectura de nuestro tiempo consista en poner en pie edificios con forma de kilómetro.

      Para qué hablar de la industria de los viajes, los vuelos baratos y los cruceros, que ya llevan un rato resumiendo el mundo en parques temáticos, para beneficio de los tenderos y los alquiladores de pisos con el aplauso de los alcaldes y el silencio de los periódicos.

      Si yo tuviese que inventar algo, me centraría en proponer diferencias. En busca del individuo. La utopía del siglo XXI.

La pérdida de tiempo y otras grietas de la educación

Miércoles 03 Enero 2018. En Artículos, Blog

La universidad real. Escaleras en la universidad de Balamand. Líbano

La última en hacer cierto ruido es la extravagante prohibición de que los periodistas puedan enseñar lengua en los colegios, pero ese no es más que un caso. En realidad, la Quinta Columna de burócratas que suele gobernar la educación en todo el mundo, con enigmáticos objetivos y alarmantes resultados, ha desencadenado una ofensiva en España en los últimos años sobre la que, misteriosamente, nadie habla. Se ve que son más importantes los problemas de nuestras aldeas y campanarios, aunque, bien mirados, esos también son un evidente síntoma del desbarranque educativo. Empezando por la reducción del programa de Historia, Literatura, Lengua y hasta Geografía al librito rojo de las consignas nacionalistas, que se suma al creciente de la Corrección Política.

     La decisión que se refiere a los periodistas no se debe a los viejos prejuicios contra estos sino porque parece ser que, en el gran mapa burocrático de la educación, los periodistas pertenecemos (yo lo fui un par de décadas y enseño en su facultad), al área de Ciencias Sociales y no a la de Humanidades, signifiquen lo que signifiquen estas resbalosas etiquetas. Y solo las titulaciones encuadradas en la segunda pueden enseñar lengua. Como por ejemplo los arqueólogos.

       No me quisiera quedar en otro regocijado relato de la (... rellénese) educativa, sino ampliar el foco para mencionarlo como un detalle más en algo que, visto en conjunto, parece encuadrarse en el género, ignoro si humanista, de paisaje después de la batalla. O quizá sea la batalla misma.

     Esto es, alumnos que estudian con un cincuenta por ciento de esperanza: esas son las posibilidades, con mucha suerte, de que terminen haciendo aquello para lo que se están preparando. Estudiantes a los que en octubre se les ve con ganas y expectativas, en enero se van poniendo pálidos y en junio es demasiado tarde: resulta que el curso en cuestión era una estafa y ya nadie les va a devolver el dinero ni -lo que es mucho más grave- el tiempo: diga lo que diga Proust, ese sí que no se recupera nunca.

     El memorial de agravios podría aburrir incluso a los interesados y se resume en un delito mayor pues se trata de jóvenes: la pérdida de tiempo. Todos esos posgraduados dejándose las energías en tesis minúsculas y llenas de estadísticas, también en el área de Humanidades, solo porque en las universidades se ha ido imponiendo la superstición muy propia de los tiempos de que solo las cifras reflejan la realidad. No es suficiente: luego, con tesis sobresaliente cum laude, como todas (lo que supone un delito contra los que de verdad se lo merecen), esos posgraduados con deseos de enseñar e investigar tendrán que vivir la nueva pesadilla de "acreditarse". Esto es, reunir los laberínticos requisitos necesarios para concurrir a un trabajo de profesor en la universidad, siempre en un escalafón con grados metafóricos tipo contratado doctor o ayudante interino, con los que no se puede saber qué hacen. Perdón por el tópico pero los que han inventado el sistema son discípulos más que aventajados de todo lo que denunciaron los visionarios del molloch burocrático en el siglo XX.

      Porque de lo que se trata no es de adquirir experiencia en la materia que se quiere enseñar, comprender su naturaleza y sus fronteras e ir viendo, en la medida de lo posible, su futuro, sino de rellenar casillas burocráticas proponiendo la publicación de artículos en revistas cuya naturaleza académica a veces solo se refleja en el uso de una jerga característica, y toda jerga tiene como primer objetivo reconocerse en la manada y expulsar a los foráneos. Y con frecuencia los artículos son -es muy probable que sean, visto el acoso de la carrera por la credencial, que además pide un número delirante de publicaciones-, refritos y reordenamientos de bibliografías manidas.

    Además, el candidato tiene que asistir a congresos especializados en muchos de los cuales, por cierto, se pide últimamente el pago por presentar ponencias (¡!), necesarias a su vez para ir rellenando las casillas de la acreditación. O sea, un nuevo chiringuito de los muchos con los que, desde hace algún tiempo, se va privatizando en España poco a poco la educación pública: en la universidad, en los últimos cursos y con la barra libre de los masters decretados indispensables y con un control discutible. Y sin la menor atención a si el candidato a profesor tiene talento o capacidad pedagógica, con la consiguiente acreditación de magnetónos humanos y virtuosos del power-point.

     Con todo, el síntoma realmente significativo -tanto en las facultades de Humanidades como en las de Ciencias Sociales- es el progresivo desvanecimiento de la mente humanista, y su lenta pero implacable sustitución por la tecnócrata y supuestamente eficaz (aún está por ver) que buscaban reformas como el Plan Bolonia. Todo ello favorecido por un bachillerato más y más vaciado de contenido -esos ruborizantes coladeros de los exámenes de selectividad-, de tal manera que el escándalo de la supresión en la práctica de la filosofía, la literatura o la apreciación artística, que en un país europeo debiera suponer la dimisión del Gobierno y la convocatoria de elecciones, pasan desapercibidas. Qué más prueba que esa.

 

Mi versión de la "entrevista" con Tejero el 23 F

Miércoles 24 Febrero 2016. En Artículos, Blog

Ricardo Martín.

No recuerdo el momento exacto pero más o menos en la mitad de la noche de autos, poco después de la expulsión de los periodistas del Congreso, llamó a Europa Press uno de ellos, de El Alcázar, de cuyo nombre no estoy seguro, para pasarnos un comunicado de los golpistas del que según dijo estaban informando  a todas las agencias. Cogí yo el teléfono y me dijo: "Es que me han pedido que les eche una mano", para explicar su presencia allí. Y mientras dictaba el comunicado de los sublevados en un magnetófono conectado al teléfono (ni recuerdo qué decían, nada muy relevante) yo avisé de la noticia y el redactor jefe, Jesús Frías, dijo: "No podemos dar eso así tal cual, necesitamos una prueba de que se trata de ellos".

      Así se lo dije al periodista cuando terminó y él dijo:

    - Pues llamad al Congreso.

    - Si llamamos nosotros, lo más probable es que esté ocupado o que hayan cortado la línea.

     Se quedó pensando y entonces dijo:

     - ¿Queréis hablar con el teniente coronel Tejero?

     - ¡Claro!, salté, ante la estupenda oferta periodística.

      Y así fue: llamaron de inmediato al mismo teléfono, y se puso de inmediato Tejero.

     - Buenas noche, coronel, le dije, no sin nervios: no hice la mili y era la primera vez en mi vida que hablaba con un militar.

     - Soy teniente coronel.

     - ¡Perdone! Buenas noches, teniente coronel...

      Periodista joven pero con cinco años ya de experiencia en agencia, sabía que tenía un pez gordo al otro lado de la caña y que lo importante era no dejarlo escapar. Pues no pesa lo mismo la simple confirmación de un comunicado que una entrevista con el jefe de una asonada. O sea que me propuse extraerle una entrevista, para lo cual empecé haciéndole preguntas irrelevantes: se trataba de sumar palabras, así estas no tuviesen mucho contenido.

     Pero no era fácil pues para entonces mis jefes me rodeaban y me agobiaban con instrucciones: Pregúntale esto o aquello. Y en particular el director, Antonio Herrero Losada, que me instruyó: "Pregúntale si ya ha hablado con el Elefante Blanco".

     Aquello me sonaba a jeroglífico pero aún así lo pregunté (el elefante era el general Alfonso Armada, según todos los indicios posteriores), pero aquello iba a toda velocidad y para cuando ya tuve seis o siete respuestas a otras tantas preguntas, o sea, algo parecido a una mini entrevista, le hice un par o tres preguntas comprometidas e independientes, como son o debieran ser siempre las preguntas de un periodista en una situación semejante. A la segunda o tercera, Tejero comprendió que no hablaba con un cómplice, dejó escapar un "Uy, uy, uy" fatalista, y colgó. Pero Europa Press ya tenía lo que sin duda era un pisotón periodístico aunque nosotros no supiésemos aún del todo que lo era, una entrevista con el cabecilla sublevado.

    Esa conversación me tranquilizó. Pues aunque no había conseguido datos muy concretos, me dio la sensación -y la sensación que va por debajo es quizá la verdadera entrevista en una situación así- que había hablado con alguien ya en retirada y no tanto con un vencedor. No mucho antes yo había llamado a mi novia, con la que me casaría poco después, periodista de la Agencia Efe, para decirle: "Escoge país porque nos vamos". Y no porque fuésemos a ser laminados por el golpe militar sino porque me parecía innecesario aguantar otra dictadura.

     Meses después fui a trabajar a El País, donde lo que más hice fue entrevistas a escritores y pensadores (¡y también una gloriosa a Claudia Cardinale!), y que por cierto pronto van a ser publicadas en un libro. Por todo ello hoy no me atrevo ni a llamar entrevista a esas pocas preguntas a Tejero, una nota a pie de página en esa noche que sin duda marcó un antes y un después: al día siguiente se había acabado el ruido de sables en España, y hasta hoy. Pero he juzgado oportuno dar mi versión pues ayer, en el aniversario del golpe, circularon por la red -la Madre de todas las nebulosas- unos datos imprecisos sobre cómo se generó esa entrevista. Que no se debió -al menos en sus causas inmediatas-, ni al sindicalista Juan García Carrés, ni al director Antonio Herrero Losada. 

Solo para aficionados y antitaurinos, paseantes y curiosos

Por: Pedro Sorela Domingo 05 Septiembre 2010. En Artículos, Ensayo, Arte

El toro mariposa. Goya.

Recuerdo muy bien la tarde de abril o mayo de hará unos veinte años en que Joaquín Vidal llegó al periódico furioso porque un turista japonés le había pedido que apagase el puro. Joaquín estaba indignado pero sobre todo sorprendido: no podía comprender semejante desfachatez. ¡Pedirle a alguien que apague un puro en una corrida de toros! ¡En Las Ventas, la catedral del toreo! (o al menos eso dicen los madrileños, la catedral al aire libre donde los toreros se van a examinar). ¿Por qué no ya de la misma forma, pedirle a un aficionado al fútbol que no se acuerde de la madre del árbitro? ¿A un chico que no coma palomitas de maíz en el cine?

Para los que no lo sepan, Joaquín Vidal, que ya murió, era el cronista de toros de El País y según muchos, muchísimos, el mejor de las últimas décadas. No lo sé, aunque estoy muy dispuesto a creerlo. Lo que sí sé es que era una gran persona, un extraordinario conversador y de paso maestro, el mejor compañero, el que más recuerdo de mis catorce años en El País, y la encarnación misma del sueño de cualquier periodista: él solito vendía periódicos. Quiero decir que, como ya es notorio, había gente, incluso gente que no había visto una corrida en su vida, que compraba el periódico para leerle. Y aparte de su gran estilo, que rescataba el lenguaje de la crónica taurina e introducía a la vez puntos de vista muy contemporáneos –o sea, el ideal de una escritura con tradición, un estilo–, creo que la razón fundamental de su éxito es que hacía de cada corrida un acontecimiento único y por consiguiente una historia también única y no escrita con plantilla. En un escenario relativamente sobrio –lleno de símbolos muy pesados, pero a la larga sobrio– solía encontrar algo, así fuese un detalle, a partir del cual hilar su cuento...