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Pedro Sorela

Despedida de la Universidad

30 Mayo

Vídeo de despedida

30 Mayo

Elogio personal

José Luis Dader


Querido Pedro:


Perdóname el atrevimiento de intentar yo hacer aquí, ante tu familia y el resto de tus amigos, el elogio público que te mereces. Una vez te leí decir que ya no se hacían elogios en el adiós a la altura de los anAguos. Y eso me ha llevado a consultar a Homero. Y a recordar con él el homenaje final que Aquiles dedicó a su amigo Patroclo.


Demasiada sería mi osadía si quisiera disfrazarme de él y aproximarme siquiera a la furia demoledora de aquel héroe que perdió a un amigo. Aunque mi tristeza sea igual de profunda. Pues así me siento yo ante la ausencia de quien tanto he aprendido a lo largo de muchos años. De quien tanto hemos aprendido todos.


Desde esa actitud y conmocionado como cuantos han sido testigos y lectores alguna vez de aquel lamento literario genuino, me permito tan sólo robarle dos versos al clarividente ciego para describir con él, ante este auditorio, que...


Regadas de lágrimas quedaron las arenas, regadas de lágrimas se veían las armaduras de los hombres.


Querido Pedro: Toda la tristeza que nos ahoga tiene sin embargo la compensación de los múltiples tesoros que nos dejas. Todo lo que pensaste y quisiste decir al mundo se queda con nosotros, nos acompaña y nos hace sentirnos menos huérfanos de ti. Además de en Inés y en tus nietas tu vida renace replantada en cada uno de los que tuvimos la suerte de compartir momentos intensos contigo, con la lectura de tus textos y tus dibujos y con la lectura de textos de otros grandes literatos que nos enseñaste a descubrir.


Nos ha hecho 'sorelianos' a muchos. Y esos muchos ya no podemos contentarnos con las rutinas, los tópicos y los éxitos-más-vendidos. Gracias a ti, una pequeña comunidad nos hemos acostumbrado a buscar y reclamar la extra dimensión que trasciende lo cotidiano. Tras tu adiós ese círculo inicial empieza a crecer profunda y extensamente, mucho más allá de los éxitos facilones del mercado. Tu grano de mostaza, poderoso y distinto, germina a partir de ahora en tantos; no sólo por la belleza de tus textos y la ejemplar rebeldía de tus ideas, sino a través también de los constantes reclamos que tu espíritu, ese sí indestructible y pegado a cada uno de nosotros, nos sigue haciendo en nuestro deambular entre lo diario.


Querido Pedro: Una amiga tuya me decía no hace mucho que tus defectos no habían sido más que tus propias virtudes exageradas. Y una de ellas fue sin duda la rapidez y la impaciencia. Tenías prisa... Por aprender, por disfrutar, por descubrirlo todo. Asediabas a preguntas a quien pudieras intuir que disponía de respuestas éticas, estéticas, sociales o políticas que tú aún no hubieras encontrado. Y por eso mismo odiabas la calma chicha de la rutina. O del convencionalismo. Siempre había que salir a buscar más, a sentir más. Y como siempre decías, a mirar de otro modo. Y no aceptabas ningún pacto con los falsos hallazgos: las soluciones de catecismo, las clases con partitura, el arte de fórmula de mercado, los movimientos sociales políticamente correctos.


Me dijiste en más de una ocasión que tenías prisa por seguir leyendo. Que aún te quedaban muchas grandes escrituras por leer, o por volver a saborear en otro momento y de otro modo. Y también por escribir tu propio reciclaje de cuantos posos de belleza y pensamiento ibas sedimentando. Y que la vida es muy corta, me decías, para cuantas maravillas nos quedan aún por incorporar a nuestro espíritu.


En ese trasiego vertiginoso tuyo me invitaste a disfrutar de grandes autores; algunos de los que todos habíamos sabido algo desde lejos, pero que arrinconados en los manuales escolares ya no alentaban nuestros cerebros, y en cambio tú los recuperabas frescos y reverdecidos. Otros más recientes y desoídos habían quedado incluso borrados por los Aranos del gusto eXmero y tú nos los descubrías a quienes aprendimos conAgo la diferencia entre una novela eficaz y un escritor de visiones genuinas y tocado por la gracia de un ritmo prodigioso.


En las últimas semanas me habías descubierto una de estas joyas; y yo la leía con fruición para comentar luego entre ambos cada frase memorable o algo de la nostalgia del mundo en ruinas que describía, al referirse a Europa como una cultura soñada que cada vez se aparta más de sus mejores modelos. Pero ya no pudimos hablar de todo ello. Tú que tanto escribiste sobre las despedidas has tenido que despedirte mucho antes de lo que hubiéramos querido. Tantas charlas y discusiones han quedado pendientes que todavía pienso que va a sonar el teléfono y vas a decir, ¿qué te parece esa nueva miopía de nuestro periodismo? O ¿qué piensas de lo úlAmo de Puigdemont? Y de igual modo creo que les ocurre a tantos compañeros y ex – alumnos tuyos, a cada uno de tus amigos y familiares.


Querido Pedro: La obra que nos dejas demuestra que la vida eterna no se tratará en tu caso de ninguna metáfora, mientras quienes hemos tenido la satisfacción de conocerte sigamos siendo tus testigos y tus heraldos.


Pero tu espíritu iba tan "raudo y veloz" –¡horroroso tópico que me tirarías a la cabeza!-, que tuviste que ir a encontrarte con Saint-Exupery, sin más demora. Y por eso, como nos señaló Huidobro,


"El pájaro de lujo ha mudado de estrella [... ] Las nubes se apartan para que él pueda pasar"


Querido Pedro: Tú que sabías disfrutar de la soledad has tenido que traspasar la soledad suprema, esa a la que todos llegaremos un poco más tarde y quizá no tan lejos. Tú que tanto escribiste sobre las despedidas has tenido que despedirte mucho antes de lo que hubiéramos querido. Con tu despedida y en tu tránsito hacia la soledad también nos has dado un inmenso ejemplo. Una vez más hemos aprendido de ti, en esta ocasión a tener coraje, a eludir los autoengaños, a ser delicado con todos en el momento de las últimas palabras con cada uno.


Toda la tristeza que nos ahoga a tu familia y amigos tiene sin embargo la compensación de todos los tesoros literarios que nos dejas. Todo lo que pensaste y quisiste decir al mundo se queda con nosotros, nos acompaña y nos hace senArnos menos huérfanos de ti. Además de en Inés y en tus nietas tu vida renace replantada en cada uno de los que tuvimos la suerte de compartir momentos intensos contigo, con la lectura de tus textos y tus dibujos y con la lectura de textos de otros grandes literatos que nos enseñaste a descubrir.


Nos ha hecho 'sorelianos' a muchos. Y esos muchos ya no podemos contentarnos con las rutinas, los tópicos y los éxitos-más-vendidos. Gracias a ti, una pequeña masa nos hemos acostumbrado a buscar y reclamar la nosecuántica dimensión de lo cotidiano que se trasciende a sí mismo. Tras tu adiós ese círculo inicial empieza ya a crecer profunda y extensamente, mucho más allá de los éxitos facilones del mercado. Tu grano de mostaza, poderoso y distinto, germina a partir de ahora en tantos; no sólo por la belleza de tus textos y la ejemplar rebeldía de tus ideas, sino también a través de los constantes reclamos que tu espíritu, ese sí indestructible y pegado a cada uno de nosotros, nos sigue haciendo en nuestro deambular entre lo diario: ¡qué habría dicho Pedro de esto!, ¿cómo habría organizado Pedro esa cena?, ¡lo que habría disfrutado Pedro en esa iglesia de aldea que no aparece en las guías de turistas-borregos, o mirando esas bonitas piernas!


Cada uno de nosotros va a seguir gracias a ti recreando su alrededor de otro modo y seguirás conversándonos y hasta gruñéndonos sin pausa porque bastará abrir alguna de tus páginas para estarte reencontrando. De manera que la vida eterna no se tratará en tu caso de ninguna metáfora, mientras quienes hemos tenido la satisfacción de descubrirte sigamos siendo tus testigos y tus heraldos.


Descansa en paz, Pedro.

30 Mayo

Pedro Sorela, el profesor

Por Laura Casielles


Viene una aquí como ex-alumna, para hablar de Pedro como profesor, y pasa lo que tenía que pasar: que le caen deberes. Muy propio de Pedro, dejarnos a solas con un ejercicio imposible. En este caso, uno que se titula: "Escribe un texto para el homenaje de alguien a quien hayas considerado un maestro. Sin tópicos". Vale, esto no va a salir bien. El resultado será necesariamente insuficiente, probablemente cursi. Pero, como siempre, no sirve el ​no​, va a haber que intentarlo. Así que, si os parece, yo quiero compartir el ejercicio con vosotros, quiero proponeros que intentemos pensar cómo resolverlo.


La primera aproximación que se me ocurre, quizá demasiado evidente, es la narrativa. En ese caso, tenemos a un personaje claro: una chica o chico, de 17 o 18 años, que acaba de llegar a Madrid desde su pueblo para estudiar. ​Va a ser periodista. ​Cree que escribe muy bien, claro, pero ya se va a encargar Sorela enseguida de decirle repetidamente que no, y de paso que se ha pasado toda la vida en un sistema educativo delictivo que ha hecho todo lo contrario a enseñarle a pensar. Esa chica o chico llega el primer día a una clase en la que un profesor le pide "un texto que suene". ​Yo creía que había venido aquí a aprender a escribir noticias, ​se dice.


A partir de aquí, la historia tiene dos desarrollos posibles. En el primero, es una historia triste. En la segunda clase, ese chico o chica descubre que además ese "texto que suene" lo tiene que leer delante de todos sus compañeros... y someterlo a sus críticas. ​Yo a esta clase no vuelvo​, dice. O a lo mejor dice ​yo a esta clase no vuelvo​ cuando descubre la larga lista de libros que va a tener que leer, esa selección de gran literatura, y se agobia. Esta es una historia triste, decía, porque en ese caso, este chico o chica efectivamente no volverá, y se perderá una de las mejores experiencias que podía aportarle esta facultad.


El otro desarrollo posible de la historia, por el contrario, pasa porque el chico o chica se entusiasma. Empieza a concebir cada uno de esos ejercicios, cada una de esas lecturas, como una aventura. En ese caso, la narración sigue quizá con que se acerca al despacho de Pedro a pedirle orientación sobre algo, acaban charlando de cualquier otra cosa, se hacen incluso amigos, continúan en contacto mucho después de que el chico o chica termine la facultad. Esa historia termina hoy, aquí, celebrando y agradeciendo juntas todo eso.


Pero esa es solo la primera de las aproximaciones posibles al ejercicio. Vamos a intentar una segunda. Esa sería, digamos, la vía del periodismo de investigación. Quizá su problema sea que resulta algo previsible, pero allá va: se trataría en este caso de una pequeña encuesta a varios ex alumnos de Pedro para hacer un repaso de algunos de los ejercicios más representativos que enfrentaron en sus clases. Para darle un poco más de gracia, vamos a incorporar otro elemento: más allá del listado, trataremos de averiguar en qué momento comprendió cada una de esas personas, ahora ya periodistas, para qué narices servía en realidad esa tarea.


Uno de los más claros que aparece en esta aproximación es el de la entrevista imaginaria, por ejemplo a una nube de humo: hay un periodista que lo recuerda especialmente, y que dice que entendió de qué se trataba la primera vez que, haciendo una entrevista, no lograba sacar nada del entrevistado, y comprendió que la historia la iban a tener que construir sus preguntas. Otro es el de "hacer una crónica de una clase en la que no entiendas nada de nada" –yo fui a una de Físicas–: una periodista recuerda con claridad cómo se acordó de ese ejercicio cuando en su primer trabajo le tocó cubrir tribunales, y cogió por primera vez una sentencia. Otro ejercicio, que muchos de los encuestados recordarían, sería aquel de "acudir a una exposición y luego escribir un texto con los elementos de la pintura de ese artista". Sí, ese lo repetirían muchos de los ex alumnos a los que preguntásemos. Uno respondería que lo entendió cuando, trabajando como corresponsal extranjero, estaba en un país del que no sabía nada de nada, no entendía ni siquiera el idioma, y sin embargo logró escribir su crónica. En el fondo ese era un ejercicio de lectura, entendió. Y hablando de ejercicios de lectura, alguien recordaría también aquel día en que Pedro entró en clase blandiendo un ejemplar de ​Le Canard Enchainé: ​"¿Qué veis de especial en ese periódico?" Nadie dio la respuesta correcta: que no tenía publicidad. Muchos de los encuestados responderían que comprendieron para qué servía ese ejercicio cuando sintieron por primera vez la necesidad de hacerse la pregunta de quiénes eran los propietarios de los medios en los que ahora trabajan.


Aunque mi respuesta personal en esta aproximación sería un ejercicio aparentemente muy anecdótico. Una vez en que nos pidió escribir una crónica taurina. Escribimos unas crónicas malísimas, salvo una chica, que llevaba una que estaba muy bien. "¿Sabes de toros?", le preguntó Pedro. "En absoluto", respondió ella. "¿Y entonces qué hiciste?" "Pedirle ayuda a mi tío, que sí que sabe". Preguntarle a quien sabe: de lo que significaba este ejercicio me acuerdo casi todos los días.


Pero vamos a por otra aproximación posible a la tarea que tenemos hoy, la tercera. Esta pecaría probablemente de solipsista: es el enfoque personal, reflexivo subjetivo. Ese en el que nos preguntaríamos qué nos aportaron realmente a cada una de los aprendizajes que nos regaló Pedro. Qué es lo que nos llevamos para la vida, mucho más allá del periodismo o incluso de la escritura.


En ese caso tendría que hablaros de mi caso personal y deciros, por ejemplo, lo que aprendí de su método en general. Ese método que tantas deserciones causaba, que consistía en poner en común los textos para escuchar como todo el mundo opinaba sobre ellos hasta dejarlos patas arriba, fue un modo de empezar a aprender que lo que una escribe siempre mejora si se trabaja con otros. Que había que desapegarse de ello, soltar un poco de orgullo y de soberbia, y que a partir de ahí, la escritura comenzaba a crecer.


Otro de los aprendizajes que me acompaña siempre es el de aquella orden de "no sentarse en el mismo sitio, porque, ¿qué clase de periodistas vais a ser si siempre miráis las cosas desde el mismo lugar?". Esto procuro hacerlo en la vida cotidiana, a riesgo de volver loca a la gente que tengo cerca, que se preguntan qué demonios me pasa. Pero sobre todo me gusta cuando pienso que no se trata solo de las sillas. Que, sobre todo, no se trata de las sillas. Igual que me acompaña también aún hoy aquella otra idea de "mirar las cosas como si las tuvieras que dibujar". Cuando la realidad se acelera, cuando todo se vuelve vertiginoso, ese modo de mirar alrededor es un ancla, una forma de volver a ver algo.


Aunque probablemente el aprendizaje más importante tuvo que ver con mi peor ejercicio. Era un análisis sobre ​En busca del tiempo perdido. ​Después de llevar trabajando en ello meses, dándole vueltas con el libro a cuestas de un sitio a otro, entregué un análisis realmente malo. Estaba enamorada y muy despistada, y, de verdad, aquello fue un desastre. Pero Pedro, con todas su exigencia, tuvo la delicadeza de no machacar ese texto como me esperaba. Lo dejó pasar, contra todo pronóstico. Supongo que yo entendió que lo que alguien como yo necesitaba aprender en ese momento es que, a veces, por delante está la vida.


Pero aún hay una cuarta aproximación posible al ejercicio que tenemos entre manos. Se aparecería como un relámpago, en medio de todo este trabajo intentando encontrar cuál sería la mejor aproximación, y tendría que ver con una cita de Saint-Éxupery que nos repetía muy a menudo. Esa que dice que un texto está perfecto no cuando no hay nada que añadir, sino cuando no hay nada que quitar. Sí: recordando eso, voy a optar por esta cuarta opción, y, pese a todo, la respuesta a este ejercicio, el más difícil, va a ser, finalmente, un texto de una sola frase.


"Gracias, Pedro. Quienes recibimos tus clases tuvimos mucha suerte".

30 Mayo

Pedro Sorela, el poeta

"La escritura como consecuencia", por Montse Morata

 

"La ruta hacia el desierto no es otra que la de un lento despojamiento para dejarnos en lo esencial: el viaje", escribió Pedro Sorela. El viaje como revelación y la mirada como escritura que él concebía en forma de sugerencia, como una geografía de palabras con la que iba trazando un lenguaje propio al margen de todas las fronteras que combatió.


Heredero de Saint-Exupéry, al que me descubrió, comparJa con el escritor francés la idea de que "no hay que aprender a escribir sino a ver. Escribir es una consecuencia". Por eso ambos dibujaban, como una escuela de la mirada donde los ojos son el instrumento de la conciencia creadora. Los dos defendían esa mirada que transforma la realidad para desvelarla, para esquivar el espejo de la apariencia tras la máscara, como evocaba Pedro Sorela en su novela y ensayo sobre periodismo ​El sol como disfraz.​ Una mirada que tanto en la literatura como en el periodismo busca lo extraordinario, busca el matiz a través de una curiosidad que desvela lo inesperado para extraer media verdad en la mentira, tras la apariencia. Por eso a Pedro Sorela le gustaban los pájaros, los dragones que se esconden tras las nubes, los árboles de línea clara que, como sus dibujos y caligrafías, proponen una visión del mundo, como las viñetas de Tintin o el piano de Erik Satie, como los barcos que él solía dibujar entre llamas, sin concesiones, de un solo trazo. Como la Historia de las despedidas​ que siempre fue su escritura, y su biografía.


Dibujaba la tormenta, de la que decía que es lo que cambia el paisaje, y por resumir todas las facetas que reunió yo diría que fue un poeta, pero enseguida me corregiría para decirme que eso por sí solo no significa nada. Enseñaba a huir de las etiquetas, de las grandes palabras, de las cáscaras vacías que pensaba que eran los lugares comunes. Pero insisFmos en que fue un poeta y no sólo porque entendiese la escritura como sugerencia y ritmo, con esa economía del lenguaje y esa tensión hacia la exactitud de la imagen poética. Era un poeta porque, en el sentido primordial de su etimología, poeta es "el hacedor, el que crea", un significado incluso anterior al nacimiento de la escritura. Poeta es el que accede a la visión, el que nos descubre realidades que permanecían ocultas porque carecían de un lenguaje que las hiciera visibles.


"3 14 16 Desierto acercándose", Titulaba Pedro Sorela en uno de sus cuentos más sugerentes, dentro de ​Historia de las despedidas​, en el que formula su ideal de escritura coincidiendo de nuevo con Saint-Exupéry, en lo que ambos descubrieron en sus respectivos viajes al desierto, donde la tierra se desnuda, sencilla y profunda, para revelarnos lo esencial. Como si evocase la idea misma de la sugerencia, Pedro Sorela decía que una duna "es un punto intermedio entre la tierra y el agua, o quizá el aire" y que "ciertamente está viva". Sobre el desierto escribió que es "la tierra que se toma más tiempo y espacio para anunciarse", "y no por casualidad", sino porque en ella nos espera una revelación que cambia el propio lugar en el mundo: el infinito. El infinito no como abstracción sino como un silencio que no es, que engrandece al desierto, que está lleno de vida. Como la sugerencia. Y como la mirada poética que "suele encontrarse –decía– en los lugares más insospechados y menos en las poesías y otros lugares previstos". "La mirada poética –añadía– es algo que Fenen los niños y que los adultos vamos someFendo a canciones del verano, oficinas siniestras, programas de Gran Hermano, ciudades rectangulares, exámenes de a) b) y c), vaqueros y todo tipo de uniformes rebeldes, premios literarios corrompidos, matemáticas de solo números (...), pantallitas, muchas pantallitas, redes, contaminación... la lista no tiene fin". Sostenía que lo más importante para el creador es preservar la mirada poética de los poderosos enemigos que la acechan e insistia en que es algo que se debe afilar, sacarle punta a los ojos todos los días, como se hace con los lápices de dibujo. "Ése, siendo el más importante, es quizás el secreto mejor guardado". También lo es su fórmula del viaje como acto inherente a la creación, mirada que ve porque está fuera de contexto, del orden que nos aleja de la visión. Decía que "el viaje es lo que sucede detrás de los ojos, no delante, y al igual que la literatura hace posible que de nuestro mundo hagamos una creación".


"Entonces durante un tiempo se tiene la revelación del infinito. Y de su soledad", escribió Pedro Sorela tras el Sáhara. "Para cuando el alba borra frase a frase el cuento ancestral de la noche estrellada, el más bello por más sugerente, y deja sólo la uña de un dios escoltada por el lucero del alba, si algo sabe el viajero es que ya nada volverá a ser igual".

30 Mayo

Maria Jesús Casals

Buenas tardes:


Muchas gracias, estudiantes, profesores, sus amigos y amigas y muy especialmente a sus seres queridos, por estar hoy aquí recordando a Pedro Sorela.


Pedro nos ha dejado sin apenas despedirse, fiel a su íntimo pudor que bien conocíamos. Estoy aquí representando a mis compañeros y compañeras del Departamento de Periodismo I, tal vez porque él y yo éramos los más antiguos, más de 35 años compartiendo curso tras curso nuestras experiencias docentes. Tanto tiempo juntos, tanto tiempo constatando el paso del tiempo hace muy penosa su marcha. Es difícil asumir que no nos encontraremos más por ningún pasillo, aula, despacho, con un café, o en cualquier rincón de esta facultad nuestra. Estamos hechos para creer que la rutina nos ancla en este mundo, que estamos bien fondeados en nuestros puertos. Pero un día, cualquiera de nosotros larga las amarras para emprender el viaje sin regreso. Es triste. Es el gran vacío de la ausencia.


Pedro Sorela fue periodista y luego, por elección y vocación, escritor y profesor. La lectura era su pareja inseparable, a la que le fue fiel y reclamaba la misma fidelidad en quienes le acompañaron en esta vida. Leer era su principal exigencia docente. Desde el primer día de clase les daba a sus estudiantes una lista de libros que debían leer durante el curso. Eran obras de autores que él creía esenciales: Faulkner, Flaubert, Camus, Capote, Primo Levy, García Márquez, Borges, Sthendal, Shakespeare, Proust, Saint- Exúpery... Leer... ese es el principio y también el fin, porque la lectura es insaciable, siempre más, más tiempo, más libros, más goce. La lectura como alimento, como viaje siempre iniciático, como experiencia y como manantial de conocimiento.


Pedro Sorela, escritor y profesor, tuvo una vida para él sencilla pero también, como tantas veces me dijo, privilegiada: leer, escribir, enseñar. Y, de vez en cuando, viajar. No pedía más. Creyó que había conquistado lo esencial. Y, sí, era lo esencial.


Con esa idea de lo esencial impartió su docencia a los futuros periodistas. Quería que sus alumnos y alumnas escribieran bien, y eso requiere mucha exigencia y mucha dedicación. Porque la buena escritura es discernimiento, es crítica y autocrítica, es observación, es interés por el mundo, por el otro, es audacia. Por eso Pedro Sorela fue enemigo de inútiles recetas en sus clases de redacción periodística y estimulaba, empujaba, aguijoneaba a aquellos estudiantes que mostraban una ambición y sensibilidad hacia la escritura. Muchos de sus antiguos alumnos no le olvidarán. Tampoco nosotros, sus compañeros.


Pedro Sorela buscaba como lector, como escritor y como profesor, la simplicidad de lo esencial. Creo que ese fue su aprendizaje en esta vida. Buscar y encontrar la esencia de la escritura. Dijo Baudelaire que "el trabajo diario servirá a la inspiración, como una escritura legible sirve para aclarar el pensamiento, y como el pensamiento calmo y poderoso sirve para escribir legiblemente, pues ya pasó el tiempo de la mala letra". Estar contra el tiempo de la mala letra, como quería Baudelaire, era la rebeldía particular y diaria de Pedro Sorela.


Por eso Pedro tenía otra lección que enseñar a sus alumnos y de la que me habló en muchas ocasiones: la de aprender a mirar. Decía que la mirada poética es un don, pero siempre la mirada limpia es escritura. Y escribió en su blog cómo conquistar día a día la mirada limpia con estas palabras y esta advertencia:


"Y sin que nadie nos diga que es algo muy delicado que hay que preservar y alimentar sin pausa con dibujos, canciones, poemas y viajes y conservando la virginidad de la mirada, aunque ya haya mirado mucho, y sacándole punta a los ojos todos los días. No sé si me explico. Ese, siendo lo más importante, es quizá el secreto mejor guardado. Quizá precisamente porque es lo más importante".


Así era Pedro. El paso del tiempo aclaró su mirada, como aquel verso de Baudelaire "¡Mis ojos, grandes ojos de eternas claridades!". El paso del tiempo le hizo coincidir con Joyce en que lo que importa no es lo que uno escribe, sino cómo escribe. Y con Flaubert, en busca de la palabra justa. Y con Ezra Pound cuando afirmó que "el esmero es la única convicción moral del escritor".


El esmero, la claridad, la mirada, esa visión instantánea que nos hace descubrir lo desconocido, no en una lejana tierra incógnita, sino en el corazón mismo de lo inmediato, como decía Rimbaud.


Querido Pedro: gracias por todo. Por tu amistad, por tus conversaciones, por tu risa franca, por tu docencia, por tu escritura, por tus ojos de eternas claridades, por haber compartido tanto con nosotros. Nos has dejado casi sin avisar, no eras hombre de despedidas. Amabas la vida. Pero un día, el pasado 18 de abril, emprendiste tu viaje, tal vez con el recordado y valiente y decidido verso de Baudelaire: ¡Oh Muerte, vieja capitana, llegó la hora, levemos anclas!.


En nombre de todo Periodismo I, ¡hasta siempre, querido Pedro, querido, muy querido compañero!


Y gracias de nuevo a todos vosotros por estar hoy aquí, recordándole.