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Pedro Sorela

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La rentabilidad de los fantasmas

Por: Pedro Sorela Viernes 22 Enero 1999. En Artículos, Arte

La rentabilidad de los fantasmas

Las sillas del café quizá más famoso del mundo llevan una inscripción detrás para recordar que sus bisabuelas fueron las que pintó Van Gogh, en la plaza del Foro de Arles, en aquel par de años en que el pintor loco (según y cómo) le dio la vuelta al arte de su tiempo. Cuando Van Gogh lo pintó, en tres noches del verano de 1888, el café permanecía abierto hasta la mañana y su encanto residía en que hacía de faro y servía de boya, según se alcanza a ver, no tanto a los juerguistas como a los náufragos de la noche, de los que el pintor se consideraba de toda evidencia primo. Hoy es uno de los muchos lugares con menú turístico que dan de comer a una ciudad a costa de trivializar la memoria de un pintor de quien sin embargo no conserva ni una mancha de pintura.

Algo parecido sucede en toda la mítica Provenza —el refugio de sol y viento sin el cual sería difícil concebir el impresionismo—, y casi, casi, en todo el sur de la rica, cómoda y satisfecha Francia: ciudades de piedra que aparecen en los libros de historia de la literatura y el arte, organizadas en torno a una formidable industria turístico-cultural perfectamente engrasada que se dedica a explotar fantasmas de los que, como dice su nombre, no queda ni rastro.

Como Cézanne, por ejemplo, que no vertebra la vida de Aix-en-Provence tanto como Van Gogh en Arles (Aix es más importante como ciudad) pero casi. De Cézanne —el pintor racionalista que más o menos abrió la pintura a la abstracción— no queda en Aix más rastro que su taller, y en éste lo más, casi que lo único interesante es el enorme ventanal sobre la luz y el jardín... 

(Con ese ventanal y ese jardín semisalvaje se comprende que alguien sea un gran pintor, y casi que obligatoriamente impresionista, lo que dicho sea de paso, Cézanne, con su conocido espíritu de contradicción, no era.) Por lo demás, previo pago de algo más de cuatro dólares, se pueden ver unas cuantas botellas viejas de las que aparecen en los bodegones del pintor, y hasta un polvoriento trozo de un mantel que sale en uno de sus cuadros. Sin embargo ningún visitante se subleva; ni siquiera tose: todo el mundo guarda la humildad debida en los templos del turismo cultural, una de las pocas religiones que aún imponen respeto a las masas.

Lo que llama la atención no es tanto esta abierta rentabilización de fantasmas de artistas que en vida fueron incomprendidos y hasta calumniados y perseguidos por los bisabuelos de quienes hoy les han convertido en renta fija: es difícil encontrar una historia más vieja que ésa. Lo que intranquiliza de esta versión es que los fantasmas, la explotación de estos fantasmas, parece tener derechos de exclusiva.

En cualquier ciudad es fácil intuir y hasta adivinar la existencia de artistas agazapados en buhardillas (o en grandes residencias), afanándose en revolucionar el arte o resignados a escribir best-sellers. Lo que ensombrece lugares como Arles o Aix —que en su momento fueron los refugios de quienes huían de otros sitios saturados de gris— es que ahí esa intuición muere. Y no resurge, por mucho que uno se pasee por preciosas callejuelas llenas de museos, galerías de arte, librerías (excelentes, como siempre en Francia) y restaurantes con deliciosos menús de 17 dólares. La sospecha de que simplemente allí no hay más artistas que los dedicados a reproducir en tazas de café los cuadros de Van Gogh se confirma en Aix con el orgulloso anuncio de una galería que se presenta como el más grande museo de reproducciones del mundo. 

Es un lugar común entre los artistas europeos envidiar a los franceses a causa de las subvenciones que reciben. En efecto, en un país que tiene a la cultura como religión —los escritores serían sus santos y arzobispos—, casi cualquier iniciativa cultural está apoyada por un público respetuoso y a menudo subvencionada por un Estado que hace más ostentación de su apego a la cultura que a las carreteras, y para comprobarlo no hay más que ver fabulosas bibliotecas y centros culturales públicos hasta en pueblos que parecen abandonados. (Por cierto que ya se está extendiendo en Francia la iniciativa privada de los pueblos-biblioteca iniciada en Hay on Wye, Inglaterra.)

Pero no hace falta ser un brujo para sospechar que, en una Europa progresivamente rica, vieja y ociosa —el turismo de estos sitios es sobre todo de ricos jubilados ansiosos de belleza y cultura—, ese es el futuro que aguarda a una no pequeña parte de un continente que si algo ha producido es piedras, historia y fantasmas. La inquietante pregunta es: esos fantasmas ¿ocuparán toda la escena o permitirán que otros también hagan historia y arte cuando aún están vivos, de forma que así se pueda prolongar la especie?